Sunday, March 8, 2009

Temporada del Gran Teatro. Crítica teatral

El arte de la relajación

BUSCANDO A HILARY, de Elise Varela, traducida y adaptada por Paloma López Vázquez, Dirección: Esteve Ferrer. Escenografía: Ana Garay. Vestuario: Eduardo Acedo. Iluminación: Juanjo Llorens. Intérpretes: Blanca Marsillach, Fran Sariego y Miguel Foronda.

Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (casi lleno) Fecha: 6 de marzo, 2009.

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Vuelve la programación de temporada al Gran Teatro, después del lapsus vacacional primero y carnavalero después. Vuelve un Gran Teatro multifuncional y tenemos noticia de que en la ría habrá una nueva catedral. Estupendo. Las cosas de Huelva, qué se le va a hacer. Luego habrá que echar mano del palacio de congresos, que es eso, un palacio de congresos, para dar cobijo a espectáculos que necesitan grandes escenarios, o no tan grandes. Mientras tanto, en el coqueto coliseo de la calle Vázquez López se hace necesario reducir y adaptar decorados en una sí y en la otra también, en prácticamente todas las representaciones de la temporada. Las cosas de Huelva, ya les digo.

Pero deberíamos hablar de la obra elegida para abrir la temporada primaveral. Blanca Marsillach, de nuevo. La actriz empeñada en campear escenarios volvió con una crisis de ansiedad. Esta vez no sólo en los modos, sino también en la trama argumental, si es que la había, que esa es otra.

La actriz y empresaria recorrió con su acostumbrada rapidez el pequeño tablao onubense. De aquí para allá, con buenos movimientos, es cierto, pero con las prisas propias de quién pierde el autobús. Precipitada, que es su manera de actuar y ya no lo diremos más, pues debe ser marca de la casa, estilo propio que es menester respetar. Claudicamos.

A su lado Fran Sariego y Miguel Foronda tratan de poner algo de tranquilidad en el escenario. Sariego lo consigue, aun teniendo un papel que necesita la ansiedad que le sobra a la otra. Miguel Foronda tiene los textos más afortunados, y los clava, de este comecocos que es “Buscando a Hilary”, una especie no se sabe bien si de drama, de comedia o de tragedia para el espectador, que es el que termina pagándolo.

Cuenta la obra de Elise Varela un tópico dislate neoyorkino que creíamos pasado de moda, pero no. Freud vive, como lo oyen. Así que para quién pensara que el mundo volvía a la normalidad tras la fiebre psiquiátrica de los ochenta, nada de nada, monada. Todavía andamos por ahí. Nueva York tumbada en un diván. Jartible, que dirían en Cai. Y el espectador, impasible, sentadito delante del diván. Oyendo los traumas y pesares de una bonita cuarentona sin poder participar, sin poder decirle hija mía de mi alma, tranquilízate un poco y disfruta de la vida. Relájate.

La obra, el texto, transita por unas circunstancias que aburren al más arriesgado profesional de la psiquiatría. Mal encajada, con largas escenas que se podrían haber obviado.  Y así, de escena en escena, fue pasando el rato, adobado con momentos de chiste grueso que se agradecían sobremanera: Cristo, su vida y circunstancias, como recurso para hacer reír, no estuvo mal; eso que tenemos ganado los de la cultura judeocristiana. Lo de la madre Teresa de Calcuta, una amiga de Lady Di, tampoco estuvo mal. La parca podría haber aparcado en otro lugar, sobre todo en un final, asombrosamente confuso después de hora y media de confusión, que ya les vale. Foronda y Sariego, intentaron salvar la obra y eso se agradece.
La Marsillach tiene  incluso momentos brillantes, sobre todo cuando olvida que está trabajando, cuando se relaja queremos decir. Entonces resulta bastante creíble y hasta buena actriz. Lo que son las cosas.
publicado en El Mundo - Huelva Noticias. 8 de marzo. 2009

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Monday, December 15, 2008

CRÍTICA TEATRAL: España, dos en una (afortunadamente)


LA CENA DE LOS GENERALES, de José Luís Alonso de Santos. Dirección: Miguel Narros. Escenografía: Andrea D’Odorico. Vestuario: Ana Rodrigo. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Espacio sonoro: Luís Miguel Cobo. Intérpretes: Sancho Gracia, Juanjo Cucalón, Ana Goya, Víctor Manuel Dogar, Jesús Prieto, Borja Luna, Candela Arroyo, Lorenzo Area, Tomás Calleja, Antonio Escribano, Emilio Gómez, Virginia Mateo, Luís Muñiz, César Oliver, Lucía Bravo, Luís Garbayo, Juan de Mata y Adolfo de Grandy.

Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (Lleno) Fecha: 12 de diciembre, 2008.

