Flamenco del de antes

foto: deflamenco.com
Entre unas cosas y otras, estoy casi dejando de escribir en el periódico. A partir de ahora sólo firmaré una página los lunes y las habituales críticas de teatro, así como algo que de vez en cuando vaya surgiendo. La verdad es que estoy con otros proyectos y uno ya no está para mucho trabajar. Entre los años y el que el vicio de escribir lo remedio con esto de los blog, pues eso, que cada vez escribo menos. En el periódico, quiero decir, ya que por otro lado me estoy encontrando con la literatura y ando metido en un nuevo berenjenal relativo a la cocina, y además en un cuento corto.
Pero el motivo de esta entrada es que ayer estuve en la Peña El Higueral, donde cantaba nada menos que José el de la Tomasa, acompañado de la guitarra de Paco Cortés. Eso mereció un esfuerzo y a altas horas de la madrugada, cuando regresé a casa, escribí un artículo de estos extemporáneos para El Mundo - Huelva Noticias. Es exactamente el que sigue a estas líneas:
CALLEJILLA DEL DUENDE
José el de
la Tomasa, por fin en Huelva
Bernardo Romero
Por fin en Huelva. Eso es lo que exclamó don José Giorgio Soto, más conocido como José el de la Tomasa, cuando se encontró en la Peña del Higueral con otro cantaor que es de esta ciudad, la mía y la suya, aunque haya nacido usted donde a Dios le haya venido en gana, que para ser de Huelva es sólo menester vivir y laborar aquí; pues en esta ciudad digo, en esta arrinconada villa que tardará muchos años en reconocer a don Eduardo Hernández Garrocho, cantaor. Huelva.
Es este José hijo de Pies de Plomo y de la Tomasa, y sobrino nieto por parte de madre de Manuel Torre, una leyenda del cante flamenco del que García Lorca dijo que era el cantaor “con más cultura en la sangre” y Pericón de Cádiz que oyéndolo cantar “se te metía el sonío suyo en el oído y ya no lo perdías en tres semanas”. Pues este José, que hoy pasa por ser la pura esencia de lo hondo, volvía a la que también es su ciudad, la que conoció cuando el flamenco era un arte sumergido en las noches negras del Quitasueños y el Pepe Cambra, la ciudad a la que venía y se iba en el coche de Arturo Damas con una caja de pescao que se mercaba en la pescadería vieja, en la subasta: “que no veas la sopa que hago yo con esto” y esto era una cabeza de rape que sólo sabe apreciar gente como él, que aprendió el oficio de marinero de su propio padre en el río Guadalquivir cuando el río era eso, río.
Pero no terminó por ser ese de marinero su oficio, sino el de cantaor, como demostró con la naturalidad que sólo tienen los grandes por malagueñas, que es como principió la actuación que daba inicio a la temporada en la modesta pero grande Peña Flamenca de El Higueral. Anita, Ana Peralta, que sabe hacer las cosas como ella solo sabe hacerlo.
A su lado, Paco Cortés, granaíno que sabe poner, cuando hace falta hacerlo, las seis cuerdas al servicio del cantaor, que daba gusto verlos disfrutar y cruzarse miradas cómplices en un recital que transitó por las ondas saladas de la cercanía. Y ahí estuvo el resultado, en esas malagueñas y en todo lo que siguió luego, como las bulerías por soleá, que los más viejos llaman bulerías del golpe, por el ritmo seco y contundente que sigue el cantaor. Un cante que el propio José el de la Tomasa ubicó en la Alameda de Hércules, en los lugares que el vivió, que no es poca enseñanza esa. Y luego se fue por tarantos, y por alegrías, cantándole a la mar en la que sigue faenando en sueños, para seguir por fandangos, que quisieron primero ser naturales: “por Huelva no, que le tengo mucho respeto”, aunque luego, y con el público entregado, se fueran al Alosno, a la manera de cantar de Juan María, para terminar con el alma en la voz de Paco Toronjo, otro genio a cuya vera aprendió a cantar y a sentir el flamenco, como lo hizo mucho antes con Pepe el de la Nora.
Y a poco a poco, lentamente, la voz se le iba tornando más poderosa, el timbre más enorme, para casi terminar por los cantes más difíciles y más complejos, por los más exigentes y que suelen ser por los que empiezan quienes quieren guardar la voz: soleares y seguirillas. Casi nada.
Tenía metío en las redes y a estas alturas al público, selecto para la ocasión: el guitarrista Antonio Dovao, el pintor Pepe Jiménez, el dicho Eduardo Hernández Garrocho, el también maestro Mario Garrido, o la jovencísima cantaora Rocío Márquez, que acaba de traerse para Huelva la Lámpara Minera. Y con el público a su lado, arropándolo, José el de la Tomasa, leyenda viva del cante jondo, se fue por fandangos, ahora sí con nítidos aires huelvanos, y luego por bulerías para cerrar una noche inolvidable, una noche de cante para rabiar.
El cantaor sevillano estaba por fin en esta que es también su casa: por fin en Huelva. A los que estaban allí, a su vera, les contaba: somos los tres hermanos, él – Eduardo Hernández Garrocho – el Perejil y yo. Y reía. Pero del parecido no sólo se asombra José, que su padre le dijo un día a Eduardo tras encontrarse con él: “Anda, mira tú por donde, ahora mismito he estao yo con tu hermano”. Con José, que bien parecidos que son los tres. El Perejil, Eduardo y José.
Muchas noches de flamenco por estas tierras y ahora un momento para recordar. “Estoy aquí, en Huelva, que es como estar en casa”. Y cantaba José a los mares y a los ríos, al amor y a la muerte, cantaba José con esa naturalidad que sólo tienen los grandes, y con esas calidades tonales, con esos timbres que, también, sólo tienen los grandes. Los grandes como él. José el de la Tomasa, pura leyenda del flamenco, como lo fueron sus padres, Pies de Plomo y la Tomasa, como fue Manuel Torre, gitano analfabeto del que dijo García Lorca que era el cantaor “con más cultura en la sangre”.
Y allí estaba José, con la guitarra medida y dulce de Paco Cortés. Qué noche de flamenco, qué noche en El Higueral.
