Tuesday, August 5, 2008

Esto de las Colombinas

Podríamos principiar recordando que las Fiestas Colombinas se idearon en Huelva y por quienes entonces controlaban la economía y la política, por una clase dirigente trufada por la colonia extranjera dedicada entonces al comercio y a la minería fundamentalmente. El loado fin era el de celebrar o conmemorar el Descubrimiento de América.
También se podría ir advirtiendo de entrada que este hecho histórico, la incorporación nada menos que de un nuevo y extenso continente a la Historia de Occidente y, de paso, el paso de esa misma historia a la edad que se conoce como Moderna, es absolutamente trascendental y hasta entonces, poca o nada de atención se le había dedicado, bastando para ello recordar que el laboratorio donde se fraguó esta dichosa aventura de descubierta, el cenobio franciscano de La Rábida , no sólo mostraba un aspecto ruinoso, sino que era utilizado como majada o cobijo para el ganado lanar. Fue como saben, el gobernador Alonso, a quién Huelva dedicó la antigua Callejilla del Duende que hoy sirve para titular el espacio que en este diario comparto con amigos como el escritor almonteño Juan Villa, o la sagaz investigadora y, diga lo que diga, algo metidita en carnes, pedicura titulada Alicia Goles.
Con este que creo inútil preámbulo, se podría continuar estableciendo que a nivel científico y sobre todo desde que la Universidad de Huelva es una realidad en marcha, se trabaja y bien en lo que se refiere al estudio de aquél hecho histórico. También que desde la privilegiada tribuna que ocupa hoy un rector realmente magnífico e ilustre como don Francisco José Martínez, se ha alzado la voz para reclamar que Huelva y La Rábida sean foro de reuniones tan importantes y trascendentes como la Cumbre Iberoamericana. Los tiempos, como es natural, cambian, y Huelva con esta Universidad y con una  ciudadanía cada día más preparada y concienciada, pide o reclama ya en alta voz, ocupar el sitio que por historia le corresponde. Faltan en todo caso algunos flecos por recortar.
Le falta carácter, hoy día, a estas Fiestas Colombinas que se celebran desde hace más de un siglo con el objetivo, como se decía, de conmemorar el Descubrimiento de América. Eso y el indudable hecho de la participación de estas tierras, de sus gentes, en tamaña aventura, donde se mezcló la ciencia con el riesgo y evidentes aires románticos. Le falta carácter y deseo de vindicación, aunque pueda parecer esto cosa poco lógica conociendo como conocemos a esta provincia y a esta ciudad, a sus gentes y a sus circunstancias. De hecho no hace poco, se quiso cambiar el nombre de Fiestas, que implica la connotación de celebración, por el de Feria, que revela una tradición ferial que en esta ciudad tenía y tiene otra fecha concreta, la del 20 de agosto en que los onubenses rinden homenaje a su santo patrón Sebastián y lo hacen, o lo hacían, en el barrio y calle que llevaba a la ciudad camino de las huertas y sembrados que antecedieron desde los tiempos neolíticos a las populosas áreas residenciales que hoy dominan el norte de la ciudad. Siendo como era una ciudad portuaria, marinera, pero también agrícola, Huelva tenía su feria agrícola, la de San Sebastián. Esto de las Fiestas Colombinas es, y debe seguir siendo, una conmemoración de un hecho del que obviamente todos los onubenses nos sentimos orgullosos. Pero, insisto, le falta carácter a la fiesta.
Las cosas en todo caso han cambiado, y de aquellos fastos en los que se celebraban reuniones plenas de boato y esplendor efímero, pero más huecas que el ojo de Maillo; presididas por las máximas autoridades civiles y militares, por chaqués y chorreras en los uniformes, se ha pasado, aunque estas simplezas persistan, a serios estudios que se hacen en el silencio de los departamentos y las bibliotecas de la flamante Universidad onubense. Queda por lo tanto una sola cosa, la conexión popular.
El onubense debería ser consciente de que al ir a las Colombinas, para montarse en el tren de la Bruja o tomarse un ponche en la caseta del Calvario, está conmemorando el Descubrimiento de América. Sería cuestión de institucionalizar ciertas actuaciones que pusieran de relevancia este trascendental hecho histórico. Recordar el embarque de personas y enseres para tan largo viaje en el primer día de Colombinas, y la vuelta feliz, con la exótica compañía de productos del otro lado del mar desembarcando al pie de la portada de feria, sería no sólo un atractivo y un reclamo mediático para que estas fiestas se conocieran fuera de Huelva, sino insistir en el sentido primigenio de las mismas. Las Colombinas deben ser fiestas para presumir sin complejos de Historia y de carácter. Huelva, ya lo saben, está cambiando. Es el momento.

