Sunday, May 24, 2009

Crítica teatral: La curva de la felicidad

Una teleserie enriquecida


LA CURVA DE LA FELICIDAD, de Eduardo Galán y Pedro Gómez, Dirección: Celso Cleto. Escenografía: Celso Cleto. Iluminación: Francisco Ruiz Ariza. Intérpretes: Pablo Carbonell, Antonio Vico, Josu Ormaetxe y Jesús Cisneros.

Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (Lleno) Fecha: 23 de mayo, 2009.

(**)

 

Bernardo Romero

Huelva

Lleva cinco años dando vueltas y con varios actores encabezando el cartel. De ellos, dos, Pedro Reyes y Pablo Carbonell, han sido capaces de tomar esta comedia blanca y al menos enriquecer los diálogos para hacer algo más digerible el resultado. Los autores deberán de estar dichosos y felices, pues al ex torero muerto lo dejaron en un desierto y acabó encontrando petróleo.

Cierto es que Pablo Carbonell, como si hubiera llegado la obra con otro onubense de la diáspora, Pedro Reyes, principiando el atractivo cartel, tenía claro que jugaba en casa. El público por aquí le quiere, como hemos comprobado en más de una ocasión, pues no son extrañas las vueltas del antiguo miembro del consejo de redacción y editorial de El Pelotazo (órgano oficial del movimiento richardperixta) a la que durante bastantes y movidos años fuera su casa, y ello exclusivamente gracias a los festivales de cine, que conste. Pero además de una demostración de amor hacia este personaje que ha hecho del antihéroe eternamente perdedor, simpático, natural y en el fondo feliz, toda una marca de la casa, la comedia se dejaba querer. Eso sí, ampliada y corregida por el hacer de quienes formaron un dúo, Pedro y Pablo, absolutamente prodigioso en unos años ochenta que les vieron partir ya definitivamente de su ciudad, Huelva. Geniales. Tanto, que así les fue. Divinamente. En la cresta de la ola están y en ella se mantienen desde hace años, eternamente jóvenes, demostrando un dominio de la tabla de surf que les hace cabalgar sobre la mar salada con sobrado arte y profesionalidad.

En esta comedia de situación, desde luego, Pablo Carbonell se mueve como Pedro por su casa, y cuando quiere se hace unas empanadas de morcilla absolutamente geniales. El público lo nota y, en consecuencia, se lo agradece. Miel sobre hojuelas. Cierto es también que en algunas ocasiones, y no pocas, el texto muestra ciertas debilidades que le llevan a un resultado poco creíble, sobre todo cuando se empeñan en definir lo que ya está viendo el público, que se supone no debe ser obligatoriamente tonto; aunque habrá de todo, como en la viña del Señor. Explicar lo obvio, dar cuenta de la razón del hilo argumental olvidando, aunque sea por unos instantes, que el público está metido en la historia, que la conoce y entiende por tanto, no debería formar parte ni del guión ni debería saltar por encima del sentido común del director. Una cosa es que los guionistas, o autores del texto pero más bien guionistas de este telecapítulo, necesiten autoafirmarse en lo que están escribiendo, y otra muy distinta que eso se deba conservar en cada una de las representaciones que se han llevado a cabo en los últimos cinco años.

La historia de “La curva de la felicidad”, por trivial y hasta por cotidiana, se sigue con absoluta normalidad, obviamente sin excesivo esfuerzo. Pero los actores, con Pablo Carbonell como cabeza (y no sólo barriga) evidente del reparto, incluso siguiendo el texto, son capaces de sobreponerse y dar todo un recital de lo que es interpretar y disfrutar en el envite. Que hay momentos en que no se sabe quién lo está pasando mejor, si el público o los actores. Y eso, quiérase o no, se agradece muy mucho. Eso, simplemente, te hace ver que estás viendo y disfrutando de una obra de teatro. Luego, podrá ser mejor o peor, más compleja o menos compleja, más rica en los textos o más simple que un búcaro, pero teatro, lo que se dice teatro, lo es. Y se disfruta con estos excelentes teatreros. Disfrutaron ellos y disfrutamos los demás. Nos reímos. Eso, al menos, es lo que nos queda.
Publicado en El Mundo - Huelva Noticias (25.05.09)

