Friday, April 4, 2008

Jaikus y otros cantes de ida y vuelta

Leyendo haikus uno entiende cómo Antonio Cabezas se enamoró de Japón y se encontró allí como en su casa, en esa tierra que hizo suya, clase a clase, recuerdo a recuerdo de la Huelva que dejó atrás siendo joven, cuando las distancias eran infinitas. Despierto, atrevido y joven, habría que puntualizar que fue cuando sin que le temblara la voz ni el ánimo decidió irse de misionero a Japón. Nada menos. A principios de los años cincuenta. Háganse cargo.
Cuando la voz del remo bate el mar / se hielan mis entrañas / de noche. Lágrimas”.
Leo uno de esos haikus o jaikus como transcribió con más propiedad este onubense viajero y sabio, catedrático emérito de la Universidad de Kyoto, condecorado con la Orden del Sol Naciente, Rayos dorados y Roseta por el emperador del Japón, de su tierra vivida; un onubense distinguido también por don Juan Carlos I con la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica por su labor pedagoga, por la difusión que hizo de la cultura japonesa acá y de la española allá, por estrechar mundos con el conocimiento y el entendimiento por delante; que es decir por hacer del progreso, bandera.
“Blanco rocío. Cada púa en la zarza / tiene una gota”, canta otro jaiku que seguro que su amigo Eduardo Hernández Garrocho podría cantar por Alosno o por Almonaster, por Encinasola o El Cerro. Al flamenco también le dedicó horas y pasión este onubense nacido en La Palma en los confusos años republicanos. A su labor investigadora del mundo flamenco, se unen varios títulos que fueron pioneros en su momento al desvelar la cultura japonesa en España desde los adentros: “La literatura japonesa” o el agotado y curioso “El siglo ibérico en Japón: la presencia hispano portuguesa en Japón entre 1543 y 1643”, o las traducciones de “Un puñado de arena”, de Takuboku, “Los cantares de Ise”, “Manioshu”, “Hombre lascivo y sin linaje” de Saikaku o una selección de “Jaikus inmortales”, como estos que seguimos leyendo:
“Al niño en hombros / le corté un helecho / y se lo di”. O este para cantar por alegrías: “Sopla el Poniente / y al Oriente se apilan / las hojas secas” y este otro por cantiñas: “Labran la tierra. / No cantan ni las aves / al pie del monte”. En verdad que allí debió vivir como aquí, solo que más lejos.
Eso de viajar, en todo caso, no era extraño para este palmerino que se vino a vivir a Huelva, a la capital, y luego a Valencia, después a Francia y otra vez a Huelva, de donde salió siendo joven aún para permanecer casi toda su vida fuera pero con su tierra dentro: “me quiero ir de misionero a Japón”, dijo en la comunidad jesuita onubense, que le envió primero a Irlanda a aprender inglés y luego, en 1957, a Japón, donde empezó dando clases de inglés y luego de lengua y cultura españolas.
En las islas estudió y perfeccionó japonés en la Casa de las Lenguas, para pasar luego a impartir clases de Latín y Filosofía en la Facultad de Teología de la Universidad de Kyoto. Al mismo tiempo, estudiaba Teología para no descuidar ni un minuto de su tiempo, como también se inició en la honda sabiduría de las artes marciales – fue de los primeros españoles en practicar karate-.
Algunos años después, a finales de los sesenta, se produce un hecho relevante en la vida de Antonio Cabezas, pues solicita permiso para abandonar la orden jesuítica y pasa a la Universidad de Estudios Extranjeros de la misma ciudad, Kyoto. Después vendrían los hijos, tres japoneses y una filipina fruto de su último matrimonio con una joven de esa nacionalidad, con la que compartía veladas flamencas en su retiro onubense, en las peñas y luego en su estudio proyectos, investigaciones, escritos… Un intenso vivir.
Treinta años trabajó la docencia en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kyoto, la misma que le nombró catedrático emérito antes de partir para Huelva, donde vivía ahora entre viajes y proyectos, entre acordes de guitarra y amables ratos de charla que alguna vez tuve el privilegio de oír y atender, de escuchar a este maestro inmenso que nos acaba de dejar.
Fue una inmensa suerte el conocerle tras su jubilación. Gracias a Pepe de la Corte , pariente suyo que me lo presentó, pude sentarme a su vera en la Peña Flamenca en alguna ocasión. Allí, bebí de su saber, porque sólo el estar a su lado ya era poder disfrutar de una lección. Su sola palabra era una lección de las que sólo pueden impartir hombres sabios como él, apacible y tranquilo, modesto e ilustrado, el rostro siempre adornado de una sonrisa amable y cortés. Que así fue Antonio Cabezas, este onubense ejemplar que acaba de fallecer a la edad de 77 años. Joven aún, como siempre fue: “Pasó el ayer / pasó también el hoy: / se va la primavera”.
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Thursday, February 28, 2008

