Friday, October 9, 2009

La canción del pez volador

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Ángela Lergo posa sobre el mar de sal de una de sus obras (foto: El Mundo - Huelva Noticias)

Científicos cultivados en las técnicas aeroespaciales y en el origen de la vida, se afanan en buscar un rastro de agua en el planeta rojo. Pero Marte se oculta a sus sabias miradas.

En el Museo Provincial de Bellas Artes de Huelva, Ángela Lergo muestra el agua en el hueco que dejó el corazón extraído de una mujer que en su último aliento insufla vida. Y la vida son peces voladores que se le escapan desde esas entrañas abiertas. Ave fénix, nacimiento, muerte y resurrección. Vida, al fin y al cabo.

Obtuvo la artista el pasado año una de las prestigiosas becas Vázquez Díaz y ahora ofrece el resultado de otro afán, distinto y distante al de aquellos científicos empecinados en el hallazgo de átomos de oxígeno ligados a pares de hidrógeno. Agua. Como la que encuentra a su alrededor Ángela Lergo desde que iniciara, hace ya años, un discurso en el que el agua juega un papel esencial. También agua como inicio de la vida, como elemento esencial, pero buscado y hallado felizmente con otras técnicas, más ligadas al alma, que tienen los artistas. En realidad, lo que la artista ejecuta, es una forma de desvelar sus sentimientos. Y allí están, junto a lo que ella descubrió, apaciblemente expuestos en la sala Siglo XXI del Museo Provincial que gestiona la Diputación Provincial de Huelva – convocante también de las antedichas becas –.

En la antesala y nada más penetrar en el espacio expositivo de la primera planta, nos encontramos con unos ángeles manifiestamente humanos, surgidos de líquidos que en otros tiempos estuvieron coloreados de azules casi negros, pero que en este por ahora último capítulo que nos ofrece Ángela Lergo de esta historia afortunadamente inacabable, como la propia vida, esa que resurge de sí misma desde el albor de los tiempos, se nos aparecen desde la nada. Figuras que emergen iluminadas con la pura idea de la ilusión, del agua dadora de vida; o quizás desde un espejo en el que se observan a sí mismas, superficie acuática que encierra todos los secretos del origen de la vida, esos secretos que algunos científicos andan empeñados en desvelarnos, sin mirar a su alrededor y descubrir que hasta los más inescrutables misterios se revelan al hombre gracias a la intercesión del alma, fugaz y leve instrumento que no alcanza siquiera y a pesar de su infinito poder, a tener forma, tamaño ni dimensión alguna. La vida, en suma, explicada a los niños.

En esta sala primera que antecede a la instalación principal, están también “todos los momentos vividos” que Lergo nos ofrece de una manera descarnada y aparentemente dulce y sencilla, pero dura y dirigida directamente a los sentidos. Allí, y rodeado de todas esas inquietantes figuras, la artista ha escrito un poema de Apolinaire, encendiéndolo de carmín sobre una superficie plana y transparente. Agua. De esta superficie emerge una de sus figuras casi humanas, transformada en bestia. Y de aquí, a unos metros tan solo, el espectador se enfrenta a un mar de sal del que emerge, siempre el nacimiento presente, el misterio de la vida desvelado: una hermosa y silenciosa canción con peces voladores y almas abiertas de par en par.

Una figura femenina yace apacible sobre el mar de sal. De su pecho abierto brotan peces voladores. He ahí el misterio en todo su esplendor. Por ahí se escapa la primera creación de los dioses, de todos los dioses. Peces voladores que emprenden un vuelo lírico y coral tras abandonar el corazón entregado generosamente por la Madre. De nuevo ave fénix que hace brotar su propia vida de su propia muerte. Amor con amor pagado.

Lejos de aquí, a distancias siderales, máquinas exentas de alma, acechan cualquier resquicio del planeta rojo en busca del origen de la vida. Agua. Agua que Ángela Lergo hace brotar con generosidad desde un corazón hondo como el principio de los tiempos. Y sobre la figura yacente, sobre un mar de sal, un coro de peces voladores inician la danza más ancestral y simple que existe. La vida como fluir eterno. La vida, siempre después de la muerte.

Posted by Bernardo Romero at 18:47:35
Comments

One Response to “La canción del pez volador”

  1. Ricardo Bada says:

    Bernardo querido, me alegra verte de vuelta en tu página, pero por eso de haberte dado un garbeo por el país de Liliput, tu escritura se ha vuelto tan diminuta que hasta yo, que gozo de bastante güena vista, te tengo que leer con una lupa que me regaló Sherlock Holmes, cuando ambos trabajamos codo a codo, free lancer los dos, para el Servicio Secreto de Andorra. Por favor, viejo, un par de puntos más a la escritura. Gracias.

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