Posted by Bernardo Romero at 20:53:30 | Permalink | No Comments »

Saturday, March 21, 2009

Crítica teatral. Alterio y Sacristán recorren un escenario


La vida en un gag

DOS MENOS, de Samuel Benchentrit, versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Dirección: Oscar Martínez. Escenografía: Emilio Valenzuela, adaptada de una idea original de Alberto Negrín  Vestuario: Sofía di Nunzio. Iluminación: José Manuel Guerra. Sonido: Virginia Martínez Lastra y Ernesto Candenas. Intérpretes: Héctor Alterio, Pepe Sacristán, Cecilia Solaguren y Nicolás Vega.

Escenario: Palacio de Congresos. Casa Colón. Aforo: 900 personas (Lleno) Fecha: 20 de marzo, 2009.

(****)

 

Bernardo Romero

Huelva

A priori podría parecer cosa fácil pronosticar cómo se va a desarrollar una función de teatro si el afiche de la obra está tintado con dos nombres idolatrados por la crítica y, lo que es más complejo o complicado aún, por el gran público. Podríamos decir que sí, que va a ser todo un acontecimiento, pero resta ver a los dos genios sobre las tablas, verlos encontrarse y desencontrarse, jugar con los gestos, buscarse y esconderse con las miradas, hacer ese teatro que soñó o más bien previó el gran Chejov, que también tiene su homenaje en el texto original de Samuel Benchentrit. Hacer teatro, queremos decir, interpretar, de la manera más natural posible. Y ahí, este par de dos, lo bordan. Actúan como el que está tomando un café, como usted que ahora mismo lee el periódico, sin que se note que están actuando. Naturalidad, o algo más allá de la naturalidad, sencillez. Y téngase en cuenta que a la sencillez sólo llegan los grandes, los que tienen madera de actor. Estos que tienen el maderamen cristalizado, ya me dirán ustedes como se merendaron el escenario el viernes, en un tour imposible que te lo van poniendo delante de las narices y eres capaz hasta de olerlo.

En la road movie que se montan dos ancianotes condenados a muerte por mor de ciertas metástasis y otros topónimos de la sierra y el mar, están implicados otros sujetos, no crean. Alterio y Sacristán, no están solos. Es evidente que hay una dirección de actores detrás, por mucho que nos inclinemos a pensar que estos ya no necesitan dirección alguna. Pero sí, hay dirección y certera, como también tienen un apoyo indescriptible en el escenario, en el diseño de tanto truco fino, de tanto concepto en tan poco elemento. Ya lo ven, naturalismo y conceptualismo juntitos y sin pelearse. Qué cosas tiene el teatro. Y si la escenografía es un elogio a la inteligencia y al buen gusto, el vestuario no se le queda atrás, quede para la memoria el terno del ahogado, o del suicida frustrado, un Nicolás Vega en el que nos querríamos parar un rato y precisamente en esta escena del suicida, del ahogado que surge del fondo oscuro y helado del lago. Perfecto, tremendo en cada uno de sus más mínimos movimientos, de su tono de voz, de su ritmo perfectamente ordenado en sus silencios, tanto como impecable en cada uno de los jirones de su chaleco, o en ese pelo encrespado, pelo de eso, de ahogado. Qué perfección. Teatro.

Están bien acompañados Alterio y Sacristán o Sacristán y Alterio, y eso nos debería haber ahorrado tanto preámbulo. Tampoco iban ellos a necesitar ahora a críticos de provincias que les descubran, qué barbaridad, por lo cual podríamos y deberíamos habernos ahorrado unas líneas antes, para dedicarlas a dos secundarios que demuestran que sobre un escenario no hay segundos planos que valgan.

