Thursday, January 8, 2009

Tintín, ochenta tacos; y yo cada vez menos

Este sábado cumple Tintín 80 años. Casi nada, ochenta años desde su primera aparición en público. A mi vida llegaron Tintín y Milú a principios de los sesenta. Los miércoles llegaban las historietas coleccionables de Tintín al kiosko de mi barrio, uno que desapareció hace por lo menos treinta años y que estaba justo enfrente del Colegio Menor de la calle Marchena Colombo, hoy albergue juvenil de la Junta. Eran carísimos, creo recordar que nada menos que siete pesetas, y lo recuerdo porque tenía que ahorrar toda la semana y prácticamente invertir toda mi paga semanal en aquellos coleccionables que esperaba con absoluta ansiedad. Después de Tintín, obviamente y ya en los años mozos, fueron llegando los Freak Brothers o el Corto Maltés, pero mis inicios en el mundo de las historietas fueron copados por este personaje de Hergué y por supuesto por El Príncipe Valiente, de Foster, que en España publicaba Burulán coloreados, en esos colores pastel que compartían las páginas admirablemente dibujadas por el belga.
Desde mi más tierna infancia mi casa fue un suministrador de libros de historietas y tebeos para todos mis amigos. Por supuesto que no me queda ni un sólo volumen de El Príncipe Valiente, y sólo algún ejemplar suelto de Tintín y Milú pero ya compradas las aventuras completas, en un sólo volúmen. Cuando sea mayor seguro que voy a tener dinero, así que me compraré de nuevo todos los volúmenes de El Príncipe Valiente, que los he visto en estos internetes a precios relativamente razonables, y volveré a acompañar a Val en sus correrías por la corte del rey Arturo. Ahora, precisamente, he descubierto “El rey del invierno”, de Bernard Cornwell, la primera parte de las aventuras de Arturo y sus cabelleros de la mesa redonda. Estoy disfrutando como un enano con Galahad, Lancelot, Nimué, Merlín, Morgana, Arturo, Ginebra y por supuesto con Derfel Cadarn, el fraile que fue antes cocinero, quiero decir guerrero y amigo de Arturo y Galahad, de Merlín y de Nimué. Cuando termine, buscaré los otros dos volúmenes, pero antes tengo preparadas nuevas aventuras de Sandokan, el tigre de Mompracen salgariano y algo de Robert Louis Stevenson… Me estoy haciendo viejo, y eso se nota, uno quiere irremediablemente volver a ser lo que fue y nunca quiso dejar de ser. Al menos estoy consiguiendo que la vida transcurra más lentamente, con otro tempo, como cuando era niño y las semanas se hacían interminables de miércoles a miércoles, esperando inevitablemente a que llegara la siguiente entrega de las aventuras de Tintín. A suivre…