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Bernardo Romero

Huelva

El Gran Teatro ha querido cerrar la temporada de otoño con una obra de relumbrón, con un elenco amplio y nombres sagrados de la escena española: Miguel Narros, José Luis Alonso de Santos, Andrea D’Odorico, Sancho Gracia, Juanjo Cucalón… La apuesta no podía ser más fiable y el resultado más desolador.

“La cena de los generales” ha venido a ser una tragicomedia de ritmo sobresaltado, en la que se alternan momentos de histrionismo agudo y evocaciones a teatrillo escolar, un ritmo salvado por la experiencia y el buen tono de actores de peso como Sancho Gracia o Juanjo Cucalón, y este último a pesar de los saltitos grotescos que el autor y el director le obligan a dar. El caso es que sobre un texto desacertado, que acude al chiste zafio y grueso para salvar los muebles entreteniendo a un público que responde con enormes risotadas, es complicado mantener la necesaria tensión y, mucho menos, despertar emociones. Nada más lejos de la intención del autor, que debe andar con otros propósitos, cuando escribe este panfleto en el que una de las dos Españas, la que queda, afortunadamente, se merienda el recuerdo de la otra, a la que ridiculiza sin percatarse de que el rebote le da de lleno en el teclado del ordenador.

Pero ya se sabe, una de las dos Españas, para poder helarte el corazón, necesita inexorablemente de la otra. Es por ello que José Luís Alonso de Santos, héroe de la que queda de las dos Españas, se ve en el trance de tener que rescatar al glorioso ejército vencedor y hasta al mismísimo Caudillo del dicho glorioso ejercito nacional, para construir sobre lo que ya no son ni siquiera cenizas el último capítulo, esperemos, de la venganza de una de las dos Españas, la que queda, desgraciadamente, sobre la otra, la que ya no queda ni en el recuerdo, afortunadamente.

Semejante ejercicio intelectual sería o debería ser de todo punto inútil, a no ser por lo que venimos diciendo, que una España necesita a la otra, por que se retroalimentan para poder devorarse las entrañas y desgarrarse el alma a dentelladas, que es su vicio. Malditas sean ambas dos.

En la mitad misma de todo este embrollo cutre y triste, como la propia tragicomedia con que nos regala tan prolífico autor, está el común de los españoles, los españolitos que nos quedamos tan panchos como helados del corazón cuando el autor ridiculiza el nombre de España, o cuando nos presenta como centrado y bonachón a un clero vasco que hace siglos sabemos qué es: absurdo independentismo (de qué), decimonónico y reaccionario hasta la médula, desde su propia raíz carlista hasta el aberrante hecho de haber hecho germinar otro glorioso ejército salvador de patrias, el de la intransigencia fascista etarra.

El esperpento, ahí, desde luego no para, sólo hay que asomarse a este disparate histórico para ver cual es la intención de la paupérrima intelectualidad española afecta al régimen que hoy reina en las alturas de esta última España que aún sobrevive.

Deberíamos haber hecho referencia también al teatro, a la admirable escenografía, una vez más, de Andrea D’Odorico; a la maestría de un viejo conocedor del oficio como Narros que ha sido capaz de poner un mínimo de orden en semejante patochada; a los actores, pero no a todos, que alguno o por mejor decir a alguna, habría que recomendarle un curso rápido de interpretación y sosiego. También podríamos hablar de teatro, pero en estos tiempos en los que se intenta recuperar una España ya olvidada para dar vida a la otra, la verdad, lo que se apetece es gritarle a todos estos que nos dejen en paz, que de fascismos estamos ya bastante hartos.

 

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Saturday, October 11, 2008

En el túnel del tiempo


Foto promocional de la Compañía de Revista Puerta de Alcalá

CRÍTICA TEATRAL

LAS LEANDRAS. Libreto de Emilio González del Castillo y José Muñoz Román. Música: maestro Francisco Alonso. Coreografía: Evangelina Esteve. Dirección musical: Félix Sanmateo. Dirección escénica: Adolfo Pastor. Intérpretes y músicos: Compañía de Revista Puerta de Alcalá.

Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (Lleno) Fecha: 10 de octubre, 2008.