Nicolás Vega en todos y cada uno de sus papeles, e igualmente Cecilia Solaguren, creíble como el anterior, actriz, bordando y rizando el rizo, hasta en la escena final del Tío Vania que sirve a los veteranos protagonistas para escapar por un momento del intenso tour que realizan sin descanso alguno por el escenario para recorrer el patio de butacas sin que se diera cuenta el acomodador. Dos actores excelentes estos que venían de acompañantes, pero que resulta que multiplican su exquisita labor de actuantes sin fisuras para permitir que dos grandes, dos tremendos actores se puedan empeñar a fondo en contarnos lo compleja que es la vida encerrándola en un gag.

publicado en El Mundo - Huelva Noticias (22 de marzo, 2009) 

 

Posted by Bernardo Romero at 23:15:28 | Permalink | Comments (1) »

Sunday, March 8, 2009

Temporada del Gran Teatro. Crítica teatral

El arte de la relajación

BUSCANDO A HILARY, de Elise Varela, traducida y adaptada por Paloma López Vázquez, Dirección: Esteve Ferrer. Escenografía: Ana Garay. Vestuario: Eduardo Acedo. Iluminación: Juanjo Llorens. Intérpretes: Blanca Marsillach, Fran Sariego y Miguel Foronda.

Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (casi lleno) Fecha: 6 de marzo, 2009.

(*)

 

Vuelve la programación de temporada al Gran Teatro, después del lapsus vacacional primero y carnavalero después. Vuelve un Gran Teatro multifuncional y tenemos noticia de que en la ría habrá una nueva catedral. Estupendo. Las cosas de Huelva, qué se le va a hacer. Luego habrá que echar mano del palacio de congresos, que es eso, un palacio de congresos, para dar cobijo a espectáculos que necesitan grandes escenarios, o no tan grandes. Mientras tanto, en el coqueto coliseo de la calle Vázquez López se hace necesario reducir y adaptar decorados en una sí y en la otra también, en prácticamente todas las representaciones de la temporada. Las cosas de Huelva, ya les digo.

Pero deberíamos hablar de la obra elegida para abrir la temporada primaveral. Blanca Marsillach, de nuevo. La actriz empeñada en campear escenarios volvió con una crisis de ansiedad. Esta vez no sólo en los modos, sino también en la trama argumental, si es que la había, que esa es otra.

La actriz y empresaria recorrió con su acostumbrada rapidez el pequeño tablao onubense. De aquí para allá, con buenos movimientos, es cierto, pero con las prisas propias de quién pierde el autobús. Precipitada, que es su manera de actuar y ya no lo diremos más, pues debe ser marca de la casa, estilo propio que es menester respetar. Claudicamos.

A su lado Fran Sariego y Miguel Foronda tratan de poner algo de tranquilidad en el escenario. Sariego lo consigue, aun teniendo un papel que necesita la ansiedad que le sobra a la otra. Miguel Foronda tiene los textos más afortunados, y los clava, de este comecocos que es “Buscando a Hilary”, una especie no se sabe bien si de drama, de comedia o de tragedia para el espectador, que es el que termina pagándolo.

Cuenta la obra de Elise Varela un tópico dislate neoyorkino que creíamos pasado de moda, pero no. Freud vive, como lo oyen. Así que para quién pensara que el mundo volvía a la normalidad tras la fiebre psiquiátrica de los ochenta, nada de nada, monada. Todavía andamos por ahí. Nueva York tumbada en un diván. Jartible, que dirían en Cai. Y el espectador, impasible, sentadito delante del diván. Oyendo los traumas y pesares de una bonita cuarentona sin poder participar, sin poder decirle hija mía de mi alma, tranquilízate un poco y disfruta de la vida. Relájate.

