“Downtown” en el Colegio de Arquitectos
Santana. Escenografías y otras estampas
Vive Enrique Romero Santana (Lepe, 1947 aunque no lo parezca) en una ciudad que es destino de los amantes de la arquitectura moderna. Pura racionalidad, función urbana, modelo y visita obligada de todas y cada una de las generaciones de arquitectos que se forman allá o acá, en Europa.
Asomado al lago Michigan, desde su estudio de Chicago, Santana pinta lo que ve, lo que escruta con meticulosa atención, quiero decir la ciudad, las entrañas vacías, que no solas, de la ciudad. Los personajes no aparecen. Es natural, el pintor quiere pintar la esencia de esas arquitecturas que le deben seguir sorprendiendo después de los muchos años que lleva viviendo allí, en la ciudad que lo hizo un pintor de sobrada fama y envidiable cotización. Artista, lo era ya de antes.
Decíamos y tenemos que volver a ello, que los personajes, las figuras, no aparecen. Por supuesto que no, muestra el pintor lo esencial, los volúmenes sirviéndose de las sombras, los espacios cerrados y los espacios abiertos al observador y a los cielos apenas cruzados por nubes. Ya les vengo a decir e incluso a insistir en que no hay figuras, pero sí vida. Ahí está el agua, reflejando toda esa escenografía elaborada con extrema pulcritud, con la paciencia de quién es dueño de todos sus tiempos, y con la meticulosidad de quién no mira, sino observa. Escenografías. Quizás por ahí empecemos a entender algo de la pintura sorprendente, romántica, de Santana. De su genialidad, también.
Podría parecer que el pintor pretende describir esa ciudad modélica en su arquitectura, o en sus arquitecturas: son tantos los que por allí pasaron, quienes allí dejaron su huella de ladrillo y zinc, pero si somos capaces de evitar que Chicago nos desvíe la atención, lo que es esa ciudad, entenderemos como el pintor va más allá. Santana está pintando esos lugares en los que se desarrolla la acción. Paisajes. Recuerden como los paisajistas holandeses se empeñaban en mostrar el movimiento de los árboles mecidos por el viento poniente, o las nubes empujadas amablemente desde el mar. Eso es paisaje, por supuesto. Pues lo de Enrique Romero Santana, también. Paisaje urbano. Puede que ya nos estemos enterando de algo. Al menos quién esto escribe, después de muchos años admirando su quehacer, su trabajo paciente y brillante, empieza a descubrir alguna cosa en ellos, a entender por qué razón atrapa al espectador. Por qué razón Santana es quién es. Pintor. Desentrañador de la ciudad. De esa o, ya con absoluta rotundidad lo podemos afirmar, de cualquier ciudad, por mucho que el lago, las luces del lago o el movimiento de las aguas – miren: agua, más vida – tal como él las observa desde su estudio, desde su ciudad, sean diferentes de otras ciudades, de otros paisajes urbanos. Creo que Santana podría describir también Madrid o Singapur, Rótterdam o Tel Aviv, tal como describe, desnuda, antes de la acción, la ciudad de la que seguro un día se prendó. Amor.
Hoy, ya lo saben, la escenografía es lo primero que se presenta al espectador de una función teatral. No se esconde tras el telón. Está el escenario abierto y el espectador ocupa su butaca consciente de que el espectáculo ya ha comenzado. Escenografías, como parte esencial de la obra, de la función, de la acción. Romero Santana lo sabe. Pinta la ciudad, desnuda por supuesto. Tal como aquellos paisajistas holandeses pintaban el campo, abierto a la imaginación del espectador. Desnudos. Paisajes sin figuras.
Estampas también. La vida plena y agitada de la ciudad en una azotea que recoge suavemente las últimas luces del día, o de un depósito, una chimenea o un paso elevado que recibe la primera luz del sol. Contrastes. Preciosismo, la belleza de las cosas. Eso es lo que Enrique Romero Santana está buscando, encontrando y poniendo delante del espectador. Minuciosamente descrito sobre el lienzo. Pincelada a pincelada, con paciencia y tiempo, el artista va describiendo los ritmos acompasados de la ciudad: en el color, en las formas. De esta ciudad, de su ciudad, Chicago, pero también de todas las demás. Del mar, fíjense, qué curioso, también. El creador capaz de detener las olas, hasta la resaca misma de las olas del mar. El viento y el sol, el cielo y el agua ascendiendo, condensándose, haciéndose agua. Nubes. Vida.
Escenografías y estampas de la ciudad. Downtown. El centro, un lugar pleno de actividad. Pero aparentemente es curioso que describa las entrañas, solas, desnudas, de la ciudad. Aunque ya sabemos, o al menos empezamos a entender, que no. El artista, fiel a su compromiso con su obra, pinta paisajes urbanos, plenos de armonía, la composición hermosa, el ritmo de color medido con la misma pulcritud con la que pinta, lentamente, estas escenografías que nos muestran el espacio vivido de una ciudad.
Vive Enrique Romero Santana (Lepe, 1947 aunque no lo parezca) en una ciudad que es destino de los amantes de la arquitectura moderna. Pura racionalidad, función urbana, modelo y visita obligada de todas y cada una de las generaciones de arquitectos que se forman allá o acá, en Europa.