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Casi por estas fechas, a principios de noviembre del pasado año, recalaba en Huelva la compañía teatral “
La Cubana”. Traía uno de los espectáculos más aplaudidos y recordados de sus fecundos veinticinco años de trayectoria: “Cómeme el coco, negro”. De aquello decíamos en este mismo diario que se trataba “de un espectáculo muy bien montado y mejor llevado, pleno de ritmo, de luz y color”. Y también decíamos que además de todo eso estaba “la obra, y un guión que se sinceraba a veces de forma descarnada y tierna con los propios personajes, absolutamente fieles a muchos teatreros y cómicos que ya apenas son historia de la escena última española”.
Eso creíamos, pero no. Para sorpresa nuestra, aunque no para el público que llenó el aforo del Gran Teatro, de apenas historia, nada: las varietés todavía existen, o al menos las han extraído del subsuelo en una suerte de excavación arqueológica que no ha necesitado para ello de la demolición del centenario coliseo de la calle Vázquez López. No ha sido necesaria la piqueta, ni el pico y mucho menos la pala. Los restos arqueológicos estaban allí, sobre la escena. Y uno no daba crédito.
Chistes zafios y bordes, gestos groseros y una pobreza teatral impropia de estos tiempos, servían de envoltorio a una obra que ya en su tiempo, en los primeros años treinta y cuando en España se hacía teatro de altura, con propuestas atrevidas que luego costarían la vida a más de uno y más de dos, era un auténtico desfase, algo anacrónico y muestra evidente de lo que este país no quería ser. Aunque luego, fue. Qué les voy a contar. Ya lo creo que fue… y siguió siendo: sólo hay que ir unos años atrás y recordar eso que llamaron el destape, que nos saca los colores con sólo su recuerdo; o en general toda esa España cutre y salida que pobló burdeles y casas de cita durante todo el franquismo. Un horror.

A estas alturas, con un país metido en la modernidad muy a su pesar, que nos vengan ahora con revistas de este tono, que nos vengan con un muestrario de culos (por cierto, alguno con excesiva celulitis), escotes y mal gusto, pues resulta al menos algo anacrónico, por no excedernos demasiado en calificativos que creemos prescindibles.
El público, en su inmensa mayoría con el carné del Inserso en la cartera, aplaudió cada una de las ocurrencias de las vedettes que se bajaron del escenario a regalar dosis extra de entrepierna y tetamen. Eran del tipo ¡Huy, pero si tiene usted el móvil en el bolsillo! Y cosas por el estilo. Ya les digo, un auténtico horror.
Prescindiremos de hablar de la interpretación o de las canciones con las que regalaron al público, e incluso prescindiremos de hablar de la iluminación o los decorados, que simplemente iban a juego con esta obra que pretende recuperar un espectáculo que ocupó un lugar, triste pero un lugar, en la España de antaño y que ahora tan sólo se puede ver como un mareante viaje a través del tiempo.
Cuando la compañía “La Cubana” hacía ese homenaje a las revistas y varietés que fue “Cómeme el coco, negro”, no pensábamos que se pudiera viajar a ese túnel oscuro en busca de uno de aquellos espectáculos, pero sí. En estos atribulados tiempos, hasta la cutrez vende que se las pela. A pesar de la crisis. Y si no se lo quieren creer, enciendan su aparato televisor. En cualquier canal y a cualquier hora. Es lo que hay.

En El Mundo - Huelva Noticias, 12, octubre, 2008

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Monday, August 18, 2008

Vindicación de Segismundo

Crítica teatral / La vida es sueño (Compañía Siglo de Oro de la Comunidad de Madrid)

Festival de Teatro y Danza Castillo de Niebla
LA VIDA ES SUEÑO, de Pedro Calderón de la Barca , en versión de Pedro Manuel Víllora. Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente. Escenografía : Rafael Garrigós. Vestuario: Javier Artiñano. Iluminación: José Manuel Guerra. Música: José de Eusebio. Intérpretes: Fernando Cayo, Ana Caleya, Jesús Ruymán, Daniel Huarte, Josep Albert, Victoria Dal Vera, Víctor Anciones, Pedro Cuadrado, Joseba Gómez y Samuel Señas.
Escenario: Castillo de los Guzmán. Niebla. Aforo: 900 personas (Lleno) Fecha: 16 de agosto, 2008.
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Hacer una versión de un clásico como Pedro Calderón de la Barca , y además de una obra cuyos textos o al menos muchos de sus versos pertenecen a la memoria colectiva, es tarea de la que hasta el día de hoy pensábamos se podría salir airoso o pegarse el que  lo intentare un tortazo de importancia. Pero existe otra posibilidad en la que no habíamos reparado hasta ahora, hasta ver sobre el escenario la extraordinaria versión de Pedro Manuel Víllora. Es esta tercera posibilidad la de construir un armazón eficaz sobre el que componer toda una obra de arte, como esta que con tanta precisión como riesgo ha puesto en escena Juan Carlos Pérez de la Fuente. Repetimos el calificativo: Extraordinaria.
Primero pues, está lo de trabajar el texto, eliminar lo improcedente, lo superfluo que no condiciona la intención última del director, cual es la de narrar la historia de uno de los personajes más conocidos y principales del teatro clásico español, Segismundo. Pero contarla en toda su crudeza, algo que se evidencia desde la primera escena, desde el impresionante monólogo del héroe encadenado. Aquí, y permítaseme la digresión que interrumpe el discurso que llevaba, Fernando Cayo está absolutamente impecable, creíble por cualificar de manera que se entienda de forma meridianamente clara lo significativo del hecho. Quiere decirse que actúa por encima de la normalidad. De nuevo surge el calificativo: extraordinario. Y continuamos, porque está el texto pero también la dirección y la interpretación, que si con Cayo alcanza notabilísimas cotas, no le está a la zaga la interpretación de Ana Caleya, cuya aparición, desde que se abre el telón hasta que finaliza la obra, es contemplar escenas de una fuerza expresiva a tono con el ritmo impuesto por Pérez de la Fuente al clásico calderoniano, vertiginosa, contundente y de nuevo el mejor halago que se pueda dar a un profesional de la escena, creíble.
Tiene el director pues mimbres, que él los habrá buscado y trabajado, para esta oportuna rotulación del nombre de don Pedro Calderón de la Barca en los afiches. Eso sí, a través de sin lugar a dudas su obra cumbre – y por ende de todo el teatro barroco español -. Pero además de los mimbres eficazmente localizados y cortados, seleccionados quiere decirse, están los que se han manufacturado en una producción cuidada hasta el milímetro. Compruébese, por ejemplo, la magnífica tonalidad cromática de toda la puesta en escena, desde los decorados a los vestuarios, donde casan perfectamente los uniformes plásticos con el cuero de campaña, o el caso del utillaje de escena, donde tampoco desentonan lo más mínimo un subfusil ametrallador con la espada corta que es pista que lleva a la historia que se dejó atrás y que ahora vuelve, completa, excelentemente bien explicada, bien versionada pues, en este Calderón en estado puro que la joven compañía madrileña con tanta sabiduría ha sabido construir. Ya lo decíamos antes, desde los cimientos a cada una de las escenas de este barroco purísimo, manierista ya en sus excelentes coreografías y en la interpretación de unos actores sobrados y entregados a esta recuperación colectiva, a esta vindicación del mejor teatro clásico español.
Sófocles nos trajo hace unas semanas su Ayax, y Shakespeare cerrará el próximo sábado con su Hamlet – de nuevo el taquillaje agotado -. El teatro español tiene también su Segismundo y aquí nos lo han traído, Pérez de la Fuente y compañía, envuelto en el mejor papel de seda. Maravilloso.
publicado en El Mundo - Huelva Noticias, el 18 de agosto.

