Saturday, December 6, 2008

De la luz en sus prodigios

Quisiera uno ser de Moguer, disfrutar de la luz de Moguer, beber los vientos de Moguer y pasear sus pasos por las calles de Moguer por una sola razón, la de poder sentir la pintura de Pedro Rodríguez en los adentros del alma. Sentirla como algo propio y desearla como algo ajeno a lo que se le puede dar alcance. Son, y ustedes se habrán dado cuenta, sentimiento y deseo los dos factores determinantes de eso que llamamos amor. Conquista de lo que se quiere conocer, y posesión de lo por conocido amado.

De la luz en lo transparente. Este es el título genérico de los últimos trabajos que divididos en tres series expone Pedro Rodríguez en el Museo de Huelva. Ha pintado Moguer: Santa Clara y
la Granada, paisajes urbanos sin figuras, vistas, estampas del lugar que habita este genio de la pintura. Y entre las formas exactas, concisas, de esos paisajes urbanos, líneas que atraviesan con una pulcritud rectilínea la claridad de los cielos de otoño atravesados por la última luz del día. De la calidad cromática, de la paleta preferida del pintor, notaremos la simple evolución de sus gustos estéticos. En cuanto a la paleta, trazos generosos que siguen esas perfecciones verticales que definen los paisajes escrutados, aun ya sabidos, de Moguer.

Una segunda serie es la de las naturalezas muertas, bodegones con un protagonista esencial en la obra de Pedro Rodríguez, ya otras veces trabajado el motivo con igual suerte, la granada. Abiertas, plenas, a punto de estallar en los lienzos. Rojos, violetas, verdes, naranjas, el color de esta fruta de invierno que resiste al frío, tal como lo hace en unas composiciones muy centrales cuyo objetivo es mostrar la fruta, abrir el color al espectador, sentir el ritmo educado por años de esfuerzo y tensión. Granadas.

Por último, otra serie sobre la que ha estado trabajando Pedro Rodríguez en los últimos años y que sin variar el motivo, se adentra en otros materiales y en otras texturas a eviscerar: cristal, hielo, agua, esmerilados trasuntos en rutinarias composiciones de botellas y vasos aparentemente abandonados sobre una mesa, pero que el artista ha sabido ver desde una óptica que le permite continuar su discurso compositivo.

Aquí las transparencias, se incluyen en el mismo ritmo cromático que el resto de la exposición. Están además las mismas verticalidades, y está la misma paleta presente en cada uno de sus lienzos. Es por lo tanto un mismo discurso pictórico el que se abre a estas tres series que Pedro Rodríguez ha reunido bajo un mismo y clarificador enunciado: la luz y las transparencias. Luz de Moguer, transparencias atravesadas por la mirada sabia de un maestro en el arte de pintar. Quiere decirse que detrás del pincel del artista moguereño, está un implacable lápiz, certero y ávido en la búsqueda de la belleza callada de las cosas.

Dedicada a la memoria de su padre, Pedro Rodríguez Grande – Caballero, la exposición estará colgada en el Museo Provincial de Bellas Artes hasta el día primero de febrero del año entrante. Programen sus visitas – absolutamente inevitable para quienes estén interesados en conocer la mejor pintura actual de estos sures - y tengan en cuenta que además de Pedro Rodríguez, otro pintor del entorno de Doñana, Juan Romero de la Rosa, expone en la otra sala de la primera planta de este edificio.

