Crítica de teatro
TEMPORADA DEL GRAN TEATRO: Llama un inspector
Un matrimonio bien avenido
LLAMA UN INSPECTOR de J. B. Priestley, versión de Juan Altamira. Dirección: Román Calleja. Escenografía: John Burton. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Vestuario: Javier Antiñano / León Revuelta. Intérpretes: José Luís Pellicena, Paco Valladares, Concha Cuetos, Iván Gisbert, Lola Manzanares, Guillermo Muñoz e Isidro Cárceles.
Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (Lleno) Fecha: 7 de noviembre, 2008.
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Hay un par de detalles que nos pueden ayudar a establecer o definir si al público gustó o dejó de gustar la representación que de la conocida obra de Priestley hicieron en Huelva Pellicena, Cuetos, Valladares y compañía. Los detalles a los que haremos referencia son el silencio y la duración de la obra. O por mejor decir, la percepción que de la duración de la obra tiene el respetable. También la quietud, no se movía nadie de sus asientos, puede ayudar a entender por qué razón la obra gustó pero sobre todo cautivó.
El silencio, que medía la tensión que los actores logran construir y alcanzar durante la función, se oía con absoluta nitidez. Hubo momentos, cuando los personajes, ubicados perfectamente sobre el escenario, con muy buenos movimientos y muy metidos en el papel, en que se te metía un pitido en la oreja que te anunciaba que algo iba a suceder. Y todo esto en una obra tan previsible y mitinera como la de este inglés que siguió la tradición británica de adorar al comunismo hasta el punto de que la obra fue a estrenarse y por partida doble en el Moscú mártir y ascendido a los cielos de 1945. Los británicos siempre tan tradicionales y los moscovitas siempre tan santurrones. Contrastes y sentido el humor que, al fin y al cabo, tiene el nuestro existir.
Y además del silencio, el tiempo. Priestley supo manejar los tiempos como nadie, por eso no es demasiado extraño que la obra se te pase volando, quiere decirse que la casi hora y media de representación se te queda en poco más de un cuarto de hora. Eso, indudablemente, es un acierto del autor, pero también de la dirección de la propia obra y fundamentalmente de los actores. Mas por ahí, habría mucha tela que cortar.
El matrimonio Birling nunca pudo estar mejor avenido que con la señora Concha Cuetos y el incombustible galán Paco Valladares sobre el escenario, enmarcados en un decorado de impresión. Alrededor del matrimonio, una trama que se deja llevar y unos actores que tienen sus momentos, unos mejores y otros peores, y algún problema de intensidad en la voz, como los de Lola Manzanares. Pero estupendos también en el cómputo final. En la mitad de todo esto, árbitro impasible, José Luís Pellicena. Dominando la escena y la acción, obviamente y siguiendo el guión, no está el actor principal – y que conste que Pellicena borda su papel, sino ese matrimonio bien avenido que tiene en la naturalidad, en el saber hacer, méritos y experiencia sobrada para cautivar al espectador. La fórmula, desde luego y desde Chéjov para acá, no falla.
Convincentes, medidos, sabiendo medir los tiempos – los tiempos del maestro Priestley, además, que tanto se preocupó de ellos – y con una precisión en los diálogos verdaderamente sorprendentes, Cuetos y Valladares nos demuestran una vez más por qué razón acumulan unas carreras brillantes y sólidas como pocas. Actores, cómicos de una legua interminable que nos hacen soñar e introducirnos en todas y cada una de las historias que nos cuentan. Este último fin de semana y con el teatro a rebosar en las dos funciones, nos hicieron cómplices de un asesinato por omisión de socorro en el que todos salimos con una dura condena moral.
El Mundo - Huelva Noticias, 9 de noviembre, 2008