La aljofifa del Macareno
Levantábamos los brazos presas del pánico cuando el camarero se acercaba a limpiar la mesa. “¡No, no, deje usted, que está la mar de limpia!”, y entonces, con cara de no entender nada, retrocedía. Daban marcha atrás el camarero y la aljofifa que traía entre las manos, de un color aparentemente gris oscuro, pero en realidad de compleja filiación cromática. Terrible.
Esto de librarnos de la aljofifa venía a ocurrir cuando estábamos alerta. Cuando la distracción nos vencía, el hombre alcanzaba el barniz con semejante hedor hecho harapos y te jodía ya la tarde. Era menester retirarse medio metro al menos de la mesa y esperar a que aquello se aliviase con la brisa que se colaba por las ventanas, por el airecillo que circulaba húmedo y frío por los bajos de la calle del Puerto, donde se ubicaba aquél establecimiento de nombre santurrón en el que nos refugiábamos quienes disponíamos de los diez reales que costaba una cerveza con su tapa de papas aliñás. Ya no quedan tabernas en Huelva.
Solíamos echar la tarde allí, y algún que otro mediodía que ventilábamos jugando a las siete y media con una baraja española cuyo mazo alcanzaba, y no piensen que es exageración de viejo, sus siete centímetros de tomo. Y lomo, el que tenían aquellos naipes mugrientos tan difíciles de barajar. Toda una contradicción en sí. Bastará recordar que de cada tres manos al menos una había que echarla atrás, por que al repartir, las cartas se repartían mal al ir algún naipe pegado a otro. Pegados con mierda, habría que aclarar por si alguno de ustedes lee esto tal como es de condición natural leer un periódico, de manera distraída. Pegadas las cartas con mierda. Con mierda de siglos y de desgana.
Y nosotros, los chiquillos, sueltos. Fumábamos, jugábamos a las siete y media, y bebíamos cerveza. Éramos jóvenes y dichosos. Catorce o quince años más o menos tendríamos por aquellos inviernos de Macareno y calle Concepción, de plaza de las Monjas y soportales de
la Gran Vía. Huelva, que aún era pueblo, no como ahora.
Ahora no te venden tabaco si no es con el carné de identidad por delante, pero eso sí, al Instituto llegan funcionarios de la Junta de Andalucía repartiendo condones y folletos del Instituto Andaluz de la Juventud. Entonces ibas a una farmacia, pedías con timidez y temor una caja de preservativos, que es como se llamaba entonces educadamente a los condones, y lo más normal es que tuvieras que salir corriendo si el boticario era tridentino o simplemente un mancornao. Con el tabaco no había problema alguno: tres celtas, una peseta. Los tiempos, que andan cambiando. Indudablemente a mejor.
Que quede constancia del aserto anterior, que uno es viejo pero no tan anormal como para repetir eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, tal como lo han ido repitiendo generaciones y generaciones. Y ello a pesar de que ya no gastamos taparrabos ni comemos raíces y caracoles, carroña y niños crudos como nuestros antepasados Sapiens sapiens de Atapuerca, que Dios tenga en su gloria.
Tiempos. Todos iguales, ya les digo, aunque cada día que pase sea mejor que el anterior. Y ahí está la hediondez de la aljofifa del Macareno para refrendarlo y recordarlo a quien lo quiera recordar.
Al final, de toda aquella Huelva desvencijada, te sigue asaltando el olor a orín de los meaeros de las tabernas, los lapos rebotando en el serrín y las calles anegadas con las lluvias de otoño. También persiste el olor a vino rancio del Zeppelín, el de las ramas de pino exornando las esquinas de una barra en la que los parroquianos gritaban al mus: “¡Envío!”. “¡Toas!”.
Al final, de aquella Huelva pueblerina y pobre no nos queda más regalo que el saber que todo tiempo pasado fue peor; y que hoy, a pesar de las crisis y las estrecheces que se empiezan a vislumbrar, el hedor de la aljofifa del Macareno no reúne méritos ni para contarlo a los nietos, incapaces ellos de saber que hubo un tiempo en el que la mugre se soportaba con gusto. Y si no, ahí tienen ustedes lo que fue el paseo de la Punta del Sebo y en lo que lo convirtieron durante aquellos años sucios, hediondos y terroríficos que a algunos nos tocó vivir.
Entonces no pudimos gritar que no, que dejaran aquello como estaba, que estaba la mar de limpio. Nuestros hijos y nietos sí que podrán ahora gritar y exigir: “¡Dejen el río en paz. Váyanse!”. Es el tiempo de ellos, un nuevo y mejor tiempo.