Gibraleón, vino nuevo con jazz

Llueve y “Los cuatro elementos” siguen tocando en el alpende de la bodega Maroto. Foto El Mundo - Huelva Noticias
Al mediodía, ya estaban los músicos tocando en la vieja taberna y bodega de Maroto, en Gibraleón, poniendo las notas a esta peculiar manera de recibir al vino nuevo que tienen en la villa tendida al Odiel. Olontia se llama la sociedad cultural que anima este y otros saraos, siempre con la música, las letras o las bellas artes de fondo. Cultura que sirven, atentos y bien dispuestos, con el lógico, normal y necesario deseo de divertir.
El cielo era otra cosa. Amenazaban hermosos nubarrones grises casi azulados por la parte de poniente, y el personal, ajeno a la información meteorológica, de aquí para allá, portando jarras de vino nuevo y bolsas con carnes de ibérico, con chuletitas de cordero, con piezas de todo tipo y color que por riguroso turno iban acercando a las brasas de la chimenea.
Los tostones merodeaban también el calor y los asiduos de la taberna, sonreían y se removían inquietos ante el impropio quebramiento de su rutina. En el patio, bajo unos antiguos lavaderos, las orquestas se fueron turnando todo el día, como la carne en el asador, unos detrás de otros. Jazz, mucha música popular devuelta a sus orígenes, a las tabernas, como esta de Maroto. El sábado pasado, desde la una del mediodía y hasta que los músicos se cansaron de tocar y la lluvia ya no lo permitió más, hubo mosto, vino nuevo a ritmo de jazz, risas y agitación en las miradas. Diversión, mucha diversión.
De vez en cuando el agua mandaba callar. Llovía, quiere decirse, y los músicos abandonaban los instrumentos para arrimarse también a la jarra de vino y al tostón con chuletas, animados como estaban por el humo que les envolvía, como en los conciertos heavy, pero no crean que humo artificial y falso, sino auténtico y verdadero, humo de las barbacoas que en el patio sumaban su esfuerzo al de la chimenea del interior, alimentadas con magnífico carbón de encina, el que mantiene las brasas más tiempo. Chuletas en la parrilla, mosto en la jarra y música en el alpende. Así que almuerzo musical, una matinal como las del Price, pero con chuletas de cabezada y pancetas de cerdo enormes y grasientas: humo para el personal actuante, fumarolas con sabor a encina e ibérico que envolvían una canción. Gibraleón, un poco de mosto y jazz.
De jóvenes íbamos a Gibraleón, a las bodegas. Comprábamos algunas chuletas o unas sardinas embarricás, de esas que ahora venden al vacío y llaman sardinas arenques. Pues de esas, de esas que antes recibían al cliente en las tiendas de ultramarinos y en los colmaos, en cajas redondas de finas tablitas blancas, bien dispuestas en su interior, radios oscuros de un plateado brillante que giraba al oro viejo, salado cromatismo opaco. Las aplastábamos en las puertas para extraer con más facilidad la piel y las escamas. Luego las acercábamos al tostón caliente, adornado de manera funcional con cuidadas incisiones reticulares y brillando al hilo del aceite de oliva sobre el ajo refregado con ansia. La jarra de vino allí, justo al lado, acompañando el festín.
Se ha mantenido la tradición en Gibraleón, en pocos sitios ya, de andar trajinando entre las brasas de las chimeneas de los antiguos bodegones, de las tabernas. Todavía hoy, como antes, se puede llevar usted unas chuletitas para acompañar el vino joven, el mosto que de forma harto equívoca llaman al vino joven, al que se vendimió a finales de verano y que ahora está listo para salir de las botas, delicioso, con su peculiar sabor afrutado y con cierta turbidez que no empaña las ganas que te da el probarlo con solo oler la fruta que desborda el vaso. Ahora al vino blanco, le sigue el tinto, nuevos experimentos en esta tierra vieja de vinos. Las cosas todavía no están muy finas en algunas bodegas, en algunos aficionados que se animan a dejar la uva más tiempo en contacto con el hollejo, así que en alguna ocasión puede salir el vino húmedo, bastante incómodo de beber. Mejor seguir con el blanco, con el vino nuevo a ritmo de jazz. Llueve.
El interior del bodegón se anima y en la barra se animan las raciones de garbanzos con bacalao, los platos de jamón… No todo iba a ser carne a la brasa. El menú es de un tabernario impoluto, abre las ganas de comer. Más vino. Escampa.
Un tropel de niños pequeños juegan con un grifo y luego, alejados por algún adulto responsable, se van a la corbata del escenario, a bailar y a gritar delante de los músicos de jazz, que cuando pueden les responden con una sonrisa. Acabo de volver a los años setenta y para colmo me encuentro con amigos de la infancia y de la primera pubertad, la más complicada. Más vino. Y jazz, más todo lo demás… un saturday como los de antes. Qué cosas, a esta edad.