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Friday, April 18, 2008

El pregón de la Feria del Libro

Autoridades, señoras y señores, queridos amigos… Buenos días.
Lo de buenos días es un decir, claro está. Hoy, mañana, y pasado mañana también vamos a tener agua. El lunes, parece ser que ya no, que podremos tener una feria del libro soleadita, como tienen que ser las ferias libreras aquí en el sur. Apetecibles. Disfrutar de eso de ir a la feria a buscar, a mirar y a comprar… un día especial, un día de fiesta. Eso es una feria. Eso y mucho más… echen un vistazo al programa de mano de esta en la que están, y lo verán.
Antes de iniciar este pregón, pretendidamente gracianesco, me van a permitir que agradezca a los libreros de la Federación Onubense de Empresarios y al Ayuntamiento de la capital, la gentileza que han tenido al invitarme a pronunciar aquí, en la apertura de esta cita anual con los libros, unas palabras.
Querría empezar además fijando vuestra atención y ya que estamos con las inclemencias del tiempo, en esa predicción meteorológica según la cual a partir del lunes brillará el sol y las lluvias nos dejarán en paz. Son predicciones del Instituto Nacional de Meteorología, al que por cierto, le han cambiado el nombre y ahora le llaman Agencia Estatal de Meteorología; ya saben… el Estat, que diuem els catalanistes, per a evitar dir paraules que a ells els donen repelús. De modo y manera que si desean conocer las últimas predicciones meteorológicas, no cliqueen ieneme punto es, sino aemet punto es. Los tiempos, que están cambiando y es eso justamente de lo que quería hablarles y de lo que terminaré por hablarles. Espero.
Les decía antes lo del lunes, lo de que hará mejor tiempo, porque es más conveniente gozar de los buenos pronósticos que entristecerse con los malos, aun cuando es obvio que todos se deben tener en cuenta. Quiero decir que nunca fue conveniente meter la cabeza en un agujero, sino levantar la vista y mirar con generosidad todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
Hoy, esto de mirar con generosidad y hasta con optimismo, a nuestro alrededor, también lo vamos a hacer.
Es más conveniente alzar la mirada y alcanzar el próximo lunes, que observar con pesadumbre estos días que nos tienen mirando al cielo con cierta preocupación. A estos días se les pone buena cara y ya está. Se acabó. Con los hábitos de lectura de los jóvenes andaluces, que es de lo que terminaremos hablando, vamos a intentar hacer algo parecido. O al menos, intentaremos mantener la calma.
Sabido es que la escritura, hasta fechas recientes, ha sido un instrumento fundamental para la transmisión de conocimientos. La lectura, hasta ahora, ha sido el modo más eficaz de desarrollo y progreso con el que ha contado cualquier sociedad. Hasta la fecha…, como les iba diciendo.
Fíjense que en los casi dos millones y medio de años transcurridos desde la aparición del género Homo en la Tierra , australopitecos y otros elementos de similar pelaje al margen, tan sólo en los últimos cuatro mil años hemos sido capaces de idear documentos que luego nosotros mismos u otros, pudieran interpretar. Si consideramos documentos ya con escritura semialfabética, nos vendríamos todavía quinientos años más acá, hasta dar con ciertas inscripciones protosinaíticas fechadas alrededor del 1.500 antes de nuestra era. Tres mil quinientos años entonces.
Al principio fueron tablas de arcilla, papiros, o pieles con grafos rotulados de mil maneras que a duras penas han podido ser descifrados y son de dudosa o ambigua interpretación. Pero lo que nos interesa y ocupa es que hasta entonces, hasta ayer mismo si comparamos estos escasos miles de años con aquellos dos millones y medio de años, no había sido capaz el hombre de elaborar documentos que otros pudieran descifrar, interpretar, conocer. Es entonces, a partir de ahí, cuando el progreso humano se hace ya imparable. Incluso yo me atrevería a decir que vertiginoso. Sí, esa puede ser la palabra, vertiginoso.
Para entender mejor estas inabarcables distancias cronológicas, veamos como andábamos, es un decir, hace seis millones de años. Recientemente se han descubierto en las colinas del Tugen, en Kenya, restos fósiles del primate más antiguo conocido hasta la fecha, el Orrorin tugenensis. Estos individuos parece ser que fueron ya capaces de bajar de los árboles donde tenían su confortable nicho ecológico. Abandonar la seguridad del árbol y en consecuencia poder liberar sus manos. Las manos, un instrumento esencial, liberadas al fin de las ramas que eran su prisión.
También fue entonces, al bajar algunos ejemplares de Orrorin tugenensis del árbol, cuando estos primates pudieron alzarse al fin sobre sus dos patas traseras y otear un horizonte más amplio. Ganaban en consecuencia seguridad, confianza y territorio.