publicado en El Mundo - Huelva Noticias el 5 de agosto, 2008

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Saturday, August 2, 2008

Colombinas, ponche y toros

Como ya os he comunicado en mi blog de cocina, he estado nueve días sin ordenador y además ando un montón de liado con distintos asuntos, entre ellos realizar la contracrónica de las corridas de toros de la Feria de Colombinas. Estoy escribiendo directamente en la redacción del periódico, por lo cual no paso los artículos al blog, como es habitual. Así que hoy sólo os deseo que paséis unas buenas fiestas Colombinas y, para los que sean aficionados, que disfruten con los toros, que tienen este año un cartel entretenido y con las figuras más relevantes del escalafón, a excepción de don José Tomás, cuyo caché parece ser que lo han alejado del coso de La Merced. Él se lo pierde.
Ayer fue la corrida de rejones y resultó absolutamente espectácular. El portugués Diego Ventura cortó una oreja a su primero - y no dos, como mal escribí con las prisas en el periódico ayer - y dos en su segundo, saliendo a hombros por la puerta grande en compañía del triunfador de la tarde, Hermoso de Mendoza, que con cuatro orejas y un rabo se llevó el premio que merecen quienes se entregan y están, como está él, en otra galaxia distinta cuando de rejonear se trata, tanto en el concepto de la lidia, como en la habilidad y destreza, como en la doma exquisita de sus espléndidos caballos o en la plasticidad de un torero que sabe realizar las suertes al compás de la música. Ritmo, arte y exquisita composición en cada uno de sus lances, hicieron que la faena a sus dos toros, pero sobre todo el quinto, un cinqueño que fue el más lucido de una corrida que Luis Terrón presentó falta de fuerza y casta en esta primera de abono de la Feria de Colombinas.
Hoy, Enrique Ponce, El Cid y Cayetano. Ya os contaré y si no, compraros el periódico, que de algo tenemos que vivir los que nos ganamos el jornal con un teclado en las manos. Un abrazo.
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Saturday, August 4, 2007

FIESTAS EN HUELVA

Colombinas, paisaje, paisanajes y soviet

BERNARDO ROMERO

Son las Colombinas fiestas que discurren desde hace algo más de un siglo contra el tiempo y contra la lógica. También contra el calor. Si a finales del siglo XIX era absolutamente normal que tuviese sus parrandas y veladas la clase dirigente, los empresarios y los políticos, que en ese tiempo eran mucho más que ahora una misma cosa, ahora, una vez que el pueblo ha conquistado los mismos derechos, es igualmente normal que pretenda asumir esos fiestorros de antaño como propios.

La cosa es que todo se queda en eso, en una pura pretensión, porque de aquellas veladas cerradas, con abundancia de servicio y convenientemente apartadas del pueblo llano por una breve valla de madera y el respeto que, por aquél entonces, se le tenía a la autoridad, a la gente importante, ya nada queda. Las fiestas que la colonia extranjera instauró para celebrar el hecho colombino, la gesta del Almirante de la Mar Océana , debieron ser de aúpa. En los jardines del muelle, en un ambiente obviamente del máximo frescor estando como estaban justo en el muelle de Levante pero lejos de la lonja del pescado para evitar malos olores, la gente bien pasaba elegantes veladas entre finas vajillas y espléndida cristalería, magníficos menús y una forma de entender el “cup” que dieron en llamar ponche: vino, agua con gas, azúcar, canela y melocotón. Ya está.

En los recintos cerrados, había una pista de baile donde las niñas, monísimas y admirables en su educación, bailaban con apuestos caballeros que sin cumplir los veinte ya andaban avezados en las artes del amor y de la empresa. En su lugar se ubicaba la orquesta, que alguna de prestigio y hasta del otro lado del mar, se acercó a Huelva para amenizar y poner la nota musical a las fiestas de esta gente bien que se inventó las Colombinas para pasar las calurosas noches de una semana de verano. Luego estaban los otros, el pueblo, al que se permitía admirar los fuegos de artificio, asomarse a la vallita de madera para ver cómo se lo pasaban los antedichos e incluso beber en el búcaro del aguaor o comprar un trozo de turrón.

De aquellas fiestas exclusivas, adormecidas por el son cubano y las baladas de amor, se pasó al estruendo que hoy son las Colombinas, a ese incesante paseo de canis y de truchas que nadie puede siquiera tener la menor idea de dónde han podido salir en semejante cantidad, con tanto tatuaje y tanto piercing, con tanto andar vacilón y desafiante, con tanto grito y tanto malaje. En estas fiestas que se hacen como si fueran una feria, y tal como pasa en todas las ferias, el paisaje es de ruidos y luces de neón. El paisanaje, absolutamente demoledor.

Es el triunfo de la democracia, de las clases populares que durante años hubieron de conformarse con asomarse a la vallita de madera, a los encajes de las señoras y a los talles de fábula de las señoritas, a los caballeros y al son que bailaban todos ellos. Este es el triunfo de las masas contra el sosiego y el solaz de las élites empresariales que ostentaban sin rubor el poder político absoluto de esta ciudad. Ya, algo más de un siglo después, todo ha cambiado y los presupuestos municipales trabajan con encono para que continúe la fiesta, entre el fragor de los cacharritos y el sonido demencial de las casetas oscuras, donde se sumerge esa turbamulta de lumpem imposible de clasificar en los órdenes elementales de la hoy tan móvil estratificación social.

Hoy, la caseta municipal es una suerte de sala de exposiciones de lo que fuimos, y la clase asalariada se afana en imitar a sus patronos comiéndose un pollo en las casetas populares. Pero en un poco discreto lugar, una caseta viste las mesas de madera con manteles granates cubriendo otros de blanco hilo. A las sillas las han vestido de seda con un lacito azul, los camareros lucen pajarita negra y el personal que hoy gobierna, aunque con mucho menor poder económico que antañazo, luce sus mejores galas ante la mirada alucinada de los canis y de los truchas, de poligoneros llegados de todos lados. Incluso tienen una orquesta por aquello de guardar las formas, pero es innecesario, el fragor y el decibelio, absolutamente liberados tras caer los palacios de invierno, dominan un paisaje apocalíptico sobre el que el Ayuntamiento se empeña a diario en poner una corona de fuegos artificiales para santificar esta liturgia de la democracia nueva y popular. Desde luego, viendo todo esto, a uno sólo le entran ganas de beber vodka frío aromatizado con melocotón y canela, bajarse los pantalones y clamar a los vientos de Levante aquello de ¡Todo el poder a los soviets! ¡Viva la revolución proletaria!

El Mundo - Huelva Noticias. 5 de agosto, 2007

 

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