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Monday, July 7, 2008

Del suicidio como abandono

Festival de Teatro y Danza Castillo de Niebla
ARIADNA, dramaturgia y versión de Carlos Iniesta (sobre textos de Nietzsche, Ovidio, Hofmannstahl, Catulo, María Svietaieva y David Pujalte). Dirección: Ricardo Iniesta. Escenografía: Juan Ruesga Navarro. Composición musical: Luís Navarro. Dirección Coral: Esperanza Abad. Vestuario: Carmen de Giles. Iluminación: Nacho Almarcha. Intérpretes: Jerónimo Arenal, Aurora Casado, Joaquín Galán, Silvia Garzón, Raúl Vera, María Sanz, Lidia Mauduit y Alba Mata.

Escenario: Castillo de los Guzmán. Niebla. Aforo: 900 personas (3/4 de entrada) Fecha: 5 de julio, 2008.

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Es el suicidio un final y solución harto romántico para una tragedia. Y fácil. Esta ha sido sin lugar a dudas la intención de Carlos Iniesta cuando despeñó a la hija de Minos desde un acantilado rocoso en Naxos. Si esto es así, nos estaríamos situando en pleno siglo XIX, mucho más acá de los tiempos en que los héroes les hablaban de tú a los dioses. Ariadna, hija de reyes, amante de un guerrero ejemplar, también hijo de reyes, como fue Teseo, o Ariadna que desdeñó los amores de un auténtico dios, Dionisos, no podría tener un final tan romántico y simple, tan ignominioso aún, como el suicidio. Los griegos, no cejaban en su empeño, y luchar contra los imponderables del destino, fue su sino. Esas luchas cruentas y sin piedad que desarrollaron, las acciones temerarias a las que les impulsaban los dioses, no podían terminar en ese vulgar abandono de la lucha que es el suicidio.
Ariadna, asesinada por Artemisa, aceptado el amor de Dionisos para vengar la afrenta del abandono (y luego, si se desea, en brazos de Teseo que vuelve al lugar en el que no debió abandonarla ni a los dioses siquiera), o fulminada por un rayo mientras osa arremeter contra todos los dioses, que luego la coronarán arriba de todos los nortes, no puede suicidarse. Eso sería como volver atrás y retomar de nuevo la construcción de los cimientos del pensamiento occidental. Suicidada, nunca. Nunca esa decadencia. Empeñada en la lucha por la dignidad y el honor del género humano, que no otra cosa es el valor de los guerreros y aún de los héroes, sí. Muerta si se desea, aniquilada, devorada por las alimañas y desperdigados sus restos por esos acantilados a los que Iniesta tan arteramente la fue a empujar. Pobre Ariadna.
Todo lo que el profundo terror y dolor de la tragedia permita, pero no más. La cobardía del suicidio, es evidente, no me acaba de encajar para una joven que prefirió el amor a la sumisión, el riesgo a la comodidad de un palacio y de un reino. Cnossos, rojo y azul.
El espectáculo de Atalaya, en colaboración con el Centro Andaluz de Teatro (tampoco creemos en la intervención del poder en las artes, pero en fin, moriremos en una patria subvencionada y servil, ajena a nuestros orígenes) es absolutamente delicioso, enorme en los conceptos y extraordinario en la intención. Sólo la escenografía, los vestuarios, la iluminación y la cadencia de este rápido espectáculo (poco más de una hora de duración), soportan una acción auténticamente vertiginosa, trepidante, plena de ritmo y de una plasticidad asombrosa. Los actores, jóvenes (sólo jóvenes pueden soportar este este esfuerzo físico) y absolutamente bien preparados, asumen el reto y hacen de Ariadna un espectáculo difícilmente destinado al olvido. A ese olvido, que es fin y muerte, otra muerte más, que es el suicidio.
Director y autor de los textos, han trabajado duro, de manera sobresaliente, y eso se nota. El espectáculo es absolutamente redondo y creíble. Lo del suicidio, créanme, es pura manía personal. Me disgusta la debilidad.
Crítica de teatro. El Mundo - Huelva Noticias, 7 de julio.