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Friday, January 18, 2008

Overli, el tiempo detenido

Tengo la obra de Isidoro Fernández Palma “Overli” (1952 – 2001) presente en todos y cada uno de mis días. También su palabra, su sonrisa de viejo duende, de místico desarrapado y bonachón, su sabiduría innata, ese atrapar la realidad de una manera absolutamente limpia y sincera. Sin atisbo alguno de contaminación en su formación autodidacta, en su carrera pictórica, así era Isidoro: entrañablemente alucinante, coherente en todo caso y docente de altos vuelos sin querer serlo en absoluto, cuando recibíamos de él lección certera y necesaria, más que con su visión del mundo, con su mero existir, con su bendita cotidianeidad.
Ahora que hace tiempo que cesaron las lágrimas por su temprana desaparición, ahora que afortunadamente el recuerdo lo va matizando todo, que su figura se nos hace más grande aún, lo encontramos en la Galería Fernando Serrano de Trigueros (hasta el 31 de enero y en www.art-website.com), ese lugar impregnado por la sabiduría de un galerista que ha sido capaz de poner sala y labor entre las más importantes y rigurosas de la península Ibérica. Ahí está mio Cide Isidoro Fernández Palma “Overli”, cabalgando hermoso por las praderas del arte siete años después de muerto. Y ahora, como entonces, sin necesidad de cadenas que le aten a la montura, porque el artista, y ustedes seguro que lo saben bien, nunca desapareció de nuestros corazones. El sigue aquí, sonriéndonos y haciéndonos saber por donde pueden andar los más hermosos caminos, los senderos de un mundo justo y limpio, como su mirada, como todo su ser. Eso es.
También están delante de mí sus dibujos, sus pinturas, su obra entera, la de un genio que vivió y gritó en el más absoluto de los silencios, por eso precisamente, su mensaje sigue ahí, perfectamente identificable en cada una de sus obras, gritando desde la más absoluta de las hermosuras por conseguir ese mundo que anheló, pero que también dibujó pleno de realismo, con sus monstruos y sus errores, con sus desastres y sus miserias. Encima de todo eso, Overli puso un grito de denuncia pero también de esperanza.
Overli se anticipa, en sus discursos a mucho de lo que hoy estamos presenciando: destrucción del planeta, guerras, contaminación, pero también ambición, poder, dinero, corrupción…, porque su lenguaje, simple y directo, fue y es, a pesar de unas claves propias, no extraídas más que de la pura observación, de carácter universal, perfectamente identificable, reconocible, tanto ayer como ahora o mañana mismo. Resulta curioso, que entonces hubiera quién calificara de delirio aquellas minuciosas composiciones que Overli realizaba en el silencio de un estudio en el que el tiempo siempre estaba detenido –mística y alquimia-, y ahora esos mismos vengan a rasgarse las vestiduras –por necesidades del guión- clamando por aquello que el artista veía entonces tan nítido, tan meridianamente claro.
Si alguno de ustedes no conocieran aún la obra del maestro Overli, tienen la oportunidad de acercarse mediante la dirección electrónica antedicha, aunque es muchísimo más gratificante verla al natural, con su increíblemente bien medido ritmo cromático, con sus estudiadas composiciones fruto de una capacidad natural y también, por supuesto, sobrenatural. El día último de mes, cuando se celebran los cincuenta y seis años del nacimiento de este hijo de las estrellas, se cerrará la muestra que ha propiciado un galerista entregado y atrapado por la obra y la herencia universal del genio.
Ese día 31 de enero y a partir de las ocho de la tarde, hablaremos de él, gozaremos con su recuerdo y compartiremos con su hijo –que ofrecerá un pequeño concierto de piano- y su mujer – que ha preparado unas canciones para la ocasión – esta celebración en su memoria. Será un día para reconocer en sus cuadros todo aquello que él amó: la vida en la Tierra , sólo y nada menos que eso. La vida en libertad, plena de gozo y de amor, la que el artista vivió renunciando a todos los bienes materiales, dedicado a pintar y a humanizar con su palabra un mundo en el que la adicción al poder y a la riqueza, acechaba tras cada uno de los desastres que él, con tanta precisión, dibujó y denunció.
Hoy, la emoción de su recuerdo, me impide reflexionar sobre cuestiones meramente pictóricas. Sobre la hermosura de sus delicados trabajos, sobre su idea del color y de las formas, sobre ese imponer sobre la calidad la idea, el mensaje de su tiempo, que es éste y serán los por venir. Los de un planeta que sobrevive gracias a que no todos estamos atemorizados por el miedo que conduce a la riqueza, a la posesión de bienes materiales. Quienes esperamos ser sabios como el maestro, no necesitamos esas viles defensas para vivir.
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Thursday, January 17, 2008