Pues bien, desde entonces, en estos últimos seis millones de años y hasta hace apenas nueve mil, tan sólo nueve mil, hemos aprendido a caminar, a dominar el fuego, a tallar piedras para hacer útiles, luego a pulirlas… y hasta aprendimos a criar ganados y a cultivar la tierra. El despegue, desde luego, es la Revolución Neolítica. Este es sin duda el punto de inflexión, pero la lanzadera, es la escritura, esa capacidad de elaborar documentos que tus semejantes puedan descifrar.
Decíamos que el Neolítico fue un punto de inflexión absolutamente crucial, pero en estos tres mil quinientos o cuatro mil años últimos, desde que aprendimos a escribir y a leer, hemos avanzado ya, como les decía, de una forma absolutamente vertiginosa.
A principios del pasado año cuando un satélite artificial, creado por el hombre, inició un largo caminar que en dieciocho o veinte años le permitirá alcanzar los límites de nuestro sistema solar, podrá traspasar la elipse de pequeños cuerpos que incluye al recientemente depreciado Plutón, y se asomará a la oscuridad infinita que enlaza con otros sistemas y podrá luego dirigir sus cámaras incluso más lejos, allá donde el infinito se hace cotidiano. El hombre observando al fin otras galaxias.
Hemos avanzado. Está claro que en sólo tres o cuatro mil años, desde aquellos hermosos días en que aprendimos a leer y a escribir, hemos avanzado, hemos progresado adecuadamente.
Tanto, tanto hemos avanzado, que mientras aguardamos el tiempo en que nos podamos trasladar de manera no corpórea por este universo infinito, hemos ido desarrollado complejos códigos que nos permiten intercambiar y almacenar información de forma absolutamente sin fin. Nuevos tiempos y nuevos sistemas de comunicación, nuevas tecnologías que avanzan con inusual rapidez… tan, tan rápido, que somos incapaces de imaginar siquiera cómo será el mundo en el que vivirán nuestros hijos, nuestros nietos y, quién sabe, incluso nosotros mismos… Todo ha cambiado.
Ahora, métanse en un aula e intenten convencer a un grupo de alumnos con catorce o con dieciséis años, nacidos ya en este tiempo de cambios continuos e impredecibles, donde la ficción es incapaz de desplazarse a la misma velocidad que la realidad, y díganles que tienen que leer, que deben adquirir hábitos de lectura.
¿Para qué?
Pleistechion, áipod, emepecuatros y emepetrés. Móviles de última generación que quedan obsoletos al día siguiente de comprarlos porque ha salido un modelo con más amplias prestaciones; o esto del Internet que a mí me permite estar a diario en contacto con los lectores sin salir de casa, y al mismo tiempo controlar las faltas de los alumnos y colgarles las notas de las evaluaciones mientras ves y escuchas una grabación de Manolo Caracol con la guitarra de Melchor de Marchena; y Lola Flores ahí delante, jovencísima, guapísima, tremenda, bailando, en blanco y negro, “ La Niña de Fuego”; o blackberrys que te conectan con un amigo australiano o bengalí mientras paseas por el espigón o te comes un pescaíto frito en la taberna de Joselito. Toda la información que puedas imaginar, y más, a tu alcance. El mundo en un pañuelo tejido con microchips y cablecitos. Todo en tu bolsillo. Todo.
Ahora, dígale usted a sus alumnos que deben leer para disponer de más información. Cuéntenles eso de que los libros te harán libre… y luego me cuentan a mí lo que les ha ocurrido.
Nunca antes el hombre pudo disponer de una mayor capacidad de almacenar información. Nunca antes, tampoco, pudo tener menos capacidad de reflexión. Algo falla. O a lo mejor es que eso de la lectura, de la adquisición de hábitos de lectura, sirve para algo.
Leer para conocer desde la reflexión. Ah, amigo… Pensar, sacar conclusiones, descifrar correctamente tanta información como tenemos disponible y, en consecuencia, dominar el mundo, este mundo en el que vivimos, que no otra cosa es ser libre. Y recuerden ahora a Kant, la libertad como elemento indispensable para alcanzar la felicidad.
Vaya, con esto parecía que no contábamos. Leer, conocer, pensar, dominar nuestra propia vida, abrir mil caminos a nuestro paso, que es decir mil opciones diferentes, poder elegir de entre ellas la que más nos convenga o, simplemente, la que más nos apetezca… ser libres.
Ahí está. El camino de la felicidad. Increíble. Los libros, esos viejos trastos que parecían no servir para nada, resulta que son un instrumento sin el cual no podremos ser libres, que sin ellos no alcanzaremos la felicidad. Conocer… reflexionar… Volvamos al aula para contarles esto a los alumnos, a esas generaciones de andaluces que nuestra lectura rápida, irreflexiva, de ese informe que la OCDE realiza entre jóvenes quinceañeros, y a los que deja tan mal parados.