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Wednesday, April 30, 2008

El gordo del politono

En Huelva es difícil ver teatro. Y no lo decimos por la programación, aumentada en los últimos años hasta lo impensable hace sólo una década. Es difícil ver teatro sobre todo ahora, en estos últimos tiempos en que asistir a una representación teatral se ha convertido en una cuestión de prestigio social. El teatro viste, como un traje bien cortado, y en consecuencia se te puede sentar detrás un señor gordo que tose con la boca abierta y luce un solitario que se debe corresponder a tu sueldo de un trienio, pagas extras incluidas. En Huelva, como les digo, es difícil ver teatro.
Sin ir más lejos el otro día me tocó delante y un poco a la izquierda a una señora que no paró de hablar ni un momento. Se le amonestaba, primero cortésmente, con un chis pequeñito y apenas perceptible que no hizo mella alguna en quien debía ser sorda como una cuba. Luego le regañaron con otros chises más sonoros e incluso hubo quién observó en tono alto si aquella señora se iba a callar o se subía de una vez al escenario y nos contaba la obra a todos. El caso es que la señora no oyó o no quiso oír chitón alguno y allí estuvo, contándole a la vecina de butaca todo lo que ocurría sobre el escenario. A lo mejor es que una era sorda y la otra ciega, y entonces es normal que aquello estuviera sucediendo y no fuera una pesadilla colectiva del respetable. También pudiera ocurrir que para facilitar la labor abnegada de la señora de la verborrea continua, terminen por ubicarla sobre la corbata del escenario para que vaya explicándonos a todos, y no sólo a la vecina de butaca, lo que dicen los actores. Pudiera ser.
Pero no fue sólo la señora charlatana el cuerpo central del espectáculo que la platea ofreció a los actores. Estaba el gordo de la tos gargajil y… cómo no, los telefonillos móviles.
Además de que en el Gran Teatro se niegan a advertir antes de cada función lo de que deben mantener los teléfonos móviles apagados y que el personal se abstenga de utilizar flashes, tenemos el más absoluto convencimiento de que los hay que no apagan el teléfono móvil porque no les sale de ahí. Queremos decir que a estos energúmenos les mola que les llamen en mitad de la función, porque en caso contrario no se puede explicar y menos entender que además de que les llamen y les suene el móvil, a los hijos de la gran puta se les ocurra descolgar el teléfono y ponerse a hablar en voz alta, que ya es la repanocha, por utilizar una palabra para todos los públicos, de las que aprendimos leyendo el TBO, y no una ordinariez de las que aprendimos mientras nos peleábamos a pedradas en los cabezos contra los de las Tres Ventanas, que también las podría poner porque las conozco, pero luego mi novia me riñe. Así que queda claro que a estos imbéciles que acuden al teatro por aquello del prestigio social, y no porque les interese, porque les guste o porque les entretenga lo más mínimo, les encanta además dar por la baticola. Guerra pues a la vulgaridad, vayamos a Pilé 43 armados con cerbatanas construidas a partir de un bolígrafo Bic cristal (escribe normal) y granos de arroz. Es la guerra: Ni una agresión sin respuesta, que decíamos en otros tiempos gloriosos.
Pero vayamos abreviando que luego ustedes se me aburren y entonces quién me riñe es el señor director, que me tiene aquí para que les entretenga. Les decía lo de los teléfonos móviles y que si suena uno allí y otro allá, más por supuesto el del idiota que se pone hablar, que ese es ya para lo de la cerbatana hecha con el canuto del boli. Pues además de este, les andaba contando que me tocó un señor gordo detrás, ese que me tosía el cogote y menos mal que hace mes y medio que debería haber ido al peluquero, que si no, me salpica directamente el cuello y no vean ustedes la grima que da eso. Pues bien, no contento con las toses estentóreas que terminaba con un comentario que sobraba a su señora parienta, un comentario inútil del tipo “ojú, cómo tengo la garganta”, al señor gordo que le vislumbré el anillo enorme al observarle, por supuesto con ira, cuando acabó la función, también iba armado con un telefonillo móvil y como es natural en tipos de semejante pelaje, encendido. Le sonó, claro. Y era de esos con timbre politono que asemejan una carcajada o algo parecido, que digo yo que será de algún personaje de estos que se inventan en Tele 5 o en Cuatro, en las cadenas de televisión que no dan prestigio social, pero que les entretiene. Que digo yo que porque no son realistas y se dejan de prestigio social, se van a casa a disfrutar con las mamachicho o con el un, dos, tres y ya está. Pues nada, hijo, que tienen que venir al teatro. A dar por ahí.