Homenaje a Overli

El próximo jueves 31 de enero, a las ocho de la tarde, tendrá lugar en la Galería Fernando Serrano de Trigueros un homenaje a Isidoro Fernández Palma “Overli” (1952-2001), al cumplirse el cincuenta y cinco aniversario de su nacimiento. También ese día se clausura la exposición antológica del pintor. Música y pintura protagonizarán la jornada y por supuesto estáis todos invitados. La galería está en el polígono que hay a la entrada de Trigueros, la primera según se llega desde la autovía. Es fácil localizarla. Se entra en el polígono y topalante hasta llegar a una especie de plazuela, que queda a la derecha y tiene una pérgola con buganvillas y jazmines esmirriados, quiere decirse que llevan ahí seis o siete años y no han crecido los pobrecicos míos casi nada. Merece la pena darse el paseo desde Huelva (en coche, diez minutos y andando no lo sé porque nunca he ido andando a Trigueros, y mira que voy veces), las inauguraciones en la Galería Fernando Serrano siempre son entretenidas y siempre incluyen música en directo, amen de refrigerio.
Me tomo un respiro en el periódico. Estoy muy liado. Quizás quince días o a lo mejor quince meses. Lo pensaré. En todo caso, el sábado dedico la página a la figura del enorme pintor y mejor amigo que siempre tendré en los mejores de mis recuerdos. El mismo sábado os cuelgo el artículo en este blog.
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Saturday, January 12, 2008

