
HÉCTOR Y BRUNO. Dirección: Ana Rosa Diego. Guión: Ana Rosa Diego, Encarnación Iglesias, Jesús Ponce, Teresa Vilardell y Miguel Casamayor. Música: Michael Thomas. Sonido: Daniel de Zayas. Montaje: Miguel Doblado. Fotografía: Nuria Roldós. Dirección artística: Antonio Estrada. Principales actores: Txema Blasco, Edu Bulnes, Sergi Calleja, Maite Sandoval, Fermí Reixach y Montserrat Carulla (colaboración especial).
España, 2009. 84’
Problemas de la edad
Dilemas familiares y soledades compartidas. Un viaje con retorno feliz y previsible.
BERNARDO ROMERO
HUELVA.- Hay veces que con una historia trivial, simple, se puede construir una película enorme. Ejemplos hay casi tantos como películas, aunque claro está, menos. En cambio con un guión endeble, por muy buena que sea la historia, la película se cae irremisiblemente. En esta ópera prima de Ana Rosa Diego, no ocurre ni lo uno ni lo otro, quiere decirse que ni hay una historia trepidante, ni profunda, ni que transmita la menor emoción más allá de lo puramente previsible e incluso lacrimógeno, pero tampoco hay un buen guión que soporte una construcción sólida, sino que el guión termina de cercenar las ya de por sí pocas probabilidades de éxito que tenía el film. O que se pudiera pensar que podría tener esta fallida película.
Llama la atención sobremanera, en esta narración que discurre entre lo precipitado y lo intermitente, que haya actores capaces de llevar a buen término, al menos, su propia actuación. Txema Blasco lo consigue. Milagrosamente, pero lo consigue. Debe haber buena madera de actor ahí oculta, tras ese papel cuyas frases se pueden ir adivinando desde dos planos antes. También consigue una actuación por encima de la película Montserrat Carulla, que forma excelente pareja con el anterior, protagonizando las escenas y los momentos más salvables de la película.
De lo demás, poco que salvar. El montaje es igualmente precipitado, cortado con prisas y sin motivo aparente, y pondríamos como ejemplo una escena en la que el protagonista, de espaldas a la cámara, mirando a un tristísimo paisaje urbano, que podría servir para emocionar al espectador, para meterlo más en las soledades que intenta transmitir la película, es cortada de malas maneras para entrar en un diálogo forzado, estridente desde su simpleza como buena parte de los diálogos de este película construida sobre un guión mediocre, que ya es ganas de ponerse a poner ladrillos con semejante argamasa que se desmorona en un ritmo, como ya decíamos, entrecortado.
Vísteme despacio que tengo prisa, nos decían de pequeños cuando queríamos terminar rápidamente cualquier tipo de tarea. Héctor y Bruno han sido obligados a ir demasiado deprisa, y no nos estamos refiriendo al decidido caminar del actor, que eso es otra cosa salvable de la película, sino a los diálogos que les han puesto en las manos.
Una historia normal y corriente, cercana, a la que se le podría haber sacado, no obstante, otro partido. Y sólo hay que pensar en los desaprovechados paisajes rurales del norte, y urbanos del sur, toda una sinfonía para disfrutar filmando y que no han sabido mirar. Una historia para haberla contado de otra manera. Y más lenta, por supuesto. Hay tiempo para todo, para trabajar con paciencia y sensibilidad, también.
Publicado en El Mundo - Huelva Noticias (15.11.09)