En Huelva, no me digan, es difícil ver teatro, aunque el espectáculo, en la platea, esté asegurado.

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Friday, April 25, 2008

critica teatral: Sonata de Otoño

Las buenas compañías
SONATA DE OTOÑO, versión de José Carlos Plaza y Manuel Calzada de la película de Ingmar Bergman del mismo nombre. Dirección: José Carlos Plaza. Escenografía: Francisco Leal. Vestuario: Sybilla / Val Barreto. Iluminación: Francisco Leal. Música: Mariano Díaz. Interpretación al piano: Juan Robles Cánovas. Intérpretes: Marisa Paredes, Nuria Gallardo, Chema Muñoz y Pilar Gil.
Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (Lleno) Fecha: 25 de abril, 2008.
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Bernardo Romero
Huelva
Dos horas de verdades entrecortadas. Entre unas y otras, algún medido momento para respirar. El espectador, se entiende. José Carlos Plaza da una nueva lección de profesionalidad, de saber ajustar los tiempos y los espacios. Aquí, en estos interiores bergmanianos, también la luz. Una luz prodigiosa.
Hay dos momentos realmente sublimes, identificables a pesar del tono mayor de la obra, exacta como decíamos, medida con absoluta meticulosidad. En uno de ellos la protagonista, o al menos el personaje sobre el que recae el peso de la obra, Eva o Nuria Gallardo, como prefieran, dicta sus más íntimas concepciones teológicas en un monólogo roto tan sólo por la luz. Por esa luz frontal que dibuja una expresión sobrecogedora. Luego, más tarde y ya casi al final de estas dos breves horas en que los actores dan toda una lección de teatro, concepto que queremos llevar más allá de la interpretación: teatro, la misma actriz, el mismo personaje, desgrana con absoluto sufrimiento, las relaciones de la madre con la hija, su versión obviamente, pero las relaciones de una madre triunfadora, elegante, que retiene una belleza juvenil ya casi olvidada, pero firme en sus movimientos, con la hija que necesitó la atención y el cariño que la madre le hurtó incapaz de asumir el papel que sin saberlo había sido el más importante de su vida, el de madre. Allí, de nuevo, la luz en el rostro de la Gallardo, una actriz impresionante, salvaje y dulce a la vez: actriz.
Decíamos antes los actores. Y decíamos bien. Los actores. Impresiona la primera escena en que aparece Elena, una joven que un día fue hermosa y que ahora sufre una parálisis cerebral degenerativa. Es Pilar Gil. E impresiona. Luego protagoniza el momento más tierno y duro de la narración, una demostración de amor filial en la que llega a empujar y rechazar a la hermana que la acoge. Es el momento que humedece el lagrimal del espectador. Si impactante es su primera aparición en escena, en esta vuelta de tuerca a su papel, rompe los límites de la pura interpretación para hacer lo que hace Nuria Gallardo durante toda la obra, vivir el personaje. Pero atención, también están Marisa Paredes, réplica de lujo para la Gallardo y Chema Muñoz, un curtido hombre de teatro que ya dejó en Huelva la pasada temporada su buen hacer, su saber hacer como actor.
Ambos dos permiten que la obra de Bergman, sumamente intimista, dura y descarnada, trascienda desde el escenario a la platea, produzca esa comunicación que el teatro moderno debe tener sin necesidad de que los actores repitan esa caricatura titubeante de desplazarse por entre las butacas del respetable. No, en absoluto. Aquí se trata de llevar el teatro a todos los sentidos del espectador. Eso es lo que hace el impecable elenco de esta “Sonata de Otoño” que nos dejó tan buen sabor, a buen teatro, el viernes en coliseo de la calle Vázquez López. Teatro, al fin y al cabo, que no es poco.
Después tendríamos que mencionar también el equilibrio de la escenografía, el ritmo de color tan delicado como efectista. O las luces, que fueron algo más que esos focos directos al rostro de la Gallardo. O el vestuario, con la sobriedad que necesitan estos interiores de Bergman que José Carlos Plaza, un tipo inteligente, un hombre de teatro, ha sabido llevar a las tablas en muy buena compañía. La de cuatro actores absolutamente de impresión. Magnífica obra, fenomenal estampa. Teatro.