La obra, el texto, transita por unas circunstancias que aburren al más arriesgado profesional de la psiquiatría. Mal encajada, con largas escenas que se podrían haber obviado.  Y así, de escena en escena, fue pasando el rato, adobado con momentos de chiste grueso que se agradecían sobremanera: Cristo, su vida y circunstancias, como recurso para hacer reír, no estuvo mal; eso que tenemos ganado los de la cultura judeocristiana. Lo de la madre Teresa de Calcuta, una amiga de Lady Di, tampoco estuvo mal. La parca podría haber aparcado en otro lugar, sobre todo en un final, asombrosamente confuso después de hora y media de confusión, que ya les vale. Foronda y Sariego, intentaron salvar la obra y eso se agradece.
La Marsillach tiene  incluso momentos brillantes, sobre todo cuando olvida que está trabajando, cuando se relaja queremos decir. Entonces resulta bastante creíble y hasta buena actriz. Lo que son las cosas.
publicado en El Mundo - Huelva Noticias. 8 de marzo. 2009

Posted by Bernardo Romero at 20:39:15 | Permalink | Comments (1) »

Friday, November 23, 2007

Críticas de cine (y3)

LUZ SILENCIOSA. Dirección y guión: Carlos Reygadas. Montaje: Natalia López. Fotografía: Alexis Zabé. Sonido: Raúl Locatelli. Dirección artística: Nohemí González. Principales actores: Cornelio Wall Fehr, Miriam Toews, María Pankratz, Peter Wall…
México / Francia / Holanda, 2007. 142’
Carlos Reygadas nos hace volver a disfrutar del cine como pura obra de arte que debería ser
Una meticulosa construcción, plena de sensibilidad y hermosura en cada uno de sus fotogramas. Una película para la historia
BERNARDO ROMERO
HUELVA.- Transcribo una anotación apresurada en mi blog tras ver “Luz silenciosa”. El texto titulado “Una película para la historia (aviso urgente)”, es el que sigue:
Para los que estáis en Huelva: no os podéis perder “Luz silenciosa”, la última de Reygadas, una película que está llamada a ser de las mejores de la historia del cine. Impresionante, maravillosa, pura sensibilidad y puro arte cinematográfico. No tiene absolutamente nada que ver con el resto de las películas a concurso, está en otro nivel, en las alturas o en los cielos que nos enseñaron a ver los paisajistas holandeses del XVII. No me puedo creer aún que películas de esta categoría artística se presenten a concursos de festivales de cine. Esto es de otra galaxia. La ponen hoy, viernes 23 de noviembre, a las diez y media en el Gran Teatro. No os la podéis perder. Los que vivís fuera de Huelva, probablemente la podáis ver. Recordad el título: Luz silenciosa. Dura dos horas y pico, y además no es, obviamente, para todos los públicos, sino para una minoría con suficientes fundamentos, sensibilidad y conocimientos no ya cinematográficos o pictóricos, sino filosóficos. Es una auténtica obra de arte… En fin, no tiene los parámetros necesarios para que se comercialice y distribuya adecuadamente, pero si la veis en la cartelera, no lo dudéis. Es para verla más de una vez. Y además, esta es para verla en una pantalla de cine. Es cine, comprendéis, es CINE. Disfrutadla”.
Ahora, ya más tranquilo, quiero añadir que la película es también una exposición de paisajes fotografiados por una persona de extrema sensibilidad y extraordinario sentido plástico. Ruysdael, sigue entre nosotros, como demuestra esta pintura de Carlos Reygadas, un realizador que medita y trabaja hasta el final cada una de sus realizaciones. De hecho, tras Japón (2002) y Batalla en el cielo (2005) esta es su tercera película, una deliciosa cinta, sublime y esperanzadora, para verificar que al cine se le puede llamar séptimo ARTE.
Ganó el premio especial del jurado en Cannes y con toda seguridad se va a convertir en una película de culto. Por el contrario será complicado ver esta maravilla en las salas comerciales, conociendo como conocemos el sector: exhibidores y distribuidoras, más pendiente del número de espectadores o del metraje, que de ofrecer cine en estado puro. Qué se le va a hacer, si el mundo funciona así. Pero, afortunadamente, existen cineastas por el mundo capaces de hacernos la vida más agradable y enseñarnos la realidad, a través de una mirada atenta y sensible.
Debería avisarles del sonido directo, cuidado hasta el último decibelio, o de la formidable dirección de actores, todos aficionados y a la vez personajes de esa comunidad de holandeses en Chihuahua que con tanto mimo ha descrito Reygadas en su impagable obra de arte. También es obligado mencionar el tiempo, el ritmo absolutamente preciso, lento hasta el éxtasis, de una película tan perfecta y hermosamente construida. Y los silencios. De la fotografía, ya les hable. Si se la cruzan en la cartelera, no lo duden. Disfruten, que “Luz silenciosa” es CINE.