Y todos tenemos la culpa. Todos hemos realizado esa lectura rápida e irreflexiva del informe Pisa. No nos engañemos. A mí, que también la hice, me sacó del atolladero en el que andaba metido una diputada de Madrid, una señora que llamó analfabetos a los alumnos andaluces, pero que rápidamente, al instante, rectificó e incluso pidió perdón. Ella, esa diputada, fue la que me salvó.
Es cierto que el célebre informe Pisa nos dejó, un año más, mal parados a los andaluces. Tiramos entonces de teclado y nos lanzamos a degüello contra el sistema educativo. Estrellamos nuestras frustraciones contra la última ley y contra todas las demás, contra todos los proyectos que en los últimos años han intentado mejorar la educación, el sistema educativo en España. Es indudable que a esta última ley seguirá otra, y a esta otra más. También es cierto que todas fallarán y todas se mejorarán. Todo es cierto. Como es cierto también que el nivel de formación de los andaluces, de los españoles también, ha mejorado de una forma absolutamente radical en las últimas décadas. Entre otras cosas porque ahora no sólo ocupamos esas aulas repletas de emepetrés y emepecuatros, unos cuantos privilegiados. Ahora están todos nuestros hijos mejorando día a día sus niveles de formación, de educación, adquiriendo hábitos de lectura también.
La información, ya lo sabíamos, la están extrayendo de muchos más sistemas de comunicación y gracias a otras tecnologías, pero también leen. Aunque algunos no lo quisiéramos ver hasta que pudimos apreciar cómo una diputada de Madrid rectificaba sobre la marcha una burrada que otros, más burros aún, asumimos sin más, sin reflexión alguna, sin querer ver la realidad. Una realidad que nos dice que el común de los andaluces, la inmensa mayoría de los jóvenes andaluces, tienen un nivel de conocimientos superior al que tuvieron sus padres hace treinta o cuarenta años, hace por lo tanto, una sola generación. Hoy los jóvenes, en su conjunto, tomando la media y no particularizando, quede claro, tienen más conocimientos y también, tal como dicen las estadísticas, hoy se lee más.
El cuerpo nos pide, a quienes creamos opinión, a quienes publicamos artículos o impartimos conferencias, a quienes participamos en tertulias o publicamos libros, ver una realidad muy distinta, la de unos andaluces analfabetos que no tienen saludables hábitos de lectura. Pero la realidad es bien distinta. Hace treinta o cuarenta años, hace una generación, cuando teníamos como únicos compañeros que nos transmitieran información a los libros, leíamos menos los andaluces, la media de los andaluces, el conjunto de los andaluces, leíamos mucho menos. A pesar de lo que les decía antes, a pesar de que fueran los libros la única fuente de información de la que disponíamos. Para demostrarlo ahí tienen los índices que cuentan de forma absolutamente objetiva el número de libros vendidos, o el aumento de las cifras de lectores de prensa que también se ha producido en las últimas tres o cuatro décadas… Se publican más libros, se venden y se leen más libros año tras año. Se venden y se leen más periódicos… Y saben qué… pues que esos analfabetos sobre los que nos lanzamos a degüello quienes no hemos sabido leer el informe Pisa, o quienes no hemos sabido tener al lado de ese informe otros datos igualmente necesarios para reflexionar y sacar conclusiones…, esos analfabetos, pues, además de leer más cada día, de tener hábitos de lectura más saludables y, lo que es más importante, más extendidos entre la población, disponen de otros muchos sistemas y tecnologías que les permiten recabar toda la información que les plazca. Algo que quienes pusimos el grito en el cielo cuando repasábamos los datos revelados por el informe Pisa, nunca tuvimos y, lo más divertido de todo este asunto, nunca sabremos manejar esa nueva tecnología de la información y la comunicación con la soltura y la sencillez con que lo hacen ellos, estos andaluces analfabetos que, como desvelan los números, leen más y están mejor formados, tienen más capacidad de información que nosotros, y también, por lo que se ve, más capacidad de reflexión.
Cómo les decía al principio, los tiempos están cambiando… pero cambiando a mejor, por supuesto.
Todavía muchos estamos a tiempo. Hagan, hagamos pues, como aquél Orrorin tugenensis que supo alzarse sobre sus dos patas traseras y gozar en consecuencia de una mirada más limpia y más amplia. Imiten al mono y quizás, a lo mejor, estén todavía a tiempo. Inténtenlo, como yo lo intento… y que tengan suerte.
Muchas gracias.
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Tuesday, February 5, 2008