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Monday, April 7, 2008

Fado, vida e mistério

Trató de recordarnos Joana Amendoeira que el fado no es sólo saudade, tristeza o desamor, que también puede ser divertido, alegre, tal como demuestra el estar presente en las fiestas populares lisboetas. El fado es vida, afirmaba la joven fadista de Santarem, en la noche del sábado sobre el escenario del Gran Teatro de Huelva, donde estuvo acompañada por tres excelentes músicos que han dado ya la vuelta al mundo con ella en varias ocasiones, poniendo música al hermoso cantar de quien ha sido la fadista más joven en grabar discos y en ser reconocida en actuaciones y conciertos celebrados en las más prestigiosas salas musicales internacionales.
Pedro Amendoeira a la guitarra portuguesa, Paulo Paz en el contrabajo y Pedro Pinhal con la viola de fado, que es como se conoce en el país vecino a la guitarra española, son los nombres de tres músicos grandes, excepcionales, plenos de ritmo y que miden los tiempos tal como la inspiración, el alma misma, les dicta. Tres músicos de alta escuela que arrancaron una de las ovaciones más intensas de la noche en el descanso que se tomó la Amendoeira tras su bravísima primera parte, en la cual demostró por qué su voz ha entusiasmado en muchos más lugares que en Portugal, donde es una de las fadistas más reconocidas desde su juventud. Recuérdese que con trece años recién cumplidos se subió a un escenario nada menos que en la Gran Noche del Fado de Lisboa, recogiendo el primer favor del público y del jurado de aquél certamen. Un año después, en 1995 y en Oporto, volvería a sorprender y a conseguir el galardón que la reconocía como mejor intérprete femenina. Y de ahí, hasta este momento en que es sin ningún género de dudas la máxima representante de la “nova geração” de cantantes de fados.
En Huelva presentó temas de su último trabajo, “A flor da pele”. En este álbum incluye temas compuestos por sus compañeros habituales en el escenario, pero también por otros de los más importantes compositores portugueses actuales. La tradición interpretada desde la modernidad de una voz compleja y sutil, hermosa, plena de registros y con una sensual harmonía vocal que enamoró a todo el público onubense, a un público que llenó el recinto de la calle Vázquez López, demostrando de esta manera que el fado debe ocupar un lugar más importante aún en las programaciones del primer coliseo provincial, pero también en las de citas veraniegas como las de La Rábida , donde recordamos a voces como la de Misia o Dulce Pontes que también registraron importantes entradas de público, como ya ocurriera - hace demasiados años como para recordar cuántos -, con la gran Amalia Rodrigues en el escenario que por aquél entonces se instalaba junto al monolito rabideño.
Celebramos haber podido oír en el Gran Teatro temas como “Saudade por cantar”, donde afirma Joana Amendoeira que es menester ir al barrio de Mouraria para aprender lo que es un fado, lo cual la incluye en la nómina de cantantes lisboetas que tienen en la melancolía, en la nostalgia pero también en las pequeñas historias locales los temas de sus cantares. Con gran tino y sapiencia, la de Santarem procuró alternar temas de corte clásico con otros temas populares de la capital lusa, en los que la alegría, el baile y el ritmo se contagiaron rápido a toda la platea del Gran Teatro, que acompañó con palmas y hasta con tímidas voces esas canciones que en Lisboa se cantan en junio, por Santo Antonio o por Santo João. En todo caso echamos en falta “Sopra o vento”, uno de los temas más sentidos y logrados de este trabajo imprescindible entre los cedés de quienes aman la canción tradicional o, simplemente, la música de altísima calidad.
Joana Amendoeira se contagió del ánimo de los espectadores, que acudieron (como tenemos que reconocer, no esperábamos) al Gran Teatro para ver y oír a la nueva diva de la canción tradicional portuguesa. Las distancias, después de tantas décadas de vivir de espaldas los unos y los otros, parece ser que se están haciendo más pequeñas. A esto contribuye, como pocas cosas lo pueden hacer mejor, este idioma universal que es la música. Joana Amendoeira lo hizo, y con sobrado arte sobre el escenario onubense.
El fado, hecho vida: tristeza y alegría, tal como afirmó la hermosísima fadista. Pero también el fado pleno de misterio y no sólo por sus orígenes, sino por ese recorrer el cuerpo hasta encontrar y cautivar el alma, lo que su música y sus letras logran cuando están interpretados con la gracia, la ternura y la delicadeza de esta dama de la canción que el sábado ofreció, junto a sus extraordinarios músicos y compañeros de ruta, una noche extraordinaria de fados, de vida y de misterio. El fado, de nuevo en Huelva volvía a triunfar y a gustar, a llenar también, un escenario. Una noche de fados, una noche intensa y hermosa con Joana Amendoeira.