Cruz Fernández, el pintor impasible

En el mundo del arte, todas las historias son posibles, la de Manuel Cruz Fernández, un joven pintor que a la edad de 25 años se retira del mercado pictórico, también. Qué pudo ocurrir en la Huelva de 1917 para que un pintor al que todos alababan, con una carrera más que prometedora y que se fotografiaba junto a Daniel Vázquez Díaz mientras ejecutaba los frescos de La Rábida, o del que el mismísimo Juan Ramón Jiménez daba noticias en su correspondencia particular cuando lo encuentra en Madrid operándose en la clínica de un cirujano amigo suyo. Qué pudo ocurrir para que un discípulo aventajado de los más prestigiosos pintores del momento se apartara del mundo del arte y se dedicara, desde ese mismo momento, nada menos que a crear, a realizar lienzo a lienzo uno de los recorridos más fascinantes por los estilos y las tendencias más novedosas y complejas del momento.
Desde el
14 de febrero estará en el Museo de Huelva una exposición antológica de este grande de la pintura con el que perderán el tiempo si deciden encontrarlo en las enciclopedias de arte del siglo XX, o en los libros de Historia, aunque ahora todo esto cambiará gracias a la labor decidida de intelectuales de la talla de Lacomba –comisario de la exposición – o de Enrique Martín – conservador del Museo de Huelva –, unida tan encomiable labor de recuperación de tan extraordinario pintor, el empeño de la directora de ese museo Juana Bedia o el buen hacer que en materia de Bellas Artes lleva a cabo la Consejería de Cultura, sin olvidar por supuesto la colaboración entusiasta de sus herederos. Todo ello hará posible que Huelva recupere el nombre de uno de sus vecinos más ilustres y la Historia del Arte del siglo XX a una figura esencial.
Querría apuntarles algunas claves para recorrer la muestra de una obra apenas conocida y hasta ahora de difícil acceso, pero que contiene todas las tendencias del arte de la primera mitad del siglo XX. Verán sin dificultad la influencia de Vázquez Díaz, Zuloaga, Hermoso, Romero de Torres, Sorolla… en los deliciosos retratos y paisajes que componen la muestra, también el simbolismo juanramoniano o la placidez de una pincelada suelta que nos lleva a esa liberación que siguió a un romanticismo que todavía por aquellas primeras décadas del siglo XX ansiaba seguir vigente.
Existe un cuadro en los fondos del Museo, “Labrador toledano”, de impecable factura, que era la única obra que el Museo poseía de Cruz Fernández. Ahora se le unirán otras, ya que los herederos tienen intención de donar parte de su colección al Museo. Este “Labrador toledano” ha sido sometido a un escrupuloso proceso de restauración con ocasión de esta exposición, siendo un experto de la talla de Balbontín quién se ha ocupado de este trabajo. Es además la estampa que ocupa la portada del catálogo para la exposición.
Recuperar una figura olvidada en lo que a la pintura andaluza se refiere, al modernismo que se adueñó de los ambientes pictóricos del momento, y rescatar un ejemplo significativo de un periodo crucial en el proceso de modernización de la pintura española. Esta es la razón de esta exposición de Manuel Cruz Fernández, nacido en Huelva en 1892. y que vivió acontecimientos de suma importancia que le ayudaron a crecer como pintor: la creación de la Escuela de Pintura de Huelva en 1905 o las más importantes exposiciones nacionales de la época, el proceso de creación de “La muerte de un torero” de Vázquez Díaz –quién retrataría a Cruz Fernández en 1915- o la visita junto a Hermoso al Museo del Prado en esos primeros años del siglo. Participa además en numerosos concursos y exposiciones colectivas, además de llevar a cabo una intensa labor pictórica y expositiva de carácter individual. Manuel Cruz Fernández, pese a su juventud, está a la altura de lo más granado de las Bellas Artes españolas, pero en 1917 y con tan sólo veinticinco años de edad no participa en una magna exposición organizada por la Juventud Artística de Huelva, de carácter nacional, celebrada en su propia ciudad natal. Y ello a pesar de que él mismo fue redactor de una revista de arte editada por la asociación de la que había sido socio activo. En la primavera del siguiente año, Manuel Cruz Fernández contrae matrimonio con la joven viuda y rica heredera Amalia Pizarro.
Retirado en el norte de la provincia de Cáceres, el pintor seguirá en contacto con todas las novedades que surgen en la pintura española, viaja por comarcas y regiones españolas, pintando al natural y conformando, impasible a lo que sucedía en el mundo exterior, una de las colecciones de pintura más curiosas e impresionantes que ustedes se puedan imaginar.
En la soledad de su casa y su estudio, el onubense estaba creando una obra de carácter y vocación universales. Impasible a lo que ocurría en España o en el mundo, pero fiel a su tiempo, a su contemporaneidad.

