Vaya, vaya, aquí no hay playa

Una torre de almenara invertida en la soledad invernal de Matalascañas
Se acabó. Esto de construir a pie de playa podrá haber servido para que cuatro golfos apandadores hayan hecho fortuna, pero no para mantener en pie un sector fundamental en el entramado económico nacional. Hasta hace poco, las divisas que entraban por turismo, igualaban al gasto en combustibles fósiles, petróleo y gas natural. Ahora el gobierno de la nación nos desvela la reducción del turismo extranjero, que alcanza a casi un 12% y más que tendrá que bajar.
El sistema no funciona. Hasta ahora la Administración (local, regional y patria) han procurado apuntalar el binomio sol y playa construyendo a pie de playa y haciendo todo lo posible para que los precios se encarecieran en el litoral español, por ejemplo haciendo poco competitivos a los empresarios instalados en playas y pueblos costeros. ¿Cómo? Pues muy fácil, evitando que los visitantes llegaran a estos destinos turísticos a lo largo de todo el año y poniendo las bases para que tan sólo se acercaran a las playas en los congestionados meses de julio y agosto. De esta manera no hay negocio que aguante diez meses casi vacío y dos a rebosar en los que tienen que subir escandalosamente los precios para poder sobrevivir. Ha sido simple como un cubo y lo han conseguido. Cuando los objetivos son así de sencillos y de zafios, es fácil lograr alcanzarlos. Construían y construían, olvidaban las cuatro reglas que podrían haber convertido el litoral español en un Potosí, y conseguían lo que se habían propuesto.
En cierta ocasión pude oír espantado como todo un secretario general de los socialistas onubenses, un forastero que estuvo por aquí unos años buscándose la vida, animaba a construir y construir bajo el demagógico argumento de que todos los ciudadanos tenían derecho a veranear, razón por la cual había que construir más y más edificios, muchos bloques de apartamentos que ayudaran a masificar las playas en los meses de verano, enormes colonias de apartamentos baratos que ayudaran a castigar un litoral hoy absolutamente presionado por esa congestión estival derivada del simpático hecho de que las masas obreras y proletarias tuvieran su raquítico apartamento en la playa, y de paso que los cuatro amigotes del régimen, constructores de ocasión, se pusieran de grana y oro con el negociete, y de paso que el turismo español se fuera a tomar por culo.
Vamos a ser serios. Ustedes se imaginan a un turista con parné paseando por la calle Ancha de Punta Umbría a las nueve de la noche un saturday de agosto. O piensan que es posible que un guiri con yate de cuarenta metros aparezca por Islantilla a merendar y luego se suba al hoyo seis para patear viendo ondear las bragas colorás de la señora del apartamento de enfrente. Ustedes piensan que el modelo turístico del castigado y ya irrecuperable litoral onubense es el adecuado, o es fruto del ansia especuladora, del ganar a mansalva arramplando con todo lo arramplable, hasta el punto de convertir esto que era un diamante en bruto, en un erial poblado de apartamentos de dos habitaciones con trastero y aseo, caluroso e inhabitable en el que ahora campean cartelitos de se vende o se alquila con más moral que el Alcoyano.
Turismo interior, le llaman ahora a este deambular veraniego de las masas obreras y proletarias. Turismo interior a este modelo fundamentado en la práctica ausencia de salud mental, a esta catástrofe que sólo tiene un destino y además inevitable, ver como los negocios que allí se instalan siguen el mismo derrotero que les marcó el demagogo socialista mentado supra: la playa es para todos y al que no le guste, que no vaya. Y así, es. Aquellos que no gustan de hacer turismo en esta cataplasma calurosa y cara, se va tan campante a otros destinos más inteligentes, con el mismo calor y las mismas olitas, pero más barato y más competitivo, más cuidado y más limpio.
Antes, los proletarios, cuando queríamos, íbamos a la playa. Ahora, no. Ahora te cierran las posilibidades de irte al Cruce, a La Bota, a darte un chapuzón, negándote la posibilidad de aparcar o cobrándote un dineral por dejar el coche aparcado un rato donde hay aparcamientos, como en el asombroso caso de la Cuesta de Maneli. El caso es que o te compras un apartamento proletario construido por los amigos del lerenda, por quienes le dan palmaditas en la espalda o lo que no sea, con dos dormitorios y todo el calor del mundo, o te jodes y te quedas en tu casa, porque siempre ha habido clases y los proletarios no son todos igual de proletarios, los hay normales y corrientes, como usted o como yo, y tontos del haba capaces de dejarse engatusar por este socialismo de listos que se ha cargado el litoral onubense, hurtando de este modo y de paso una posilidad más de progreso para esta tierra.
Nos quedará el Polo Químico y Básico, la basura contaminante y cuatro jornales de mierda, y poco más. A eso nos han condenado. Desarrollo cero y turismo menos cero. Y lo malo es que en tiempos lo advertimos, aunque sólo consiguiéramos que nos condenaran al silencio y nos persiguieran como si fuéramos monstruos. Serán cabrones… Y todo para esto. Para esto que han conseguiro y esto que es lo que lo que hay. Playa para todos, nos decían. Y al final, playa para nadie. Que el asunto, listos más que listos, no era tener derecho a veranear en un apartamento de mierda, sino de construir un sector que habría traído riqueza, empleo y dineros para todos. Incluso para los proletarios a los que estos sinvergüenzas condenan hoy al paro o al empleo de peor calidad. Así que al final, hijos míos de mi alma, con la que habéis líado, que vaya, vaya, aquí lo que hay es mucho cemento y mucha cara, cara también de cemento pero armado. Lo que no hay, miren ustedes por donde, vaya, vaya, es playa, una puñetera playa como Dios y el sentido común, mandan.