Asomado al lago Michigan, desde su estudio de Chicago, Santana pinta lo que ve, lo que escruta con meticulosa atención, quiero decir la ciudad, las entrañas vacías, que no solas, de la ciudad. Los personajes no aparecen. Es natural, el pintor quiere pintar la esencia de esas arquitecturas que le deben seguir sorprendiendo después de los muchos años que lleva viviendo allí, en la ciudad que lo hizo un pintor de sobrada fama y envidiable cotización. Artista, lo era ya de antes.
Decíamos y tenemos que volver a ello, que los personajes, las figuras, no aparecen. Por supuesto que no, muestra el pintor lo esencial, los volúmenes sirviéndose de las sombras, los espacios cerrados y los espacios abiertos al observador y a los cielos apenas cruzados por nubes. Ya les vengo a decir e incluso a insistir en que no hay figuras, pero sí vida. Ahí está el agua, reflejando toda esa escenografía elaborada con extrema pulcritud, con la paciencia de quién es dueño de todos sus tiempos, y con la meticulosidad de quién no mira, sino observa. Escenografías. Quizás por ahí empecemos a entender algo de la pintura sorprendente, romántica, de Santana. De su genialidad, también.
Podría parecer que el pintor pretende describir esa ciudad modélica en su arquitectura, o en sus arquitecturas: son tantos los que por allí pasaron, quienes allí dejaron su huella de ladrillo y zinc, pero si somos capaces de evitar que Chicago nos desvíe la atención, lo que es esa ciudad, entenderemos como el pintor va más allá. Santana está pintando esos lugares en los que se desarrolla la acción. Paisajes. Recuerden como los paisajistas holandeses se empeñaban en mostrar el movimiento de los árboles mecidos por el viento poniente, o las nubes empujadas amablemente desde el mar. Eso es paisaje, por supuesto. Pues lo de Enrique Romero Santana, también. Paisaje urbano. Puede que ya nos estemos enterando de algo. Al menos quién esto escribe, después de muchos años admirando su quehacer, su trabajo paciente y brillante, empieza a descubrir alguna cosa en ellos, a entender por qué razón atrapa al espectador. Por qué razón Santana es quién es. Pintor. Desentrañador de la ciudad. De esa o, ya con absoluta rotundidad lo podemos afirmar, de cualquier ciudad, por mucho que el lago, las luces del lago o el movimiento de las aguas – miren: agua, más vida – tal como él las observa desde su estudio, desde su ciudad, sean diferentes de otras ciudades, de otros paisajes urbanos. Creo que Santana podría describir también Madrid o Singapur, Rótterdam o Tel Aviv, tal como describe, desnuda, antes de la acción, la ciudad de la que seguro un día se prendó. Amor.
Hoy, ya lo saben, la escenografía es lo primero que se presenta al espectador de una función teatral. No se esconde tras el telón. Está el escenario abierto y el espectador ocupa su butaca consciente de que el espectáculo ya ha comenzado. Escenografías, como parte esencial de la obra, de la función, de la acción. Romero Santana lo sabe. Pinta la ciudad, desnuda por supuesto. Tal como aquellos paisajistas holandeses pintaban el campo, abierto a la imaginación del espectador. Desnudos. Paisajes sin figuras.
Estampas también. La vida plena y agitada de la ciudad en una azotea que recoge suavemente las últimas luces del día, o de un depósito, una chimenea o un paso elevado que recibe la primera luz del sol. Contrastes. Preciosismo, la belleza de las cosas. Eso es lo que Enrique Romero Santana está buscando, encontrando y poniendo delante del espectador. Minuciosamente descrito sobre el lienzo. Pincelada a pincelada, con paciencia y tiempo, el artista va describiendo los ritmos acompasados de la ciudad: en el color, en las formas. De esta ciudad, de su ciudad, Chicago, pero también de todas las demás. Del mar, fíjense, qué curioso, también. El creador capaz de detener las olas, hasta la resaca misma de las olas del mar. El viento y el sol, el cielo y el agua ascendiendo, condensándose, haciéndose agua. Nubes. Vida.
Escenografías y estampas de la ciudad. Downtown. El centro, un lugar pleno de actividad. Pero aparentemente es curioso que describa las entrañas, solas, desnudas, de la ciudad. Aunque ya sabemos, o al menos empezamos a entender, que no. El artista, fiel a su compromiso con su obra, pinta paisajes urbanos, plenos de armonía, la composición hermosa, el ritmo de color medido con la misma pulcritud con la que pinta, lentamente, estas escenografías que nos muestran el espacio vivido de una ciudad.
Posted by in 06:54:27
Qué gran pintor Santana. Y de Lepe, tronco. Flipo con la minuciosidad de sus cuadros y sus paisajes urbanitas. Y en Chicago también flipan. De cuando uno trabajaba en Huelva conservo un catálogo buenísimo, ‘Santana y Chicago’, que
(h)ojeo de vez en cuando. Cuando regrese a Huelva por Navidad no me pierdo la exposición.
Un abrazo.