Jaikus y otros cantes de ida y vuelta
Leyendo haikus uno entiende cómo Antonio Cabezas se enamoró de Japón y se encontró allí como en su casa, en esa tierra que hizo suya, clase a clase, recuerdo a recuerdo de la Huelva que dejó atrás siendo joven, cuando las distancias eran infinitas. Despierto, atrevido y joven, habría que puntualizar que fue cuando sin que le temblara la voz ni el ánimo decidió irse de misionero a Japón. Nada menos. A principios de los años cincuenta. Háganse cargo.
“Cuando la voz del remo bate el mar / se hielan mis entrañas / de noche. Lágrimas”.
Leo uno de esos haikus o jaikus como transcribió con más propiedad este onubense viajero y sabio, catedrático emérito de la Universidad de Kyoto, condecorado con la Orden del Sol Naciente, Rayos dorados y Roseta por el emperador del Japón, de su tierra vivida; un onubense distinguido también por don Juan Carlos I con la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica por su labor pedagoga, por la difusión que hizo de la cultura japonesa acá y de la española allá, por estrechar mundos con el conocimiento y el entendimiento por delante; que es decir por hacer del progreso, bandera.
“Blanco rocío. Cada púa en la zarza / tiene una gota”, canta otro jaiku que seguro que su amigo Eduardo Hernández Garrocho podría cantar por Alosno o por Almonaster, por Encinasola o El Cerro. Al flamenco también le dedicó horas y pasión este onubense nacido en La Palma en los confusos años republicanos. A su labor investigadora del mundo flamenco, se unen varios títulos que fueron pioneros en su momento al desvelar la cultura japonesa en España desde los adentros: “La literatura japonesa” o el agotado y curioso “El siglo ibérico en Japón: la presencia hispano portuguesa en Japón entre 1543 y 1643”, o las traducciones de “Un puñado de arena”, de Takuboku, “Los cantares de Ise”, “Manioshu”, “Hombre lascivo y sin linaje” de Saikaku o una selección de “Jaikus inmortales”, como estos que seguimos leyendo:
“Al niño en hombros / le corté un helecho / y se lo di”. O este para cantar por alegrías: “Sopla el Poniente / y al Oriente se apilan / las hojas secas” y este otro por cantiñas: “Labran la tierra. / No cantan ni las aves / al pie del monte”. En verdad que allí debió vivir como aquí, solo que más lejos.
Eso de viajar, en todo caso, no era extraño para este palmerino que se vino a vivir a Huelva, a la capital, y luego a Valencia, después a Francia y otra vez a Huelva, de donde salió siendo joven aún para permanecer casi toda su vida fuera pero con su tierra dentro: “me quiero ir de misionero a Japón”, dijo en la comunidad jesuita onubense, que le envió primero a Irlanda a aprender inglés y luego, en 1957, a Japón, donde empezó dando clases de inglés y luego de lengua y cultura españolas.
En las islas estudió y perfeccionó japonés en la Casa de las Lenguas, para pasar luego a impartir clases de Latín y Filosofía en la Facultad de Teología de la Universidad de Kyoto. Al mismo tiempo, estudiaba Teología para no descuidar ni un minuto de su tiempo, como también se inició en la honda sabiduría de las artes marciales – fue de los primeros españoles en practicar karate-.
Algunos años después, a finales de los sesenta, se produce un hecho relevante en la vida de Antonio Cabezas, pues solicita permiso para abandonar la orden jesuítica y pasa a la Universidad de Estudios Extranjeros de la misma ciudad, Kyoto. Después vendrían los hijos, tres japoneses y una filipina fruto de su último matrimonio con una joven de esa nacionalidad, con la que compartía veladas flamencas en su retiro onubense, en las peñas y luego en su estudio proyectos, investigaciones, escritos… Un intenso vivir.
Treinta años trabajó la docencia en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kyoto, la misma que le nombró catedrático emérito antes de partir para Huelva, donde vivía ahora entre viajes y proyectos, entre acordes de guitarra y amables ratos de charla que alguna vez tuve el privilegio de oír y atender, de escuchar a este maestro inmenso que nos acaba de dejar.
Fue una inmensa suerte el conocerle tras su jubilación. Gracias a Pepe de la Corte , pariente suyo que me lo presentó, pude sentarme a su vera en la Peña Flamenca en alguna ocasión. Allí, bebí de su saber, porque sólo el estar a su lado ya era poder disfrutar de una lección. Su sola palabra era una lección de las que sólo pueden impartir hombres sabios como él, apacible y tranquilo, modesto e ilustrado, el rostro siempre adornado de una sonrisa amable y cortés. Que así fue Antonio Cabezas, este onubense ejemplar que acaba de fallecer a la edad de 77 años. Joven aún, como siempre fue: “Pasó el ayer / pasó también el hoy: / se va la primavera”.