El Alosno por Antonio Rastrojo

Ya el oír los antiguos cantes de Trilla del Alosno son motivo suficiente – y bendición, habría que añadir - para disfrutar de una hermosa noche flamenca. Fue el caso de la que nos brindó Antonio Rastrojo en la Peña el Higueral este martes pasado. Al cantaor le habíamos escuchado ya cantar por el Alosno, por fandangos, queremos decir, e incluso hacer un recorrido por los fandangos de la provincia. En la noche del 26 de febrero, por ejemplo, estuvo delicioso con los fandangos de Encinasola que regaló al poco pero selecto público presente en la sala del barrio del Higueral. El alosnero estuvo allí muy bien acompañado, además de por algunos de sus seguidores, por un paisano con el que suele actuar. Era la certera y exquisita guitarra de Ramón Jesús Díaz, que pasea la izquierda por el mástil con la lentitud que sólo son capaces de hacerlo los auténticos maestros. Luego, con la diestra, es diestro el maestro. Lleva el compás y los tiempos con una pulcritud metódica y fascinante, dejándose llevar por ese saber medir los silencios que, como decíamos antes, tan sólo saben hacer con suficiente pericia los maestros.
Ese cante de Trilla, interpretado con una musicalidad solo pareja a la facilidad y poder vocal de Antonio Rastrojo, fue una auténtica delicia para los oídos. El del Alosno es un tenor dotado de una prodigiosa voz, puro cristal de Murano, y con ese don nos demostró que los cantes de Trilla pueden dejar de ser lineales si se les interpreta con la prodigiosa facilidad que tiene Rastrojo para cantar con un melisma que distingue a estos cantes alosneros de otros con igual sabor castellano, pues los hace más flamencos, más del sur, como hiciera hace ya muchos años con este tan poco usual cante el gran Bernardo el de los Lobitos.
Además de esta agradable sorpresa, aunque de vez en cuando podemos disfrutar de este tipo de cante en voces tan poderosas como las del cantaor y estudioso Eduardo Hernández Garrocho, los dos alosneros que se dieron cita el martes en la Peña de la barriada del Higueral, interpretaron unas seguriyas alosneras apuntadas con la caña por Rastrojo y en la guitarra, de nuevo soberbio, Ramón Jesús Díaz. La noche, se metía en jonduras yse redondearía con dos apartados que fueron del total y absoluto agrado del respetable. Estaban los fandangos del Alosno, el repertorio que domina un cantaor como Rastrojo, nacido en esa bendita tierra, pero estuvo, sobre todo, el acudir a las raíces, el buscar en la tradición los modos y maneras de cantar por fandangos. Así pudimos de primera mano acercarnos a la manera de cantar de dos grandes cantaores de aquella localidad andevaleña, apenas hoy recordados por expertos y entendidos en las artes flamencas. El uno, Paquillo el Zapatero, el otro Paquillo el de las Partes. Por ambos dos cantó Antonio Rastrojo, para terminar luego con el otro bloque que encandiló a los asistentes, el que dedicó a la figura, enorme y ya mítica, de Paco Toronjo. Aquellos y éste, los tres pacos que les nombraban en el Alosno.
Con unos y con el otro, el artista fue componiendo un hermoso paisaje, pleno de recuerdos y sentimientos, que evocaba en cada una de sus letras. Ay, agua del Lagar, ese pocillo profundo al que se llega por una cuesta, allá por villa Matea, por donde íbamos a la amanecida Juan Maera y servidor con Antoñito Garrido hasta el pueblo a comprar el pan. Cuestecilla del Lagar, que decía el Pérez que le estaba aniquilando, de empinaílla que está. Por Alosno, la voz recia del joven cantaor, nos decia que el fandango sigue cultivándose y renovándose cada día. Antonio Rastrojo y Ramón Jesús Díaz, con su sobrado arte, así lo atestiguaron.
Posted by Bernardo Romero in 09:32:15 | Permalink | Comments (1) »