Temporada del Gran Teatro. Crítica teatral
El arte de la relajación
BUSCANDO A HILARY, de Elise Varela, traducida y adaptada por Paloma López Vázquez, Dirección: Esteve Ferrer. Escenografía: Ana Garay. Vestuario: Eduardo Acedo. Iluminación: Juanjo Llorens. Intérpretes: Blanca Marsillach, Fran Sariego y Miguel Foronda.
Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (casi lleno) Fecha: 6 de marzo, 2009.
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Vuelve la programación de temporada al Gran Teatro, después del lapsus vacacional primero y carnavalero después. Vuelve un Gran Teatro multifuncional y tenemos noticia de que en la ría habrá una nueva catedral. Estupendo. Las cosas de Huelva, qué se le va a hacer. Luego habrá que echar mano del palacio de congresos, que es eso, un palacio de congresos, para dar cobijo a espectáculos que necesitan grandes escenarios, o no tan grandes. Mientras tanto, en el coqueto coliseo de la calle Vázquez López se hace necesario reducir y adaptar decorados en una sí y en la otra también, en prácticamente todas las representaciones de la temporada. Las cosas de Huelva, ya les digo.
Pero deberíamos hablar de la obra elegida para abrir la temporada primaveral. Blanca Marsillach, de nuevo. La actriz empeñada en campear escenarios volvió con una crisis de ansiedad. Esta vez no sólo en los modos, sino también en la trama argumental, si es que la había, que esa es otra.
La actriz y empresaria recorrió con su acostumbrada rapidez el pequeño tablao onubense. De aquí para allá, con buenos movimientos, es cierto, pero con las prisas propias de quién pierde el autobús. Precipitada, que es su manera de actuar y ya no lo diremos más, pues debe ser marca de la casa, estilo propio que es menester respetar. Claudicamos.
A su lado Fran Sariego y Miguel Foronda tratan de poner algo de tranquilidad en el escenario. Sariego lo consigue, aun teniendo un papel que necesita la ansiedad que le sobra a la otra. Miguel Foronda tiene los textos más afortunados, y los clava, de este comecocos que es “Buscando a Hilary”, una especie no se sabe bien si de drama, de comedia o de tragedia para el espectador, que es el que termina pagándolo.
Cuenta la obra de Elise Varela un tópico dislate neoyorkino que creíamos pasado de moda, pero no. Freud vive, como lo oyen. Así que para quién pensara que el mundo volvía a la normalidad tras la fiebre psiquiátrica de los ochenta, nada de nada, monada. Todavía andamos por ahí. Nueva York tumbada en un diván. Jartible, que dirían en Cai. Y el espectador, impasible, sentadito delante del diván. Oyendo los traumas y pesares de una bonita cuarentona sin poder participar, sin poder decirle hija mía de mi alma, tranquilízate un poco y disfruta de la vida. Relájate.
La obra, el texto, transita por unas circunstancias que aburren al más arriesgado profesional de la psiquiatría. Mal encajada, con largas escenas que se podrían haber obviado. Y así, de escena en escena, fue pasando el rato, adobado con momentos de chiste grueso que se agradecían sobremanera: Cristo, su vida y circunstancias, como recurso para hacer reír, no estuvo mal; eso que tenemos ganado los de la cultura judeocristiana. Lo de la madre Teresa de Calcuta, una amiga de Lady Di, tampoco estuvo mal. La parca podría haber aparcado en otro lugar, sobre todo en un final, asombrosamente confuso después de hora y media de confusión, que ya les vale. Foronda y Sariego, intentaron salvar la obra y eso se agradece.
La Marsillach tiene incluso momentos brillantes, sobre todo cuando olvida que está trabajando, cuando se relaja queremos decir. Entonces resulta bastante creíble y hasta buena actriz. Lo que son las cosas.
publicado en El Mundo - Huelva Noticias. 8 de marzo. 2009