POSTALES DE LENINGRADO. Dirección y guión: Mariana Rondón. Montaje: Marite Ugas. Fotografía: Micaela Cajahuaringa. Música: Felipe Pérez Santiago y Camilo Froideval. Sonido: Lena Esquenazi y Rosa María Oliart. Dirección artística: Matías Tikas. Principales actores: Laureano Olivares, Greisy Menas y William Cifuentes.
Venezuela / Perú, 2007. 85’
Confusa en la realización, simple las más de las veces y sobre todo predecible
Desde Joselito para acá, el cine tiene más recursos que utilizar la ternura infantil en situaciones de adultos
BERNARDO ROMERO
HUELVA.- Hay una frase que quizás sea lo más brillante de toda la película. Un anciano observa como un grupo de niños juega a ser soldados. Abre la boca asustado y les advierte: “¡Niños, no jueguen a eso que los militares nunca piensan!”. La película, además de eso, tampoco es que cuente mucho. Más bien lo de siempre, los guerrilleros hacen de buenos de la película, con sus ametralladoras y sus cartucheras, con sus puñales y su disciplina. Y los militares son los malos de la película, con sus ametralladoras y sus cartucheras, con sus puñales y su disciplina. Lo de siempre, vamos.
Militares contra militares. Dictadores contra aspirantes a dictadores. El final de la historia, que no de la película, es consecuentemente el de un militarote chulito e intransigente, poco conversador y muy hablador, salvando el mundo desde la sede del gobierno venezolano. Qué tristeza.
“Postales de Leningrado”, relata de manera poco convincente las vicisitudes de un grupo guerrillero desde la mirada tierna, inocua y perdida de un tierno infante. A su alrededor y de forma casi paralela, la policía secreta, uniformada de policía secreta, y los brutales militares, como no podía ser de otra manera – cosí fan tutte -, acosan la vida bucólica de los guerrilleros, jóvenes y en edad de merecer que terminan metiéndose en los problemas habituales de los jóvenes en edad de merecer, quiere decirse embarazos no deseados y la boca del lobo, por este orden.
El niño relator no sólo cuenta sus sensaciones, plenas de lucidez, sino que elabora complejas teorías sobre la vida y la muerte, sobre qué hacer (Lenin, obras completas) o si esto o aquello (Kierkegaard). Todo se completa con la cámara al hombro más de lo que se hubiera podido desear, y con un perderse en la noche de los tiempos absoluta y políticamente correcto para los tiempos que se viven en la Venezuela bolivariana, salvada del demonio capitalista por su señoría Hugo Chávez, un elemento al que, como a todos los tontos, es mejor darle la razón y dejarlo que hable todo lo que le de la gana. Y más, si fuera menester.
Algunos recursos, como el dibujo añadido a la filmina según los modernos avances telemáticos, no dan frescura a la película, sino que la infantilizan aún más. Que ya es difícil. Anunciada como ganadora de algunos premios en festivales americanos, “Postales de Leningrado” tendrá suficiente con que se pasee a sus anchas por un país vuelto del revés por la oposición a las paranoias de su iluminado presidente y en especial al dislate del militarote de aniquilar los valores de la Carta Magna venezolana.
Haciendo un repaso a los miembros del jurado, esta película a lo mejor hasta se lleva su premiecito y todo. Peores cosas se han visto por esos jurados de aquí o de allá.

