Estás en un restaurante de esos de precios elevados y poca sorpresa en el plato, de esos con precios que no se corresponden a las características estéticas o funcionales del local. Queremos decir que es un restaurante de mucho pim pim, pero en el que usted le huele el aliento al señor que está almorzando en la mesa de al lado, Vamos, que tiene usted que saborear con él las gambas al ajillo que se anda comiendo.
Son esos restaurantes de mesas muy juntitas y camareros que vociferan lo de media de chipirones para la mesa cuatro, por mucho que no le importe a nadie si a usted le gustan los chipirones o no. Pues bien, estamos en uno de esos.
El de la mesa que está pegandito a la de usted, ha pedido un cafelito con leche terminadas las gambas al ajillo y saca el paquete de rubio americano. Enciende el pitillo y lanza una bocanada de humo. El restaurante, chusco como se venía diciendo, es de esos en los que no sólo está permitido fumar, sino que lo avisa en un cartel donde vindica y se vanagloria de fomentar tan molesto vicio: “Aquí SÍ se puede fumar”. De modo y manera que mientras el menda enciende el tallo, usted está con lo suyo, y al abrir la boca para engullir el chipirón, se te cuela hasta los higadillos el humo del interfecto, quién disfruta de toda la libertad del mundo para perjudicar gravemente su salud, pero que no sabemos bien por qué razón disfruta de igual derecho a joderle a usted con el humo, quiere decirse a que los demás no seamos libres de disfrutar de unas chuletillas de cordero o de un solomillo al oloroso con reducción de miel y romero. No, usted se puede comer lo que quiera, pero deberá ser al oloroso del rubio americano que se fuma el de al lado. Correcto.
Lo peor de todo esto es que existe una curiosa ley que prohíbe fumar a un funcionario en la ventanilla de pagos de la oficina de recaudación, por poner un ejemplo, cuando a mí, personalmente, me importa un pimiento que el señor de la ventanilla número cinco se fume todos los pitos que le vengan en gana. Total, para tres minutos y medio que voy a estar en la ventanilla apoquinando la tasa de basuras o el impuesto de circulación… Pero, curiosamente, esa legislación no impide al del paquete de rubio americano que te lance una bocanada de humo mientras te comes el solomillo, los chipirones o el tiramisú. Curioso.
En Francia eso no va a volver a pasar. Pero claro, los gobernados por Sarkozy, un señor de probada sensibilidad y buen gusto, son otra cosa. Ni distinta ni distante, sino otra cosa. Los gabachos vivieron su revolución liberal mucho antes que esas ideas fueran siquiera respetadas en España. Ellos mandaban a l’Ancien Régime a la guillotina, mientras por aquí Carlos IV se entretenía reparando relojes y su niño daba muestras de tener una mala leche impresionante. En la Francia de Sarkozy, desde el 2 de enero, no se fuma en los restaurantes.
Por no fumar, ya no podrán fumar los franchutes ni en las discotecas, esos lugares oscuros y de música a toda pastilla donde casi lo único que se podía hacer era fumar, beber y, en su caso, echarse uno un bailecito con la parienta o, como dicen los manuales de la nueva FEN con el pariente. Si eso es del gusto del bailongo en cuestión, quede claro.
Hombre, digo yo que todo tiene un principio, pero también deberá tener un fin. Será menester tener sentido de la mesura y creo que fumar en un garito mientras la música te atraviesa el cerebelo a decibelio limpio, tampoco es lo peor que te puede pasar. Con lo fácil que sería decir que donde se come no se fuma y en el resto de lugares del mundo, que cada cual se busque la trombosis o el cáncer de pulmón como más le plazca. A mí, desde luego, que no me fastidien un solomillo al oloroso con un Celta emboquillado.