Monday, October 19, 2009

Y si fuéramos somalíes

somalia

Si fuéramos somalíes, muy probablemente, o usted querido lector, o aquí servidor, estaríamos muertos. Nos habría matado el hambre, la guerra o la enfermedad, qué más da, pero muertos, lo que se dice muertos, seguro que al menos uno de los dos, lo estaría. De eso puede estar usted seguro.

No debería ser menester remontarnos a esos tiempos que en la historia de occidente conocemos como el Medioevo, pues sería demasiado prolijo andar ahora relatando como los primitivos somalíes deberion largarse hacia el interior, hacia Etiopía o las llanuras abisinias, cuando el territorio empezó a ser ocupado por árabes ya islamizados. Podríamos empezar nuestra singladura somalí por los tiempos en que Otto von Bismarck reunió en Berlín a lo más granado de la diplomacia internacional, de las grandes potencias de la época, se entiende, para escuadra y cartabón en mano, iniciar el reparto, entre otros territorios, del ya para entonces cada día más conocido continente africano. De resultas de todo este tinglado colonial, y pasado el tiempo, ingleses e italianos deciden inventar un bonito país. Sí, en efecto, ese que podría haber sido nuestro país en lugar de España o Alemania, en lugar de Chile o la República Oriental del Uruguay: Somalia.

Pues bien, somos somalíes y no nos conformábamos, algunos, esa minoría que siempre anda dando por culo en un lugar y en otro, en todos afortunadamente, con la situación. De hecho en la década de los años sesenta los jóvenes somalíes, educados según la cultura occidental o, directamente, en Occidente, elegimos a uno de los nuestros, a Abdul Rashid Shermaque, para dirigir los destinos de la joven como su partido en el poder Somalia. Por poco tiempo, claro está.

A finales de esa década, otro jovencito con ganas de andar dirigiendo el cotarro, se pone al frente de un golpe militar y se sube al sillón del primer ministro. Es Mohammed Siad Barre, que decide alinearse con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (q.e.p.d.) hasta que Moscú decide, porque aquí todo el mundo decide lo que le interesa, obviamente, apoyar a Etiopía en la guerra que por aquél entonces le enfrentaba a nuestro país, que recuerden que es Somalia y que nosotros somos somalíes como el que más. Faltaría, también, más.

Hasta ahora todo bien. Bueno, lo de bien es un decir, porque para entonces Somalía está más tiesa que un tollo y al margen de subfusiles ametralladores, minas antipersona y otras barbaridades, la despensa está más vacía que el ojo de un tuerto. El ojo que le falta, se entiende. Pero hasta ahora todo iba todo lo bien, o mal, que podía ir en un país cuyas infraestructuras respondían a los intereses de dos metrópolis, Roma y Londón, y no al sentido común de un país que, ya que lo habían inventado, podrían haberlo desarrollado también. Vamos, digo yo. Pero, no.

El caso es que en el norte a finales de los ochenta surge un nuevo grupo armado que quiere acabar con el Régimen de Barre. En poco tiempo, prácticamente todo el territorio somalí está en manos de este grupo que sólo un año después se va a convertir en dos. En dos grupos quiero decir. Armados, por supuesto. Son el Movimiento Patriótico Somalí y el Movimiento Nacional Somalí, que en 1991 empiezan a practicar el deporte con más licencias federativas de esta catástrofe en la que nos ha tocado vivir, Somalía.

Uno de estos grupos dominaba el norte del país, mientras el otro controlaba el sur, ¿pero quién había tomado las riendas de Mogadiscio, más o menos en el centro del país?… Efectivamente, lo ha acertado usted, otro grupo distinto, el Congreso Unido Somalí, que le dio una patada en el culo a Barre y se hizo con el control de la ciudad y poco más, pero que a todos los efectos eran la referencia para todos los países del mundo, muchos de los cuales aprovecharon la situación de caos que, esta sí que sí, dominaba el país, para negociar con el gobierno de Mogadiscio asuntos tan triviales como el poder tirar en sus costas los residuos tóxicos y nucleares que en nuestros países tan democráticos y tan lindos no queremos ver ni en pintura. Pero qué pasaba con el norte y con el sur: pues ya se pueden imaginar, un circo.