Este jueves en la Casa Colón

 “Huelva en su salsa. 1000 recetas de cocina”

En el Salón de Chimeneas será la presentación del libro. Haced el favor de ir si estais por aquí por Huelva. Evidentemente si tenéis que desplazaros, pues no. Os quedais en la Sierra, en el Andévalo o en el Condado (en las bodegas de la Cooperativa de Bollullos, lo presento el mes que viene), donde sea, pero de coches por la noche y contrimás después de una fiesta, nada de nada monada.
Juan Cobos Wilkins me presenta el libro y luego don Antonio Zapata, nada menos, nos hablará de la necesidad de estudiar y adaptar a estos tiempos el recetario andaluz, quiere decirse que continuará predicando en el desierto como venimos haciendo desde hace ya al menos un par de décadas. Luego tendremos tiempo de comentar las virtudes del Lantero Syrah Roble, un vino con cuatro meses de crianza que de aquí a poco presentará ya sus primeros vinos de crianza con todas las de la ley, pero de momento es un tinto muy atractivo. También del Mioro Gran Selección, un blanco joven, afrutado como todos los que se hacen con la uva del lugar, la zalema, pero con un doce por ciento, aproximadamente, de moscatel, lo que le aporta unos excelentes aromas a flores y hierbas, con lo cual nos encontramos con un típico afrutado del Condado pero más complejo y atractivo. Vinos para presumir, que no se diga que en Huelva no se hacen vinos de calidad, porque, simplemente, no es cierto. Además, están los generosos, verdaderas obras de arte por mucho que beber vinos como el impresionante oloroso seco del Condado no esté de moda o no se sepan beber. En fin, que después de las palabras tendremos los hechos. Así que os espero en la presentación del libro, este jueves 7 de febrero, a las siete de la tarde en el Salón de Chimeneas de la Casa Colón.

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Saturday, August 4, 2007

FIESTAS EN HUELVA

Colombinas, paisaje, paisanajes y soviet

BERNARDO ROMERO

Son las Colombinas fiestas que discurren desde hace algo más de un siglo contra el tiempo y contra la lógica. También contra el calor. Si a finales del siglo XIX era absolutamente normal que tuviese sus parrandas y veladas la clase dirigente, los empresarios y los políticos, que en ese tiempo eran mucho más que ahora una misma cosa, ahora, una vez que el pueblo ha conquistado los mismos derechos, es igualmente normal que pretenda asumir esos fiestorros de antaño como propios.

