Monday, October 13, 2008

Tiempo para leer

Hay un especial consenso a la hora de quejarnos de lo poco que leen los jóvenes españoles, o en su caso los jóvenes andaluces, que son no ya los que más cerca nos caen, sino que son nuestros propios hijos, esos que a primera hora de la mañana están a nuestro lado, junto a usted, con cara de sueño y liados como pueden con el colacao, el pan tostado y la mochila, absolutamente plúmbea, cargada y atosigada como ellos mismos, la mochila que yace allí al lado de su hijo, junto a sus ya rendidos pies.

Leen poco. Asegura todo el mundo que leen poco. Lo asegura buena parte del cuerpo docente que se hace cargo de ellos desde que usted se va a currar hasta que vuelve a la hora de comer; y hasta las dignísimas autoridades que ahora han tenido la ocurrencia de encerrarlos media horita más en el Instituto todos los días.

Todos lo dicen, todos lo afirman, solapada o abiertamente, justificando de paso el bajísimo nivel que presentan los alumnos andaluces a la falta de lectura, a lo poco que leen estas criaturas humanas que tras desayunar con prisas se dirigen a su centro escolar sin rechistar, en silencio, solos o en compañía de algún colega que va con más sueño que él todavía, o con el mismo, que un mismo sueño es. Y al Instituto, lo que es llegar, llegan.

Allí despiertan, y allí empiezan un nuevo día. Seis horas y media. Seguidas, una detrás de la otra con media hora para poder charlar con los amigos, con los compañeros, mientras atacan un sándwich o un bocadillo de mortadela con la impasible avidez de quién necesita recuperar fuerzas aunque no lo sepa. Fuerzas para terminar la larga, larguísima jornada matinal. Una mañana en el Instituto, claro está, donde tienen que superar diez u once asignaturas, todas con igual nivel de exigencia, que esto de la democracia entendida como media aritmética, ha llegado también a la escuela. Qué se le va a hacer. Así que diez u once asignaturas, una detrás de la otra, como las seis horas, más media de recreo y un bocadillo, que se comen cada día. Una brutalidad.

Luego llegan a casa. Están ahí al mediodía, con el telediario ya alcanzando la información deportiva, lo más cercano que tienen a sus reducidos mundos, jibarizados como están por el exceso de comunicación que les alcanza totalmente desnudos, por la absoluta falta de solvencia a la hora de digerir semejante volumen de información que les llega por todos lados: Internet, televisión, radio, mp3, playstation, videojuegos…, que le atosigan por mucho que no lo sepan. Ahí los tienen ustedes, devorando el filete con patatas y rehuyendo las preguntas de sus progenitores cuando las hay, aunque puede que ni eso.

A las cuatro y media se largan a su habitación. A estudiar, ¿eh? Sí, claro que sí. A estudiar, para qué descansar, para qué quedar con los amigos, para qué jugar a la play, para qué oír su música preferida, para qué ir al parque a descubrir el mundo mientras comen pipas sentado en el respaldo de un banco… para qué vivir.

A las ocho en casa para hacer las tareas antes de cenar y luego a la cama. La televisión es para los mayores, así que si quieren compartirla, ahí tienen cochambrosos programas de cotilleo en el que aprender que la vida es mucho más fácil de lo que le cuentan en el Instituto. Total, cuatro putones y cuatro golfos que presumen de consumir y trasnochar reciben recompensas millonarias por aparecer en las pantallas de un televisor. Famosos, además. Es lo que hay.

A la cama. Después de dejar el rabillo de la pera en el plato que está reflejando el resplandor del televisor, la pantalla que guarda esas glorias efímeras como la propia vida, a la cama.

Y estos jóvenes ¿cuándo leen?

Hace poco, desde
la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, saltó una idea luminosa y espléndida como todo lo que hacen, justo como esto de mantenerlos encerrados toda la mañana en el Instituto, mientras dura la jornada laboral de sus padres. Horario de guardería, descaradamente. La idea fue la de ponerlos a leer en el colegio. Estupendo, totus revolutum. Todos a leer una novelita juvenil. Los que podrían estar leyendo a Kierkegaard en danés y los que no saben hacer la o con un canuto, todos por igual valientes. Plan de lectura le llaman a eso. Así que ale, a leer jóvenes que abandonáis la pubertad, venga sturm und drang: la pe, con la a, pa…
Lo que no se les va a ocurrir nunca es ocuparse de la educación, de la educación de los jóvenes. Respetar sus vidas, dejarlos aprender en paz. Horarios consecuentes con el proceso de enseñanza aprendizaje, y asignaturas las justas para que alcancen un nivel de formación adecuado a sus capacidades. Y ya está, hombre, ya está. Qué tampoco es tan difícil tener un poco de sentido común.


El Mundo - Huelva Noticias, 13 de octubre, 2008

Posted by Bernardo Romero in 09:57:50 | Permalink | No Comments »