Crítica teatral: La curva de la felicidad
Una teleserie enriquecida
LA CURVA DE LA FELICIDAD, de Eduardo Galán y Pedro Gómez, Dirección: Celso Cleto. Escenografía: Celso Cleto. Iluminación: Francisco Ruiz Ariza. Intérpretes: Pablo Carbonell, Antonio Vico, Josu Ormaetxe y Jesús Cisneros.
Escenario: Gran Teatro. Aforo: 644 personas (Lleno) Fecha: 23 de mayo, 2009.
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Bernardo Romero
Huelva
Lleva cinco años dando vueltas y con varios actores encabezando el cartel. De ellos, dos, Pedro Reyes y Pablo Carbonell, han sido capaces de tomar esta comedia blanca y al menos enriquecer los diálogos para hacer algo más digerible el resultado. Los autores deberán de estar dichosos y felices, pues al ex torero muerto lo dejaron en un desierto y acabó encontrando petróleo.
Cierto es que Pablo Carbonell, como si hubiera llegado la obra con otro onubense de la diáspora, Pedro Reyes, principiando el atractivo cartel, tenía claro que jugaba en casa. El público por aquí le quiere, como hemos comprobado en más de una ocasión, pues no son extrañas las vueltas del antiguo miembro del consejo de redacción y editorial de El Pelotazo (órgano oficial del movimiento richardperixta) a la que durante bastantes y movidos años fuera su casa, y ello exclusivamente gracias a los festivales de cine, que conste. Pero además de una demostración de amor hacia este personaje que ha hecho del antihéroe eternamente perdedor, simpático, natural y en el fondo feliz, toda una marca de la casa, la comedia se dejaba querer. Eso sí, ampliada y corregida por el hacer de quienes formaron un dúo, Pedro y Pablo, absolutamente prodigioso en unos años ochenta que les vieron partir ya definitivamente de su ciudad, Huelva. Geniales. Tanto, que así les fue. Divinamente. En la cresta de la ola están y en ella se mantienen desde hace años, eternamente jóvenes, demostrando un dominio de la tabla de surf que les hace cabalgar sobre la mar salada con sobrado arte y profesionalidad.
En esta comedia de situación, desde luego, Pablo Carbonell se mueve como Pedro por su casa, y cuando quiere se hace unas empanadas de morcilla absolutamente geniales. El público lo nota y, en consecuencia, se lo agradece. Miel sobre hojuelas. Cierto es también que en algunas ocasiones, y no pocas, el texto muestra ciertas debilidades que le llevan a un resultado poco creíble, sobre todo cuando se empeñan en definir lo que ya está viendo el público, que se supone no debe ser obligatoriamente tonto; aunque habrá de todo, como en la viña del Señor. Explicar lo obvio, dar cuenta de la razón del hilo argumental olvidando, aunque sea por unos instantes, que el público está metido en la historia, que la conoce y entiende por tanto, no debería formar parte ni del guión ni debería saltar por encima del sentido común del director. Una cosa es que los guionistas, o autores del texto pero más bien guionistas de este telecapítulo, necesiten autoafirmarse en lo que están escribiendo, y otra muy distinta que eso se deba conservar en cada una de las representaciones que se han llevado a cabo en los últimos cinco años.
La historia de “La curva de la felicidad”, por trivial y hasta por cotidiana, se sigue con absoluta normalidad, obviamente sin excesivo esfuerzo. Pero los actores, con Pablo Carbonell como cabeza (y no sólo barriga) evidente del reparto, incluso siguiendo el texto, son capaces de sobreponerse y dar todo un recital de lo que es interpretar y disfrutar en el envite. Que hay momentos en que no se sabe quién lo está pasando mejor, si el público o los actores. Y eso, quiérase o no, se agradece muy mucho. Eso, simplemente, te hace ver que estás viendo y disfrutando de una obra de teatro. Luego, podrá ser mejor o peor, más compleja o menos compleja, más rica en los textos o más simple que un búcaro, pero teatro, lo que se dice teatro, lo es. Y se disfruta con estos excelentes teatreros. Disfrutaron ellos y disfrutamos los demás. Nos reímos. Eso, al menos, es lo que nos queda.
Publicado en El Mundo - Huelva Noticias (25.05.09)