Posted by Bernardo Romero at 19:33:59 | Permalink | No Comments »

Wednesday, November 21, 2007

Críticas cine (1)

O ANO EM QUE MEUS PAIS SAÍRAM DE FERÍAS. Dirección: Cao Hamburger. Guión : Claudio Galperín, Braulio Mantovani, Anna Muyfaert y Cao Hamburger. Montaje : Daniel Rezende. Fotografía: Adriano Goldman. Música: Beto Villares. Sonido: Romeo Quinto. Dirección artística: Casio Amarante. Principales actores: Michel Joelsas, Germano Haiut, Caio Blat, Daniela Piepzsyk, Simona Spoladore, Eduardo Moreira, Liliana Castro y Rodrigo dos Santos.
Brasil, 2006. 105’
Una reposada mirada al pasado para ver las dos caras de la realidad
Bien construida y con un hermoso ritmo pausado que obliga un guión tierno y duro a la vez
BERNARDO ROMERO
HUELVA.- Veinte años de dictadura y más o menos los mismos desde que los brasileños enterraran al fin un tiempo en el que el horror lo borró todo. Fue en las primeras elecciones democráticas desde que los militares impusieran su ley en un cruento golpe de estado. Con él se abría paso una de las represiones más duras e infames de la historia contemporánea. Miles de muertos y de desaparecidos, torturas, violaciones, arbitrariedades y abusos que intentaron ser oscurecidos con la pasión que más une a todos los brasileños, el fútbol.
En 1970, un niño de doce años, Mauro, es dejado a las puertas de la casa de su abuelo por sus padres, que huyen de la dictadura militar. La fatalidad hace que el abuelo muera horas antes de la llegada del pequeño, que se encuentra en una gran ciudad lejos de su Belo Horizonte natal. La comunidad judía a la que pertenecía el abuelo fallecido, lo acoge y protege mientras el chaval espera que sus padres vuelvan de “vacaciones”. A partir de ahí, dos retratos muy bien dibujados, uno el de un barrio que, como todo Brasil, está entusiasmado por la marcha del Brasil de Tostao, Gerson, Jair o Pelé en el Mundial que se celebró en México durante el verano de 1970. El otro la dura realidad que se trata de esconder al pueblo, la represión militar. Si las pinceladas del primer retrato componen imágenes pintorescas y, como no podía ser de otra manera, hilarantes, el otro está cargado de una tensión y un dramatismo que el director resuelve con un intimismo pleno de emoción.
A ello contribuye, y de qué manera, la pose fresca de Michel Joelsas, el niño actor que da vida a este Mauro que nos ayuda a recorrer esos turbulentos años, pero sobre todo, esa innegable realidad que supone ver al pueblo llano discutiendo sobre la posibilidad de que jueguen juntos Tostao y Pelé, mientras las élites intelectuales son perseguidas y aniquiladas por la despiadada tortura militar.
Estupendamente rodada, de muy buena factura y con un ritmo excelente, no sólo en lo que concierne al tempo, algo absolutamente fundamental en una película, sino en el color y hasta en el movimiento de la cámara, sobre todo en los primeros planos que muestra, de una manera limpia, la tristeza y el abandono de este pequeño Moisés salvado de las aguas por Shlomo, el vecino de su abuelo muerto. Y aquí, otra gran interpretación, la de Germano Haiut.
La película es además, o cuenta además, muchas otras cosas. Trata de la amistad y de la solidaridad verdadera entre la gente llana, entre los miembros de esa comunidad que asisten impasible a una redada en un centro universitario y que sufre en silencio, a pesar de los pesares, sufre, una situación dominada por el miedo.
“El año que mis padres se fueron de vacaciones”, levantó los primeros aplausos, al menos en el pase de prensa, con la sala prácticamente llena. Algo similar le ocurrió en la Berlinale , donde la película no dejó impasibles a los asistentes al pase de prensa en el que, curiosamente, también recibió los primeros aplausos. El Colón de Oro, recibe ya a su primer candidato firme.