En el norte se crea un país nuevo que no reconoce ni la madre que lo parió y al que llaman Somalilandia, que suena a chiste, ya lo sé, pero es lo que hay. En el sur, aparece otro nuevo país o chiste llamado Jubalandia, y todavía a finales de los noventa surge otro más llamado Puntlandia, nombre derivado del nombre que egipcios y romanos dieron a estas tierras durante la Antigüedad Clásica, el país del Punt. Pero ni a uno ni al otro ni al de más allá, le reconoce nadie en el mundo. Para entonces, la miseria, esta sí, se ha apoderado de todo el país, del sur, del norte y del centro. Un desastre.

Y llegamos a este siglo y a este milenio con una Somalia federal. Como lo oyen, con dieciocho autonomías o algo parecido, aunque no con tanto poder decisión como aquí en España, pero para que se hagan una idea, un descontrol parecido en un país en el que de verdad de la buena, el que manda es el hambre. Y si no el hambre, sí la miseria. Como les venía diciendo, un desastre. Pero un desastre difícil de cuantificar, porque en pleno siglo XXI nadie es capaz de ponerse de acuerdo ni siquiera para conocer el número aproximado de somalíes que hay y poder poner en marcha una ayuda humanitaria que funcionara más o menos bien. En fin, repito, un desastre.

Instalado una especie de gobierno provisional federativo en Mogadiscio, se continúa con lo que los somalíes, usted y yo en este caso, han estado haciendo en el último medio siglo, es decir, a lo largo de toda su vida y la de sus padres y sus abuelos, la guerra. De hecho el país ahora, hace tres o cuatro años, estaba dividido tan sólo en dos, el territorio controlado por un galimatías de señores de la guerra agrupados en la rimbombante Alianza para la Restauración de la Paz y Contra el Terrorismo, muy propio; y las  milicias que sólo responden de sus actos ante los líderes religiosos musulmanes, que también están unidos en la Unión de Tribunales Islámicos. Hace poco más de tres años, en diciembre de 2006, los etiopes se lanzan al asalto de este país o lo que sea y arrinconan a los islamistas en el sur del territorio teóricamente somalí. Los mulahs, obviamente, que para eso están, declaran la guerra santa, la yihad. La guerra, el terror, la desolación y el más absoluto de los descontroles, continúan imparables, pero ¿qué hacenlos occidentales mientras tanto? Anda, pues que van a hacer, venir aquí a pescar, a tirar sus residuos y no vienen de turismo porque no está el horno para bollos, que si no, seguro que estaban tan ricamente tomando el solito en el cuerno de África, con los negritos bien retirados para que no estropeen su visión de otro paraíso más. El mar, el sol, una tumbona, un daikiri y una bandeja de fruta tropical. Ah, qué bonita es la vida. Para el que la vive, claro. En Somalia, la vida no se vive, se muere.

En la actualidad Somalia está en manos de facciones armadas, bandas de delincuentes o cómo ustedes nos quieran llamar, que reciben órdenes o bien del gobierno provisional de Somalia, formado por todos los anteriores territorios y partidas armadas; o bien de la Alianza para la Reliberación de Somalia, que está formada por todos los milicianos y líderes religiosos musulmanes que antes estaban en la Unión de Tribunales Islámicos y que no quisieron hacer como uno de sus líderes, Sharif Sheid Ahmed, que se pasó al gobierno de transición somalí, entre otras cosas para ser el nuevo jefe de estado.

Pues bien, si usted ha conseguido leer esto hasta aquí, dígame lo que haría si su pueblo está muertecito de hambre, pero de manera literal, si su país está absolutamente condenado a la miseria ya que no dispone apenas de infraestructuras, herencia de un pasado colonial y de una guerra que no cesa, y si las posibilidades de subsistencia al margen de tomar un fusil de asalto, tienden a cero. ¿Se iba a quedar viendo como las únicas redes que se calan en sus caladeros pertenecen a barcos extranjeros? ¿Se conformaría con ver cruzar mercantes y yates de placer frente a sus costas mientras sus hijos están desnutridos y tienen ante sí un panorama absolutamente desolador?

Ahora, sigan ustedes, occidentalitos de los cojones, llamando piratas a estos muertos de hambre. Continúen con su sinrazón cuando cortan con el mismo patrón a los hombres santos que asisten a los pobres, a los huérfanos y a las viudas y a los enfermos, mientras con la mano que les queda libre, cuando la tienen libre, llaman a la Yihad con rabia contenida y con la esperanza de que si no se consigue vencer, al menos el paraíso prometido puede que esté ahí, justo ahí, a tan sólo una milésima de segundo de distancia y al otro lado de la muerte.

Posted by Bernardo Romero in 19:27:44 | Permalink | Comments (1) »