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Tuesday, April 1, 2008

Joana Amendoeira en el Gran Teatro

Este sábado 5 de abril, estará en el Gran Teatro una de las fadistas jóvenes de voz más dulce y portentosa. Una voz rasgada, plena de sentimientos y musicalidad. Absolutamente recomendable. Presenta su último disco “A flor de piel”. Una oportunidad como no hay otras a lo largo del año (excepcionalmente en La Rábida en las actuaciones del Foro que oganiza la Diputación) de escuchar la música tradicional portuaria y sentimental que se hace en el país vecino. Aquí tenéis un aperitivo de la joven cantante de fados portuguesa:
http://es.youtube.com/watch?v=v42LZRnrBi8
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Sunday, November 4, 2007

25 años de La Cubana

Luz y lucidez
CÓMEME EL COCO, NEGRO. Idea, guión y dirección de Jordi Milán. Música: maestro Juan de la Prada. Escenografía y decorados: Castells Planas y La Cubana. Vestuario : Cristina López. Caracterización: Joan Alonso. Coreografía: Leo Quintana. Iluminación: José Ángel Nieto. Sonido: Carles Yagüe. Intérpretes: Jaume Bacis, Xavi Tena, Meritxell Huertas, Ota Vallés, Meritxell Duró, María Garrido, Eduard Alejandre, Alexandra González, Roelkis Bueno, José Pedro García, Nuria Benet, Juan Bey, Ferran Botifoll, Jordi Milán y Lula. Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (Lleno) Fecha: 4 de noviembre, 2007.
(****)
Bernardo Romero
Huelva
Una compañía de teatro de Music – Hall, el Teatro Cubano de Revista, cambia la hora de inicio de su última representación en una ciudad, con objeto de marcharse con la antelación suficiente que le permita llegar a otra ciudad, a otro lugar. Allí volverán a representar “Cómeme el coco, negro”, la producción que tiene en cartel esta compañía de Revista en el ocaso del género y de los actores que soportan las fatigas e inconvenientes de una profesión de la que no se pueden despegar. A partir de ahí, de la confusión provocada por el cambio de horario, plantea La Cubana una obra de teatro en la que, como en ellos suele ser habitual, implican al público asistente, al que provocan y jalean sin parar. En el fondo de la trama está la desdicha y el dolor, pero también la alegría de vivir de una pobre gente encantada con su profesión, con la libertad y el pretendido glamour que a duras penas suplen un horizonte presidido por un bocadillo de mortadela y el trajín de los montajes y desmontajes de la carpa con la que recorren, legua a legua, los pueblos y ciudades de España.
En primer plano y en todo caso, está el esplendor de un espectáculo muy bien montado y mejor llevado, pleno de ritmo, de luz y color. Pero además de todo eso, está la obra, y un guión que se sincera a veces de forma descarnada y tierna con los propios personajes, absolutamente fieles a muchos teatreros y cómicos que ya apenas son historia de la escena última española. “Cómeme el coco, negro” es un viaje, también, a ninguna parte, un retrato de lo que los más viejos del lugar alcanzamos a conocer en espectáculos que, en otro tiempo, poblaron este mismo Gran Teatro o las carpas ubicadas entre las atracciones de la calle del infierno de las Fiestas Colombinas. Cómicos, que ya no están. Los tiempos, que cambian inexorablemente y por supuesto a mejor. Que conste.
Uno quiere recordar que fue en 1983 cuando por primera vez vino La Cubana a Huelva con sus “Delikatessen”. Luego volvieron con espectáculos como “Cegada de amor” o más recientemente “Mamá quiero ser artista”, que reventaron las taquillas una y otra vez. Por lo tanto la compañía catalana volvía ahora, y de nuevo con “Cómeme el coco, negro” a encontrarse, también aquí, lejos de su plaza barcelonesa, con su público, con un público fiel que nunca podrá abandonar a estos profesionales que son capaces de mantenerte dos horas en el sillón sin parar de hacerte reír, de entretenerte, que es de lo que se trata, y además de hacerte pensar. Eso se consigue con la luminosidad y el color de sus excelentes puestas en escena, pero sobre todo por la sencilla razón de que además de la luz, poseen una absoluta y maravillosa lucidez.
Veinticinco años, por supuesto que no son nada. Esperaremos que vuelvan, en consecuencia, que regresen a esta ciudad que, al menos en la función del sábado, les despidió aplaudiendo al compás. Que vuelvan estos nostálgicos del teatro de la legua, estos cómicos que disfrutan con su profesión – y que se les nota, además – a enseñarnos lo hermoso y lo vivo que sigue estando, cine y televisión mediantes, el teatro, la magia y el embrujo de un espectáculo inmortal. Bravo por La Cubana.

 

El Mundo - Huelva Noticias, 5 de noviembre, 2007
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