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Saturday, December 15, 2007

“Downtown” en el Colegio de Arquitectos

Santana. Escenografías y otras estampas
Vive Enrique Romero Santana (Lepe, 1947 aunque no lo parezca) en  una ciudad que es destino de los amantes de la arquitectura moderna. Pura racionalidad, función urbana, modelo y visita obligada de todas y cada una de las generaciones de arquitectos que se forman allá o acá, en Europa.
Asomado al lago Michigan, desde su estudio de Chicago, Santana pinta lo que ve, lo que escruta con meticulosa atención, quiero decir la ciudad, las entrañas vacías, que no solas, de la ciudad. Los personajes no aparecen. Es natural, el pintor quiere pintar la esencia de esas arquitecturas que le deben seguir sorprendiendo después de los muchos años que lleva viviendo allí, en la ciudad que lo hizo un pintor de sobrada fama y envidiable cotización. Artista, lo era ya de antes.
Decíamos y tenemos que volver a ello, que los personajes, las figuras, no aparecen. Por supuesto que no, muestra el pintor lo esencial, los volúmenes sirviéndose de las sombras, los espacios cerrados y los espacios abiertos al observador y a los cielos apenas cruzados por nubes. Ya les vengo a decir e incluso a insistir en que no hay figuras, pero sí vida. Ahí está el agua, reflejando toda esa escenografía elaborada con extrema pulcritud, con la paciencia de quién es dueño de todos sus tiempos, y con la meticulosidad de quién no mira, sino observa. Escenografías. Quizás por ahí empecemos a entender algo de la pintura sorprendente, romántica, de Santana. De su genialidad, también.
Podría parecer que el pintor pretende describir esa ciudad modélica en su arquitectura, o en sus arquitecturas: son tantos los que por allí pasaron, quienes allí dejaron su huella de ladrillo y zinc, pero si somos capaces de evitar que Chicago nos desvíe la atención, lo que es esa ciudad, entenderemos como el pintor va más allá. Santana está pintando esos lugares en los que se desarrolla la acción. Paisajes. Recuerden como los paisajistas holandeses se empeñaban en mostrar el movimiento de los árboles mecidos por el viento poniente, o las nubes empujadas amablemente desde el mar. Eso es paisaje, por supuesto. Pues lo de Enrique Romero Santana, también. Paisaje urbano. Puede que ya nos estemos enterando de algo. Al menos quién esto escribe, después de muchos años admirando su quehacer, su trabajo paciente y brillante, empieza a descubrir alguna cosa en ellos, a entender por qué razón atrapa al espectador. Por qué razón Santana es quién es. Pintor. Desentrañador de la ciudad. De esa o, ya con absoluta rotundidad lo podemos afirmar, de cualquier ciudad, por mucho que el lago, las luces del lago o el movimiento de las aguas – miren: agua, más vida – tal como él las observa desde su estudio, desde su ciudad, sean diferentes de otras ciudades, de otros paisajes urbanos. Creo que Santana podría describir también Madrid o Singapur, Rótterdam o Tel Aviv, tal como describe, desnuda, antes de la acción, la ciudad de la que seguro un día se prendó. Amor.
Hoy, ya lo saben, la escenografía es lo primero que se presenta al espectador de una función teatral. No se esconde tras el telón. Está el escenario abierto y el espectador ocupa su butaca consciente de que el espectáculo ya ha comenzado. Escenografías, como parte esencial de la obra, de la función, de la acción. Romero Santana lo sabe. Pinta la ciudad, desnuda por supuesto. Tal como aquellos paisajistas holandeses pintaban el campo, abierto a la imaginación del espectador. Desnudos. Paisajes sin figuras.
Estampas también. La vida plena y agitada de la ciudad en una azotea que recoge suavemente las últimas luces del día, o de un depósito, una chimenea o un paso elevado que recibe la primera luz del sol. Contrastes. Preciosismo, la belleza de las cosas. Eso es lo que Enrique Romero Santana está buscando, encontrando y poniendo delante del espectador. Minuciosamente descrito sobre el lienzo. Pincelada a pincelada, con paciencia y tiempo, el artista va describiendo los ritmos acompasados de la ciudad: en el color, en las formas. De esta ciudad, de su ciudad, Chicago, pero también de todas las demás. Del mar, fíjense, qué curioso, también. El creador capaz de detener las olas, hasta la resaca misma de las olas del mar. El viento y el sol, el cielo y el agua ascendiendo, condensándose, haciéndose agua. Nubes. Vida.
Escenografías y estampas de la ciudad. Downtown. El centro, un lugar pleno de actividad. Pero aparentemente es curioso que describa las entrañas, solas, desnudas, de la ciudad. Aunque ya sabemos, o al menos empezamos a entender, que no. El artista, fiel a su compromiso con su obra, pinta paisajes urbanos, plenos de armonía, la composición hermosa, el ritmo de color medido con la misma pulcritud con la que pinta, lentamente, estas escenografías que nos muestran el espacio vivido de una ciudad.
Posted by Bernardo Romero at 06:54:27 | Permalink | Comments (1) »