La cosa es que todo se queda en eso, en una pura pretensión, porque de aquellas veladas cerradas, con abundancia de servicio y convenientemente apartadas del pueblo llano por una breve valla de madera y el respeto que, por aquél entonces, se le tenía a la autoridad, a la gente importante, ya nada queda. Las fiestas que la colonia extranjera instauró para celebrar el hecho colombino, la gesta del Almirante de la Mar Océana , debieron ser de aúpa. En los jardines del muelle, en un ambiente obviamente del máximo frescor estando como estaban justo en el muelle de Levante pero lejos de la lonja del pescado para evitar malos olores, la gente bien pasaba elegantes veladas entre finas vajillas y espléndida cristalería, magníficos menús y una forma de entender el “cup” que dieron en llamar ponche: vino, agua con gas, azúcar, canela y melocotón. Ya está.

En los recintos cerrados, había una pista de baile donde las niñas, monísimas y admirables en su educación, bailaban con apuestos caballeros que sin cumplir los veinte ya andaban avezados en las artes del amor y de la empresa. En su lugar se ubicaba la orquesta, que alguna de prestigio y hasta del otro lado del mar, se acercó a Huelva para amenizar y poner la nota musical a las fiestas de esta gente bien que se inventó las Colombinas para pasar las calurosas noches de una semana de verano. Luego estaban los otros, el pueblo, al que se permitía admirar los fuegos de artificio, asomarse a la vallita de madera para ver cómo se lo pasaban los antedichos e incluso beber en el búcaro del aguaor o comprar un trozo de turrón.

De aquellas fiestas exclusivas, adormecidas por el son cubano y las baladas de amor, se pasó al estruendo que hoy son las Colombinas, a ese incesante paseo de canis y de truchas que nadie puede siquiera tener la menor idea de dónde han podido salir en semejante cantidad, con tanto tatuaje y tanto piercing, con tanto andar vacilón y desafiante, con tanto grito y tanto malaje. En estas fiestas que se hacen como si fueran una feria, y tal como pasa en todas las ferias, el paisaje es de ruidos y luces de neón. El paisanaje, absolutamente demoledor.

Es el triunfo de la democracia, de las clases populares que durante años hubieron de conformarse con asomarse a la vallita de madera, a los encajes de las señoras y a los talles de fábula de las señoritas, a los caballeros y al son que bailaban todos ellos. Este es el triunfo de las masas contra el sosiego y el solaz de las élites empresariales que ostentaban sin rubor el poder político absoluto de esta ciudad. Ya, algo más de un siglo después, todo ha cambiado y los presupuestos municipales trabajan con encono para que continúe la fiesta, entre el fragor de los cacharritos y el sonido demencial de las casetas oscuras, donde se sumerge esa turbamulta de lumpem imposible de clasificar en los órdenes elementales de la hoy tan móvil estratificación social.

Hoy, la caseta municipal es una suerte de sala de exposiciones de lo que fuimos, y la clase asalariada se afana en imitar a sus patronos comiéndose un pollo en las casetas populares. Pero en un poco discreto lugar, una caseta viste las mesas de madera con manteles granates cubriendo otros de blanco hilo. A las sillas las han vestido de seda con un lacito azul, los camareros lucen pajarita negra y el personal que hoy gobierna, aunque con mucho menor poder económico que antañazo, luce sus mejores galas ante la mirada alucinada de los canis y de los truchas, de poligoneros llegados de todos lados. Incluso tienen una orquesta por aquello de guardar las formas, pero es innecesario, el fragor y el decibelio, absolutamente liberados tras caer los palacios de invierno, dominan un paisaje apocalíptico sobre el que el Ayuntamiento se empeña a diario en poner una corona de fuegos artificiales para santificar esta liturgia de la democracia nueva y popular. Desde luego, viendo todo esto, a uno sólo le entran ganas de beber vodka frío aromatizado con melocotón y canela, bajarse los pantalones y clamar a los vientos de Levante aquello de ¡Todo el poder a los soviets! ¡Viva la revolución proletaria!

El Mundo - Huelva Noticias. 5 de agosto, 2007

 

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