Está viviendo Huelva unos años de auténtico apogeo flamenco. Guitarras de auténtico lujo o voces bien talladas que se hacen oír en los mejores escenarios, dan cuenta del nivel que esta provincia está alcanzando en el mundo del cante jondo. El viernes pasado en
la Peña Flamenca de Huelva, cantó – y cómo cantó – la onubense de Heidelberg Regina. Un portento de voz y sabiduría flamencas, otro nombre para tener en cuenta en el universo de los cantes grandes. Y una figura que en los próximos meses tiene previsto sacar a la luz su primer trabajo discográfico, muy adelantado en la grabación y en el que han colaborado artistas de la talla de Bobote, Ismael Serrano, Eugenio Iglesias o Paco Cortés, el extraordinario guitarrista granaíno que acompañó en su actuación en la peña de la Avenida de Andalucía a una cantadora, de cante y encanto, como se gustó en nombrarla el presentador de la actuación peñera Paco Company.
Cantó y encantó pues al público no demasiado numeroso que se dio cita en la Peña Flamenca de Huelva, algo a lo que ya estamos acostumbrados y que ya hemos podido ver como ocurre no de forma excepcional sino habitual. Pues no es aún Regina una artista popular, que para eso tienen que intervenir las emisoras de radio y televisión, pero sí reconocida por los entendidos y expertos en arte flamenco, que ven en la onubense mucho más que un portento de genio y talento, de sapiencia y buen hacer, de extraordinaria y potente voz, pues se admira sobre todo su entrega y sentido interpretativo, todo lo cual viene a demostrar lo que ya es, artista, pero también lo que será cuando el gran público la conozca y sepa de lo que es capaz quién además de dominar la copla, está dedicada por convencimiento y pasión a tareas tan difíciles, complejas y gratificantes como son estas de los cantes grandes.
Por tientos tangos empezó Regina sobre el tablao. A su lado, la guitarra de todo un señor del toque, Paco Cortés, que fue metiéndola en el compás para terminar, ya por tangos, con la versión de las banderitas gitanas de aquella popular letra que contaba lo bonita que estaba Triana cuando colgaban de su puente banderas republicanas. Después algunos versos que popularizó Camarón y al fin, un poderoso final para unos tangos que auspiciaban lo que después se confirmaría, que aquí hay artista para dar y tomar.
Vendría eso como corolario final, pero antes, desgranando una actuación soberbia, pasó por la soleá haciéndola puro sentimiento. Alfareros de Triana en la doble esquina donde principia la calle Castilla que termina en el Surraque, que decían los antiguos como el cante por soleás era distinto en cada portal desde este otrora desierto lugar hasta la calle la Troya. Triana en toda su puridad y Regina llevando el lamento prendidito en el corazón. Cantando de verdad. Y de Triana a Granada, que sólo hay una tiraíta si por el camino está la voz de Regina introduciendo una sinfonía completa en una sola sílaba, y más aún si en el concierto está una guitarra afinada en la gloria como la de Paco Cortés. El drama, el amor y el desamor de la granaína en la voz, pero también en la interpretación de una gran cantaora. Y luego por Cai, que de naita podía faltar. Cantes por alegrías que resolvieron una primera parte para enmarcar. Y aún quedaba más.
Con un hermosísimo traje negro y pañoleta colorá de lunares blancos, Regina quiso regalar a los afortunados aficionados que se dieron cita el viernes en la Peña Flamenca de Huelva, un cante que no menudea por estos recintos flamencos, el cante por bamberas. Alegres y desenfadadas las cantó, para abrirse luego camino la de Heildeberg hacia el momento cumbre de toda su actuación, unas seguiriyas que pusieron en pie a un público que no se podía creer lo que estaba viendo y escuchando. Por seguiriyas, sin lugar a dudas el cante más complejo y difícil del infinito flamenco, la cantante onubense estuvo realmente espléndida. Pocos artistas pueden tener un final con tanto poderío, ni pueden ejecutar un cante desde lo más profundo del alma, como necesariamente hay que cantar este admirable y sentío palo flamenco.
Entre el ir y venir de su actuación, tocó el turno a unas bulerías que fueron, como siempre son, del agrado del respetable, para terminar, como no podía ser de otra manera, por fandangos, no sin antes pedir un aplauso para un guitarrista, guarecido en las sombras de un rincón del amplio salón de la Peña, que no escapó a la mirada, limpia y hermosa de Regina, el Niño Miguel. De los fandangos no les voy a relatar nada, sólo que allí, en pie y sin micrófono, estaba la imagen de una dolorosa cantando por Huelva. Sólo eso les contaré, que ya es bastante.