Monday, July 7, 2008

Del suicidio como abandono

Festival de Teatro y Danza Castillo de Niebla
ARIADNA, dramaturgia y versión de Carlos Iniesta (sobre textos de Nietzsche, Ovidio, Hofmannstahl, Catulo, María Svietaieva y David Pujalte). Dirección: Ricardo Iniesta. Escenografía: Juan Ruesga Navarro. Composición musical: Luís Navarro. Dirección Coral: Esperanza Abad. Vestuario: Carmen de Giles. Iluminación: Nacho Almarcha. Intérpretes: Jerónimo Arenal, Aurora Casado, Joaquín Galán, Silvia Garzón, Raúl Vera, María Sanz, Lidia Mauduit y Alba Mata.

Escenario: Castillo de los Guzmán. Niebla. Aforo: 900 personas (3/4 de entrada) Fecha: 5 de julio, 2008.

(****)

Es el suicidio un final y solución harto romántico para una tragedia. Y fácil. Esta ha sido sin lugar a dudas la intención de Carlos Iniesta cuando despeñó a la hija de Minos desde un acantilado rocoso en Naxos. Si esto es así, nos estaríamos situando en pleno siglo XIX, mucho más acá de los tiempos en que los héroes les hablaban de tú a los dioses. Ariadna, hija de reyes, amante de un guerrero ejemplar, también hijo de reyes, como fue Teseo, o Ariadna que desdeñó los amores de un auténtico dios, Dionisos, no podría tener un final tan romántico y simple, tan ignominioso aún, como el suicidio. Los griegos, no cejaban en su empeño, y luchar contra los imponderables del destino, fue su sino. Esas luchas cruentas y sin piedad que desarrollaron, las acciones temerarias a las que les impulsaban los dioses, no podían terminar en ese vulgar abandono de la lucha que es el suicidio.
Ariadna, asesinada por Artemisa, aceptado el amor de Dionisos para vengar la afrenta del abandono (y luego, si se desea, en brazos de Teseo que vuelve al lugar en el que no debió abandonarla ni a los dioses siquiera), o fulminada por un rayo mientras osa arremeter contra todos los dioses, que luego la coronarán arriba de todos los nortes, no puede suicidarse. Eso sería como volver atrás y retomar de nuevo la construcción de los cimientos del pensamiento occidental. Suicidada, nunca. Nunca esa decadencia. Empeñada en la lucha por la dignidad y el honor del género humano, que no otra cosa es el valor de los guerreros y aún de los héroes, sí. Muerta si se desea, aniquilada, devorada por las alimañas y desperdigados sus restos por esos acantilados a los que Iniesta tan arteramente la fue a empujar. Pobre Ariadna.
Todo lo que el profundo terror y dolor de la tragedia permita, pero no más. La cobardía del suicidio, es evidente, no me acaba de encajar para una joven que prefirió el amor a la sumisión, el riesgo a la comodidad de un palacio y de un reino. Cnossos, rojo y azul.
El espectáculo de Atalaya, en colaboración con el Centro Andaluz de Teatro (tampoco creemos en la intervención del poder en las artes, pero en fin, moriremos en una patria subvencionada y servil, ajena a nuestros orígenes) es absolutamente delicioso, enorme en los conceptos y extraordinario en la intención. Sólo la escenografía, los vestuarios, la iluminación y la cadencia de este rápido espectáculo (poco más de una hora de duración), soportan una acción auténticamente vertiginosa, trepidante, plena de ritmo y de una plasticidad asombrosa. Los actores, jóvenes (sólo jóvenes pueden soportar este este esfuerzo físico) y absolutamente bien preparados, asumen el reto y hacen de Ariadna un espectáculo difícilmente destinado al olvido. A ese olvido, que es fin y muerte, otra muerte más, que es el suicidio.
Director y autor de los textos, han trabajado duro, de manera sobresaliente, y eso se nota. El espectáculo es absolutamente redondo y creíble. Lo del suicidio, créanme, es pura manía personal. Me disgusta la debilidad.
Crítica de teatro. El Mundo - Huelva Noticias, 7 de julio.

Posted by Bernardo Romero in 08:52:48
Comments

Leave a Reply