Pensiones y ciencia ficción

Cuenta la ministra Salgado que no habían previsto el alcance de esta crisis. Falso. Esta crisis la vieron del mismo modo que todos los demás, pero prefirieron, como hoy, la estrategia política para guardar cargos y prebendas, el poder mal entendido, antes que aceptar lo que había, y lo que había era gordo.
Cuenta la ministra Salgado esto, en relación con el atraso de la edad de jubilación. Otra inutilidad y otro buscar justificaciones a algo que no tiene nada, pero absolutamente nada que ver con esta crisis con dos orígenes sobre la que volveremos, una vez más, más adelante. Pero ahora vamos con lo de la edad de jubilación. Hace treinta años, la esperanza de vida de los españoles se situaba en torno a los setenta años de edad, de lo cual se deduce que como término medio, más o menos, un jubilado cobraba su pensión durante unos cinco años. Ahora la esperanza de vida - a pesar de que ha descendido levemente con la llegada masiva de inmigrantes, que también son objeto a considerar desde un punto de vista estadístico, se sitúa alrededor de los ochenta años, con lo cual un jubilado está cobrando durante unos quince años (ochenta menos sesenta y cinco, quince), es decir, que los gastos retributivos relativos a las pensiones por jubilación se han triplicado. Complicado mantener esto, sea con crisis o sin crisis, que es a lo que vamos. Es lógico y normal, por lo tanto, que se plantee alargar la edad de jubilación de forma escalonada hasta los sesenta y siete, que es la edad de jubilación, por ejemplo, en Alemania y otros países más ricos y más serios que España. Incluso si me apuran y teniendo en cuenta que muy probablemente la esperanza de vida vuelva a subir en los próximos años, hasta situarse en una década en los ochenta y tres para el caso de los hombres, y ochenta y cuatro y pico para el de las mujeres, pues se podría ir planteando ya el situar la edad de jubilación incluso en los setenta, eso sí, de forma escalonada para que no se molesten los descerebrados de los sindicatos, que por lo general están para la que no tienen que estar, y no están en las que tienen que estar.
Y ahora volvamos a lo de la crisis, que no tiene nada que ver con lo anterior, como el lector inteligente habrá podido deducir. Resulta que estamos, en el caso español y en otros como el norteamericano, en una crisis con doble origen, uno bien visible y que es el que más se ha aireado, la llamada crisis del ladrillo, coyuntural; y otra más complicada de vislumbrar, relativa a la masiva incorporación de nuevas tecnologías en el proceso productivo de los países desarrollados, una crisis estructural por lo tanto. El gobierno español se empeña, aunque tarde, en hacer frente a la crisis del ladrillo, y además de que lo hace tarde, lo hace mal, pues no permite, con sus ñapas y parches urgente y precipitadamente aplicados, que el sistema se ajuste (lo cual podría hacerlo por sí solo, o en todo caso con una buena ayuda pues mejor), sino que continúe desajustado, atando con alambres y guita de cañamo una máquina que necesita un ajuste de verdad, no chapuzas que la mantengan de milagro funcionando, pero funcionando mal. A la crisis estructural, desde luego, ni le hacen caso. Si son incapaces de enfrentarse a esta crisis del ladrillo que tanto les costó aceptar, figúrense esta tropa lo que estará haciendo con la crisis estructural que está pasando, inexplicablemente, desapercibida para el gobierno de la nación.
Con la crisis, por lo tanto, continuaremos por mucho tiempo. Ni este año, y como a este Zapatiesto no lo saquen de la Moncloa los votos ciudadanos (que para eso debería haber elecciones generales anticipadas), ni el año próximo, podremos ver la salida a este túnel cada vez más oscurito. Aunque de todos modos, la caída del empleo - el auténtico drama de una crisis - se suavizará en los próximos meses, en enero ya sabemos que no. Pero se suavizará porque cada mes es más complicado acabar con puestos de trabajo. O dicho en lenguaje gubernamental, cada vez es más complicado destruir empleo porque cada vez van quedando menos trabajadores a los que echar a la puta calle. En todo caso, el gobierno, con su demencial política económica, no sólo encontrará empleos que destruir hasta debajo de las alfombras, sino que está dispuesto a buscar y por supuesto encontrar, el modo de conseguir que no ya un tercio de los trabajadores se queden en situación de desempleo en Andalucía, sino que tomando de modelo esta comunidad autónoma, muy probablemente conseguirá cifras semejantes para el conjunto del estado. Para entonces, Andalucía, podría acercarse al treinta y cinco por ciento de paro. Más, no. Más sería ya entrar en otros quebraderos de cabeza con nuevos protagonistas, desde la extrema derecha campante por las calles y pueblos andaluces, hasta la resurección de grupos violentos de extrema izquierda que darán color y animación a esas calles que no van a quedar en manos de la extrema derecha exclusivamente. ¿Y nosotros? Coño, pues siempre queda el exilio, aunque sea interior. Lo peor de todo esto es que con anuncios o sin anuncios publicitarios, la televisión pública sigue siendo igual de aburrida que las privadas, luego no nos va a quedar más remedio que dedicarnos a la lectura y a la práctica del ajedrez. O lo que sea, pero lo que sea dentro de casita, que la calle se va a poner que no os podeis ni imaginar. Extremistas, rateros y trapicheantes de todo tipo la harán impracticable. Ese sí que es el futuro que nos aguarda, y no el de las películas de ciencia ficción.