SATANÁS. Dirección y guión: Andrés Baiz. Montaje: Alberto del Toro. Fotografía: Mauricio Vidal. Música: Ángelo Milli. Sonido: Andrés Franco. Dirección artística: Juan Carlos Acevedo. Principales actores: Damián Alcázar, Marcela Mar y Blas Jaramillo.
Colombia, 2007. 95’
Una película de acción, suspense y tensión rodada al gusto norteamericano
Tres historias distintas para un único final que muestra la inutilidad de buena parte del metraje
BERNARDO ROMERO
HUELVA.- Sería muy difícil encontrar un personaje de ficción con más tirón que el mismísimo diablo. Ocurre con la literatura, o con la música, y por supuesto con el cine.
Satanás, el Innombrable, ha tenido y tiene su lógico y normal gancho y hasta una buena legión de seguidores que se apuntan a todo lo que suene a inexplicable y terrorífico. Pedro Botero, la verdad, es que vende.
En este “Satanás” de Andrés Baiz, el diablo hace de las suyas en las mentes perturbadas o atormentadas de algunos de los personajes centrales de la película. Dos de ellos, cuentan su historia al tiempo que se desarrolla la acción, pero lo malo es que el espectador piensa que esas historias forman parte de la trama, pero al final, pues no. Son meros exornos que después se irán a encontrar con la historia realmente central, pero por pura casualidad. Esto será en un final que deja mucho que desear y que limita el resultado a lo que en realidad es, una película negra rodada al gusto norteamericano.
La construcción de la cinta, también. Todas y cada una de las escenas están realizadas con suma sapiencia y exacta ortodoxia a un tiempo. Se le nota al director una formación más cercana a los grandes estudios hollywoodienses que a otras cinematografías más cercanas en cuanto al factor geográfico, pero mucho más distantes en lo que a producción y distribución se refiere. Pondremos por ejemplo a México, o a lo que fue México, por mejor decir. Un país que coproduce este “Satanás” sometido al Imperio. Qué se le va a hacer, los santísimos Estados Unidos de Norteamérica, nos quedan a todos, para qué nos vamos a engañar, mucho más cerca. Ajo y agua. Bendita, por supuesto.
La película de Andrés Baiz mantiene la tensión hasta la última secuencia, por mucho que nos podamos quejar luego de que hay dos historias que no sirven apenas para la trama general. Bueno, dos historias y otra más, secundaria en una de las otras dos y casi inútiles historias referidas, pero que sirve para mostrar al Diablo de cuerpo entero, en una posesión que micciona en el calabozo al que le lleva su terrible locura y limpiándose el papo con ya se pueden imaginar ustedes que tipo de finísimo papel.
Es de destacar la buena dirección, el perfecto montaje y una muy buena banda sonora. Todo eso se une al pulso que el director mantiene con el espectador, expectante como es su propia condición y, lo que es peor, anhelante de un final que ya les decía que viene a ser demasiado simple y predecible, por expreso deseo del guión. Ciertamente decepcionante al final. Los americanos, que han comprado la película para hacer su propia versión, seguro que le sacan más partido. Esta otra, seguro que la vemos en las salas comerciales españolas y latinoamericanas. Tiempo al tiempo.

El Mundo - Huelva Noticias. 22 de noviembre, 2007

Posted by Bernardo Romero at 23:54:56 | Permalink | No Comments »