Hace 10 años ya desde que se produjo el desastre ecológico de Aznalcóllar; ese que encendió todas las alarmas porque, más abajo, estaba Doñana. El paraíso cercado.
También hace cuarenta años ahora que las fábricas nos expulsaron de los baños de la ría, de la sal y la brea de una ciudad que sólo pretendía vivir alegremente asomada a su mar. Aznalcóllar, doscientos millones de euros y diez años después, luce un bosque galería alrededor del Guadiamar que ni entonces podía siquiera soñar que pudiera llegar a disfrutar. Doñana respira tranquila. Hay presupuestos, dineros para que los patos en el agua sigan meneando su colita y se digan unos a otros ¡Ay, qué agua tan fresquita!
Más acá, en los paisajes negros generados por una actividad fabril fuera de toda lógica, la cosa sigue igual, o peor, apuntalada ahora por una Junta de Andalucía empeñada en que Huelva, tal como aseguró una consejera de Medio Ambiente cuyo nombre querríamos olvidar, mire hacia otro lado. También lo dijo un dirigente del régimen anterior, que aseguró que las fábricas de la Punta del Sebo estaban bien ubicadas, y que quienes deberían marcharse eran los onubenses. Era la ciudad, entonces como ahora, la que sobra. Cuanta maldad.
Allí en Aznalcóllar, aguas arriba de Doñana queremos decir, todo ha reverdecido. Del lodazal infame se ha pasado a una postal de paraje natural. Da gusto ver correr el río por donde antes no había sino lodos contaminados que ahora tenemos guardados, escondidos, en otro lugar. Aquí por ejemplo.
Apenas quedan en el Guadiamar los residuos que arrastra, imperceptibles pero ciertos, procedentes de la escombrera de la mina abandonada. Pero no importa, simplemente no se ha conectado el corredor del río con el Coto del Rey en Doñana. Problema solucionado. Doñana respira. El espacio natural ubicado en la desembocadura de un río, cosa complicada esa, el final de un embudo que recoge toda la mierda de un inmenso valle, puede al menos respirar. Otros, aquí en la margen izquierda del río Odiel y ya en su desembocadura, no respiramos tanto, las fumarolas sulfurosas siguen ahí, envenenándonos hasta el ánimo. En la margen derecha, las espátulas no hablan. Están mudas y felices, procrean a gusto entre el amoniaco y la urea. Se ve que no tienen nariz, solo picos aplastados. Espátulas. Protegidas espátulas, garzas y garcetas, flamencos y pato real. Y a nosotros, quién nos protege.
Unos y otros. Aquí nos conformaríamos simplemente con respirar. Como los patos de Doñana. Tener la certeza de que se respetarán los acuerdos de 1991, que toda esta pesadilla tendrá, como todo, su final. Allá, en Aznalcóllar y aguas abajo del Guadiamar, en Doñana, piden más. Mucho más.
ndan exigiendo ahora, diez años después y con el paisaje ya reconstruido, la restauración del complejo minero, el uso del agua del río Agrio exclusivamente para fines medioambientales, ampliar el corredor del Guadiamar, limitar los planes urbanísticos (que a estas alturas estarán ellos solitos limitados) y restaurar el sistema hídrico de Doñana. Muy bien. Pero ¿y nosotros?, nosotros qué.
Hace diez años, se deslizaron desde la brecha abierta en la balsa de residuos mineros hasta el río Guadiamar, seis millones de metros cúbicos de lodos contaminados que la empresa Boliden había almacenado de forma consciente hasta la saturación. Un desastre anunciado. Desde hace muchos años más, se filtran efluvios altamente contaminados desde las balsas de fosfoyesos hasta el mar, hasta esta ría que fue, hace cuarenta años, para nosotros el mar. Agua y sal, brisa y mar.
Otro desastre anunciado y visualizado. En los primeros días de mayo de 1998, las fotografías aéreas del río Guadiamar, asustaron a la opinión pública y encendieron todas las alarmas en el parlamento europeo. Peces muertos en las portadas de los periódicos que en la ría del Tinto, ni antes ni hoy, se pueden fotografiar: no hay vida, no hay peces vivos ni muertos que retratar. Hace diez años las aves acuáticas desaparecieron del Guadiamar. Cuántos años tendremos que esperar para que las garzas y las garcetas, los flamencos y las espátulas, vayan al río Tinto a anidar.
Hace diez años, cuando un vertido cien veces mayor que el del electoralista Prestige, inundó, sepultó, las riberas del Guadiamar, todos se pusieron manos a la obra. Había trabajo, mucho trabajo que hacer. También presupuestos. Hace cuarenta años que sufrimos una muerte sorda en la desembocadura del Tinto y el Odiel, pero para las autoridades simplemente es la ciudad la que se debería mover. Y eso es lo que poco a poco empieza a ocurrir, que la ciudad, esta nueva ciudad, afortunadamente se está empezando a mover. Todo tiene, debe tener, su fin.