“Cuando la voz del remo bate el mar / se hielan mis entrañas / de noche. Lágrimas”.
Leo uno de esos haikus o jaikus como transcribió con más propiedad este onubense viajero y sabio, catedrático emérito de la Universidad de Kyoto, condecorado con la Orden del Sol Naciente, Rayos dorados y Roseta por el emperador del Japón, de su tierra vivida; un onubense distinguido también por don Juan Carlos I con la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica por su labor pedagoga, por la difusión que hizo de la cultura japonesa acá y de la española allá, por estrechar mundos con el conocimiento y el entendimiento por delante; que es decir por hacer del progreso, bandera.
“Blanco rocío. Cada púa en la zarza / tiene una gota”, canta otro jaiku que seguro que su amigo Eduardo Hernández Garrocho podría cantar por Alosno o por Almonaster, por Encinasola o El Cerro. Al flamenco también le dedicó horas y pasión este onubense nacido en La Palma en los confusos años republicanos. A su labor investigadora del mundo flamenco, se unen varios títulos que fueron pioneros en su momento al desvelar la cultura japonesa en España desde los adentros: “La literatura japonesa” o el agotado y curioso “El siglo ibérico en Japón: la presencia hispano portuguesa en Japón entre 1543 y 1643”, o las traducciones de “Un puñado de arena”, de Takuboku, “Los cantares de Ise”, “Manioshu”, “Hombre lascivo y sin linaje” de Saikaku o una selección de “Jaikus inmortales”, como estos que seguimos leyendo:
“Al niño en hombros / le corté un helecho / y se lo di”. O este para cantar por alegrías: “Sopla el Poniente / y al Oriente se apilan / las hojas secas” y este otro por cantiñas: “Labran la tierra. / No cantan ni las aves / al pie del monte”. En verdad que allí debió vivir como aquí, solo que más lejos.
Eso de viajar, en todo caso, no era extraño para este palmerino que se vino a vivir a Huelva, a la capital, y luego a Valencia, después a Francia y otra vez a Huelva, de donde salió siendo joven aún para permanecer casi toda su vida fuera pero con su tierra dentro: “me quiero ir de misionero a Japón”, dijo en la comunidad jesuita onubense, que le envió primero a Irlanda a aprender inglés y luego, en 1957, a Japón, donde empezó dando clases de inglés y luego de lengua y cultura españolas.
En las islas estudió y perfeccionó japonés en la Casa de las Lenguas, para pasar luego a impartir clases de Latín y Filosofía en la Facultad de Teología de la Universidad de Kyoto. Al mismo tiempo, estudiaba Teología para no descuidar ni un minuto de su tiempo, como también se inició en la honda sabiduría de las artes marciales – fue de los primeros españoles en practicar karate-.
Algunos años después, a finales de los sesenta, se produce un hecho relevante en la vida de Antonio Cabezas, pues solicita permiso para abandonar la orden jesuítica y pasa a la Universidad de Estudios Extranjeros de la misma ciudad, Kyoto. Después vendrían los hijos, tres japoneses y una filipina fruto de su último matrimonio con una joven de esa nacionalidad, con la que compartía veladas flamencas en su retiro onubense, en las peñas y luego en su estudio proyectos, investigaciones, escritos… Un intenso vivir.
Treinta años trabajó la docencia en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kyoto, la misma que le nombró catedrático emérito antes de partir para Huelva, donde vivía ahora entre viajes y proyectos, entre acordes de guitarra y amables ratos de charla que alguna vez tuve el privilegio de oír y atender, de escuchar a este maestro inmenso que nos acaba de dejar.
Fue una inmensa suerte el conocerle tras su jubilación. Gracias a Pepe de la Corte , pariente suyo que me lo presentó, pude sentarme a su vera en la Peña Flamenca en alguna ocasión. Allí, bebí de su saber, porque sólo el estar a su lado ya era poder disfrutar de una lección. Su sola palabra era una lección de las que sólo pueden impartir hombres sabios como él, apacible y tranquilo, modesto e ilustrado, el rostro siempre adornado de una sonrisa amable y cortés. Que así fue Antonio Cabezas, este onubense ejemplar que acaba de fallecer a la edad de 77 años. Joven aún, como siempre fue: “Pasó el ayer / pasó también el hoy: / se va la primavera”.